Estudia mi reacción, pero lucho lo más que puedo para mantener mi expresión plana. —Está limpio—, dice, cuando el escrutinio retrocede. No hay más antecedentes que el proceso del que fue absuelto hace unos años. Al parecer tiene un trabajo estable en una empresa pesquera y de eso vive. No hay nada extraño en ello. El pobre diablo no tiene dónde caer muerto. El alivio que me invade en ese momento es inmenso. Siente como si me hubieran quitado media tonelada de cemento de la espalda. Fue entonces cuando recuerdo que Adam puso su apartamento a mi nombre, así como todo el dinero que tenía en su cuenta bancaria. La policía no encontró nada extraño en él porque todo está a mi nombre. —Tienes que dejarlo ir —digo, pero suena más a una súplica que a otra cosa. No ha hecho nada malo. El detecti

