Gerónimo caminaba unos pasos por detrás de su padre, Simón, observándolo mientras este avanzaba con paso firme y decidido por los pasillos de la empresa que había sido el centro del poder de su familia durante generaciones. Era un lugar imponente, con paredes revestidas de madera oscura y cuadros de antiguos patriarcas de la familia que parecían juzgarlo con sus miradas inmóviles. A pesar de estar acostumbrado a este ambiente, Gerónimo no podía evitar sentir un leve nudo en el estómago cada vez que su padre lo hace seguirlo a una reunión privada. Sabía que nunca eran charlas simples ni momentos de afecto. Al llegar al despacho, Simón colgó su abrigo en el perchero junto a la puerta y se giró para mirar a su hijo. Gerónimo se sentó frente a él en una silla de cuero, intentando mantener una

