El mármol pulido de la mansión Amaya refleja la luz del sol de media mañana, pero para Ricardo, el resplandor es tan frío como su propio humor, ese que tiene desde que la obsesión de su madre, lo confinó a una silla de ruedas, su narcisismo ha evolucionado de manera aún más retorcida transformándose en una herramienta para manipular y, peor aún, para humillar. Mira al personal doméstico hacer sus labores, mientras toma café, en cuanto ve la intención de la mayor de todas, de limpiar la mesa de centro, él coloca deliberadamente la taza sobre ella. —¡Pero qué torpe eres!— la voz de Ricardo resuena en el espacio —No puedes ni siquiera mover una taza sin temblar— le grita a la mujer, quien es la única de la servidumbre que no ha buscado excusas para dejar de atenderlo. La empleada, con las

