Scarlet mira a Donna, Melanie y a George, el guardia interno de la casa, este último sostiene un bate de aluminio en mano.
—¿Señorita? ¿Qué ha pasado? —el ama de llaves entra a la habitación y se arrodilla al lado de su jefa... pues Scarlet está aún tirada en el suelo con el cabello revuelto y el maquillaje, que no se había quitado antes de dormir, corrido por las lágrimas.
George entra también, no fijándose en Scarlet, sino paseando la mirada por cada rincón de la habitación, aferrando sus puños fuertemente alrededor del bate, en busca del peligro que hizo gritar a su jefa a mitad de la noche, despertándolos a todos.
¿Qué por qué el guardia de seguridad de una millonaria mansión en Los Ángeles responde a un posible ataque nocturno con un simple bate? Es difícil tener respuesta para eso, y el desconcierto de Scarlet no le permite entender lo absurdo y lo peligroso de la situación, porque... ¡¿Y si de verdad hubiesen sido los secuestradores de la malvada corporación musical en lugar del fantasma de un muerto aún fresco?!
Bueno... fresco no estaba, ¿les mencioné ya que el Maserati de John se incendió?
Como sea, no es un tema para hablar en este momento, sino de la incertidumbre de Scarlet porque ella sabe que la llamarán loca si dice la verdad. Por eso, en cambio, decide soltar la más elaborada de las mentiras:
—John estuvo aquí. Tenía vidrios en los pies y cadenas de diamantes calientes en el cuello. Vino a verme. Dice que me iré al infierno.
¡Cayeron!
¿Qué esperaban?
¿No les ha quedado claro que Scarlet no es de las más listas del condado?
En fin...
—¿John? ¿El jardinero? —pregunta Donna, confundida.
—¡De seguro fue por lo del bono! —agrega George.
—Sí, sí... Ayer, cuando se lo dijeron, que no le darían nada, salió de aquí diciendo "esa perra me las pagará”. Pero no pensé que entraría a atacarla —agrega Melanie horrorizada.
—¡Dios! Hay que llamar a la policía entonces —Donna no cabe en sí del asombro, John siempre fue un sujeto tan pacífico... pero Scarlet sacude la cabeza y los mira con enojo.
—No. Johnny... Mi Johnny.
—¿El que se mató en la autopista? —pregunta George entonces en un tono incrédulo, como esperando que Scarlet lo desmienta, pero esta solo asiente.
—Sí. Vino a verme. Quiere llevarme... Quiere llevarme, Donna. —Esto último lo dice entre sollozos casi ininteligibles, dejando que la mujer la sostenga en brazos.
Los tres empleados se miran unos a otros con expresión confundida, pero al mismo tiempo avergonzada por Scarlet... se les hace evidente que la mujer ha perdido la cordura.
George baja el bate, ya complemente seguro de que no hay peligro ahí, solo su jefa y su ataque de histeria. Melanie, en cambio, se llevó una mano a la boca y no pudo evitar un leve resoplido divertido que Donna censura con la mirada mientras ayudaba a Scarlet a ponerse de pie.
—Vamos, señorita. Vuelva a la cama. Solo fue un mal sueño.
—¿Fue un sueño? —pregunta ella a su vez con cierta desesperación, como si quisiese creerlo a toda costa—. ¿No me atarán con esos diamantes calientes en el cuello?
Melanie y George se miran atónitos pero con humor, sin embargo se mantienen en silencio mientras ven a Donna ayudar a Scarlet a cubrirse con las sábanas.
—No, señorita. Como dije, solo fue un mal sueño. Todo estará... —La mujer calla al ver a George levantando la navaja que había quedado tirada sobre la alfombra—. Todo estará bien, señorita. Vuelva a dormir y verá que mañana se sentirá mejor.
Scarlet no necesitó que le insistieran, pronto empieza a adormilarse y para cuando los empleados abandonan la habitación, parece ya estarlo por completo.
