“¡Bradan!” Melcorka soltó la escalera y se sumergió. Evitando las rocas a un palmo, se sumergió en el agua en busca de Bradan. El mar estaba revuelto, lleno de arena, prácticamente sin visibilidad. Tanteó a ciegas, salió a la superficie, respiró de nuevo y lo intentó una y otra vez, sin éxito. El mar se había llevado a Bradan como si nunca hubiera estado allí. Mientras contemplaba la vorágine de aguas bravas, Melcorka esperaba algo, la capa de Bradan, su cabeza inclinada, cualquier cosa. No había nada; el mar no entregó a Bradan. Se zambulló, una y otra vez, cada vez sintiéndose más débil a cada intento. Finalmente, jadeando, Melcorka regresó al pie de la escalera donde esta golpeaba contra el acantilado. “Bradan”. No había rastro de Bradan. Sin cabeza sobre las turbulentas olas, ni siq

