Al terminar la sesión de ejercicios, nos dirigimos a nuestros respectivos espacios para prepararnos para el próximo desfile. Mientras me arreglaba, reflexionaba sobre la competitividad que reinaba en el certamen y cómo, a pesar de ello, nuestras amistades se fortalecían día a día.
El tiempo pasó volando entre los preparativos, los nervios y los últimos toques de maquillaje y vestuario. Finalmente, nos reunimos en la pasarela, lista para presentarnos ante el jurado y el público.
El desfile comenzó con una mezcla de emoción y tensión palpable en el ambiente. Cada paso que dábamos sobre la pasarela parecía un mundo aparte. Las luces brillaban, la música envolvía el lugar y yo intentaba recordar cada detalle del ensayo para dar lo mejor de mí.
Las miradas de los jueces y el público se posaban sobre nosotras, evaluando cada gesto, cada movimiento. A pesar de los nervios, me sentí confiada al caminar por la pasarela, sabiendo que estaba dando lo mejor de mí en cada paso.
El desfile concluyó con aplausos y ovaciones. Una sensación de alivio y satisfacción se apoderó de mí. Ahora solo quedaba esperar los resultados y las opiniones del jurado.
De regreso a la habitación, el ambiente estaba cargado de emociones encontradas. Las chicas expresaban sus impresiones sobre el desfile, hablaban sobre sus momentos destacados y los desafíos enfrentados. La tensión era palpable, pero había un aire de camaradería entre nosotras que era reconfortante.
La noche se avecinaba y con ella, la ansiedad por conocer los resultados. Nos preparamos para descansar, sabiendo que el día siguiente traería consigo nuevas pruebas y desafíos en esta competencia que había llevado nuestras emociones al límite.
Lo mediodía en el certamen de belleza se presentaba con un aire vibrante y lleno de expectativas. Después del desfile matutino, cada una de nosotras se retiró a nuestras habitaciones para relajarnos un poco antes de las siguientes pruebas. Personalmente, necesitaba un tiempo para reflexionar sobre lo que había sucedido hasta ese momento.
Mientras almorzábamos en la habitación, compartimos nuestras impresiones sobre el desfile. Camila estaba emocionada por cómo le había salido su pasarela y cómo se sentía cada vez más segura de sí misma en ese escenario tan desafiante. Lucía, siempre con su peculiar sentido del humor, bromeaba sobre las reacciones de los jueces, lo cual nos hizo reír a todas.
Después de comer, decidimos dar un paseo por los jardines del hotel para tomar un respiro y relajarnos antes de las siguientes actividades. El sol brillaba intensamente y el aire era fresco, lo que hizo que el paseo fuera realmente reconfortante.
Mientras caminábamos, nuestras conversaciones giraban en torno a nuestras vidas fuera del certamen. Hablamos de nuestras familias, amigos y de cómo nos habíamos preparado para este desafío. Era un momento para distenderse, alejarnos un poco del estrés y disfrutar de la compañía mutua.
En medio de la charla, recordamos anécdotas graciosas de nuestra infancia y momentos divertidos que habíamos compartido en el transcurso de la competencia. Fue como un respiro de tranquilidad antes de lo que sabíamos sería otra tarde llena de tensiones.
Regresamos a nuestras habitaciones para prepararnos para las actividades de la tarde. Camila y Lucía se retiraron a descansar un poco, pero yo preferí repasar las coreografías y ensayar para la siguiente prueba de talento.
Después de una sesión intensiva de práctica, llegó el momento de dirigirnos hacia la sala de ensayos para encontrarnos con el resto de las participantes. Nos esperaba una tarde llena de actividades que incluían ensayos, clases y algunas charlas motivacionales por parte de expertos en el mundo del espectáculo.
Los ensayos se sucedían uno tras otro, la concentración era clave en cada paso y cada movimiento que íbamos perfeccionando. Aunque estábamos agotadas por la intensa jornada, sabíamos que cada esfuerzo valdría la pena en el escenario.
A medida que avanzaba la tarde, la emoción y los nervios aumentaban. Había una energía vibrante en el aire mientras nos acercábamos al momento de las pruebas de talento. Nos retiramos para prepararnos mentalmente y repasar una vez más todo lo aprendido durante el día.
Cada una de nosotras estaba enfocada en dar lo mejor de sí misma, pero también sentíamos la presión de la competencia. Sabíamos que cada segundo contaba y que nuestras actuaciones definirían nuestro camino en este certamen.
Con el corazón latiendo fuerte, nos dirigimos al escenario, listas para mostrar nuestras habilidades y talentos ante el jurado y el público. Era un momento crucial, y la determinación en nuestros rostros reflejaba el esfuerzo y la dedicación de semanas de preparación.
El ambiente en la sala era eléctrico, había una mezcla de entusiasmo y nerviosismo en el aire. Todos los ojos estaban puestos en nosotras mientras nos preparábamos para el desafío que se avecinaba. Era el momento de brillar y demostrar de lo que éramos capaces.
Llegada la noche en el certamen, nos encontrábamos exhaustas pero llenas de emoción por todo lo vivido durante el día. La competencia había sido intensa, cada prueba exigía lo mejor de nosotras y se sentía como si el tiempo se hubiera acelerado.
Después de las presentaciones y pruebas, nos reunimos en la sala común para descansar y compartir nuestras impresiones. Mariel estaba hablando sobre cómo se sentía con cada etapa del concurso, su sinceridad siempre nos permitía conectarnos profundamente con sus emociones y experiencias. Lucía, con su ingenio y chispa, había logrado sacarnos más de una sonrisa en momentos de tensión. Aunque era una competición, en ese momento éramos más un equipo que competidoras.
En medio de nuestras conversaciones, me di cuenta de algo que había estado ignorando: había surgido un interés por un chico del equipo de limpieza del hotel. No era algo que hubiera planeado, pero su presencia tranquila y su sonrisa amable me habían llamado la atención desde el inicio del certamen. No sabía si era el estrés de la competencia o algo más, pero sentía que quería conocerlo mejor.
Cuando encontré un momento a solas, decidí dar un paseo por los pasillos del hotel, y allí estaba él, concentrado en su trabajo. Dudé por un instante, pero finalmente reuní el coraje suficiente para acercarme y entablar una conversación. Intercambiamos algunas palabras, él era amable y parecía interesado en lo que tenía para decir. Hablamos sobre nuestras vidas fuera de ese lugar, compartimos risas y anécdotas. Me sentía nerviosa pero emocionada al mismo tiempo.
Con el pasar de los minutos, supe que había hecho lo correcto al dar ese primer paso. Sin embargo, la noche avanzaba y era hora de regresar a la sala común. Mientras me despedía de él con una sonrisa, mi mente divagaba en la posibilidad de conocerlo mejor en el futuro.
De vuelta en la sala, encontré a Mariel y Lucía, quienes notaron mi alegría y curiosamente me preguntaron si había encontrado algo interesante por los pasillos. No pude evitar sonreír, pero decidí no contarles nada por el momento. Era algo personal que quería mantener para mí misma por un tiempo, al menos hasta descubrir qué podría surgir.