La puerta se cerró y, en el corredor, los tres compañeros se acercan, como en medio de una conspiración.
—¿Y a esta qué? ¿Ahora ve fantasmas, la bruja? —pregunta Melanie entre risas ahogadas, pero George la reprende con la mirada.
—Déjate de payasadas, Mel. ¡¿Sabes lo peligroso que es esto, Donna?! —exclama en susurros blandiendo la navaja frente al rostro de las otras dos—. Ahora no conforme con su actitud de mierda por el día, corremos el riesgo de que salga a medianoche con una navaja en la mano diciendo que ve fantasmas.
—Lo sé, George. Pero... solo tiene que estar conmocionada. Tuvo que hacer un largo viaje. Además, el señor Marshall era un buen amigo suyo, y él señor Flanagan...
—Buen amigo suyo... ¡Ja! —repite Melanie con burla—. ¿No escuchaste cómo dijo "Mi Johnny"? Apuesto que se acostaba con el viejo... ¡Guácala! Tanto dinero y aún así tener que chu...
—¡Melanie! Por amor al cielo...
—Yo solo digo que si todo este show de los fantasmas es por la muerte de John Marshall, quizás no eran solo amigos.
—Pues si así fuese no es nuestro problema —refuta Donna.
—Claro que no, pero sí es nuestro problema que quiera matarse para irse con él mientras estamos de guardia —exclama George aún agitando la navaja—. ¿Sabes lo que harán con nosotros esos Foxies de mierda si la estrellita pop se corta la garganta con nosotros en la mansión? ¡Esa gente está loca! Son más propensos a creer que nosotros la matamos antes que aceptar que la mujer estaba chiflada. Iremos a prisión solo para protegernos de que sus fanáticos no nos despellejen en la calle. ¡Esto es serio, Donna! ¿No lo ves?
—Lo sé, lo sé. Hablaré con la señora Weiss mañana a primera hora. Ella sabrá qué hacer. Mientras... la mantendremos vigilada.
George y Melanie asienten a la orden de Donna y se alejan en silencio de la habitación.
Bien... Hagamos una pausa aquí, porque al igual que Scarlet, nuestros amigos acá presente tampoco pueden oírme, por lo que no puedo sacarlos de su error, pero por suerte ustedes sí, así que aclaremos este punto de inmediato...
Por muy raro que le parezca a todos, dado que en este medio ocurre con bastante más frecuencia de la que aseguran los reporteros amarillistas, no hubo sexo ni ningún intercambio de fluídos corporales entre John y Scarlet. Y habiendo sido ustedes testigos del encuentro paranormal que tuvo lugar hace un momento y lo que se dijo en él, creo que son capaces de entender por qué Scarlet está hecha un manojo de nervios.
Dicho esto, aceleremos un poco el tiempo.
Sí, sí... puedo hacer eso.
Nos moveremos hasta las nueve de la mañana, saltémonos la sesión de depilación de las siete y detengámonos a las nueve de la mañana, justo cuando Scarlet está llegando al recinto del Hollywood Bowl en donde ya la esperan sus músicos, listos para el ensayo, aunque no del todo felices .
¿Que cómo es posible que ya tengan reservado el escenario y ya tengan todo dispuesto en él si todo se les ocurrió apenas ayer?...
Es la magia de la navidad.
En realidad no.
Catriona Weiss es una ama de la industria. Si lo que pide no existe... Alguien corre a fabricárselo. Como esos setenta sacos de ese bonito confeti con forma de copos de nieve aliñado con brillantina blanca que un par de trabajadores descargan del camión de la fábrica en estos momentos.
Es obvio que ni Scarlet ni Catriona han interactuado con un infante jamás... ¡Esa mierda no se despegará del cuero cabelludo de esos niños en semanas! Y mandará al oculista a unos cuantos.
Pero, retomando el punto importante... Cuando Scarlet se acerca al escenario, ve a su representante al teléfono, y sí, acertaron, es Donna la que está al otro lado de la línea. Ambas mujeres conversan sobre lo sucedido la noche anterior y Catriona asegura que se hará cargo y manejará la situación con mucho tacto.
