Nohelia había pasado una noche terrible, una de esas que se sienten interminables. Sus sueños se convertían en pesadillas recurrentes, todas girando en torno a Tadeo, su pequeño hijo, quien aparecía perdido, lejos de ella, llamándola sin que pudiera alcanzarlo. Los gritos de Tadeo en sus sueños resonaban en su mente, desgarrándole el corazón, y cada vez que despertaba, era solo para caer de nuevo en el mismo tormento. Cuando finalmente abrió los ojos de madrugada, se dio cuenta de que estaba empapada en sudor. La tenue luz de la lamparita sobre el buró iluminaba el cuarto, y al girar la cabeza, vio a Tadeo profundamente dormido a su lado. Nohelia había caído rendida junto a él sin siquiera cambiarse la ropa de la calle. Miró al pequeño y, al notar su respiración acompasada, sintió una lev

