José, aún aterrado y tembloroso, se aferraba a los bordes de la silla en la que había estado sentado momentos antes. Con la voz entrecortada y los ojos abiertos de par en par, se atrevió a preguntar: —¿Qué… qué demonios eres tú? Hans, que flotaba a escasos metros del suelo, parecía sumido en una lucha interna. Su figura espectral oscilaba ligeramente, como si estuviera a punto de desvanecerse. Llevó las manos a su cabeza, retorciéndose en el aire, intentando recordar algo que se le escapaba. —Tú… —murmuró Hans, con un tono que reflejaba una mezcla de confusión y angustia—. Te he visto antes, lo sé… pero no puedo recordar… José, al ver el sufrimiento del fantasma, cayó de rodillas frente a él, con las manos juntas en un gesto desesperado de súplica. —Por favor, perdóname… Yo sé que me