Así que cuando cuelga, procede a abordar a Scarlet de una forma sutil y elocuente:
—Scarlet... ¿Cómo es eso de que quisiste matarte anoche? ¿Para qué me pediste hacer todo esto si te ibas a matar? ¡Y el día de nochebuena! ¡¿Qué diablos es eso?! ¿Para cagarnos la Navidad a todos? ¿Es eso lo que quieres?
Nuestra chica se queda perpleja ante la acusación, no pasando por alto que el grupo de músicos fingían, aunque muy mal, no prestar atención a lo que decían, así que se acerca para hablar en voz más baja.
—¿Matarme? ¿De qué estás hablando?
—Donna me acaba de decir que te pusiste a gritar en la madrugada y te encontraron tirada en el suelo y con una navaja. ¿Qué mierda hacías con una navaja y diciendo que te ibas al infierno con John?
—¡Ah, eso! Nah... Tuve un mal sueño, es todo. El funeral, cancelar el festival, planear todo esto... —Agita sus manos al aire, gesticulando al escenario—. Creo que estoy un poco estresada... Soñé que el fantasma de Johnny vino para llevarme al infierno. Supongo que tuve un momento de sonambulismo y tomé la navaja... Nada del otro mundo.
—¿Nada del otro mundo? —repite Catriona conmocionada—. TMZ no pensará lo mismo cuando lo publiquen, te lo aseguro.
Scarlet sacude sus manos otra vez y sin mayores explicaciones empieza a caminar hacia el escenario, en cuya escalera la espera Marie.
—Dime cómo van los preparativos —pide a la chica que, a su vez y mirando a Catriona, pide una silenciosa aprobación para hablar... a veces la pobre criatura no sabe para quién trabaja realmente.
—Bueno... hemos conseguido el confeti y ya hay dos diseñadores fabricando el traje, pero el trato fue que estos debían ser devueltos para ser subastados por la marca... cuando ellos lo consideren oportuno.
—Cuando me muera, por supuesto... Bandada de buitres —gruñe Scarlet que, aunque procura no profundizar en eso, no puede evitar sentir un mal sabor ante el recuerdo de las palabras de John en su sueño.
Sí, dejémosla creer por un rato más que fue un sueño.
—Fue la condición para que aceptaran el pedido —aclara Catriona mientras a Scarlet empiezan a colocarle los aparatos pertinentes para la prueba de sonido.
—Prosigue, Marie.
—Ya contratamos a tres compañías de teatro local. Tenemos un Santa y noventa elfos.
—¿Los elfos son...?
—Son actores, Scarlet. ¡Actores! Es todo lo que necesitas. Serán buenos elfos —explota ahora Catriona antes de que Scarlet alcanzara a mover la mano hacia abajo de nuevo.
Nuestra chica hace una mueca de disgusto, pero decide dejar perder esa batalla.
—Arruinarás la magia para los niños con eso. ¿Habrá niños, no? ¿O esos también me los conseguiste en tamaño adulto?
Marie suelta un leve jadeo, los ojos de Catriona amenazan con salirse de sus cuencas y el chico de los cables se queda inmóvil por un segundo, no sabiendo cómo actuar después de aquel chiste, o lo que él espera que sea un chiste.
—¿Qué? ¿Qué dije ahora?
Nadie dice nada hasta que Catriona le hace un gesto con la cabeza a Marie para que siga dando el resumen.
Punto a punto, exigencia tras exigencia, las dos mujeres van poniendo al día a la estrella sobre los pormenores del evento que, contra todo pronóstico, Catriona está logrando sacar adelante.
El resumen acaba pronto, no sin un par de desatinados comentarios de la Foxie suprema, algún clamor de "perra" aislado en uno u otro punto del escenario, y entonces el ensayo empieza sin mayores contratiempos que los típicos del oficio.