El médico llega y examina a Mike. No tiene una conmoción cerebral. No tengo ni idea de cómo sentirme en este momento. He sido como un péndulo, yendo y viniendo. En algunos momentos quiero refugiarme en los brazos de Mike y en otros… creo que he entrado en la guarida de la bestia. Un depredador mucho más sofisticado de lo que Tino podría haber sido jamás. Permanezco sentada en silencio, todavía en el sofá, mientras el médico termina. —¿Y la señorita? — —¿Perdón? — —¿Lesiones? — pregunta el médico con voz amable, con unos modales propios de una consulta normal y no de alguien al que vendaron los ojos para una visita a domicilio. —Se cayó sobre el hombro— responde Mike por mí. —El izquierdo—. Me sorprende que siquiera recuerde que eso ocurrió. Todo fue tan caótico en ese momento cuando

