Cuando llego a la entrada de aquel caserón, caigo en cuenta de que ir hasta ahí ha sido una mala idea, pero ya no me queda tiempo para arrepentimientos. «Quien retrocede pierde», me digo a mí misma para animarme. El vigilante que está de pie justo al lado de la puerta me dedica una escueta sonrisa y me dice: —Tiempo sin verla. Me obligo a sonreír también, aunque en el fondo soy un manojo de nervios. —Es… Estaba de vacaciones —respondo aunque no sueno muy confiada. —¿Está el señor Carlo en la casa? El hombre niega. —Bueno… Este… Yo voy a, ya sabe, con el niño. Recibo un asentimiento de su parte y abre la puerta. Me sorprendo de lo fácil que fue, la verdad esperaba tener que mentir mucho más, pero el vigilante no hizo preguntas. «¿Será que Carlo no les informó de nada?», a pesar

