El aire pesaba como plomo en el pecho de Alessia. Todo se había vuelto ruido, confusión y desconfianza. Los muros del imperio Moretti comenzaban a desmoronarse, y en el epicentro de todo ese desastre estaba ella: una heredera marcada por la traición… y el deseo de venganza. La confesión de su madre no solo le había arrebatado la inocencia que aún le quedaba, sino que también había puesto un nuevo blanco sobre su espalda. Su tío. El verdadero heredero. El que debía estar muerto. —No confíes en nadie, hija. Ni siquiera en mí —había susurrado su madre, antes de caer de rodillas, vencida por el peso de sus pecados. Pero Alessia no tenía tiempo para lágrimas. Ya no. Con la mirada dura, se levantó del sofá de terciopelo oscuro en el despacho del ala oeste de la mansión. El mismo despacho do

