Capítulo 1: Althair Strauss

1939 Palabras
La humanidad jamás pensó que llegarían a un punto en que ya su propio sistema solar se quedara corto para su supervivencia. Después de milenios de crecimiento exponencial de la población, y habiendo conseguido poblar el planeta Marte para convenientemente tener mayor espacio, además de conseguir mejorar las condiciones de algunas lunas de Júpiter, como Europa, se podía decir que el avance de la humanidad había trascendido a niveles inimaginables. Pero ello también había ido consumiendo sustancialmente los recursos de su propio sistema solar y empezaba a mermar las probabilidades de supervivencia a largo plazo. Sin embargo, los avances también habían permitido que las propuestas cada vez fuesen más ambiciosas en cuanto a ampliar los horizontes hacia planetas habitables en otros rincones del espacio, por lo que no era de extrañarse que, en ocasiones, fuesen enviadas misiones para ir aprendiendo cada vez más. La parte más difícil había sido el dominio de la velocidad de la luz, pero esto también resultaba ya algo que se había transformado, incluso, en una forma cómoda de viajar, explorando constantemente nuevas y más increíbles oportunidades. Los avances científicos y tecnológicos habían sido el resultado de todo el conocimiento que la humanidad había adquirido y, a su vez, la información que era pasada de generación en generación permitía mantener todo esto con el paso de las generaciones. Y esto era algo que disfrutaba desde niño Althair Strauss, hijo de Aitherius Strauss. Hablar de la familia Strauss era prácticamente sinónimo de exploración espacial, eran los ídolos de muchos jóvenes científicos que querían llegar tan lejos como todos los científicos que habían pertenecido a esta familia. Pero esto también era una especie de karma para Althair, ya que significaba grandes expectativas en las que no llegó a pensar hasta que por fin inició su carrera como ingeniero aeroespacial a los 18 años y con 23 años y un cierto renombre en el mundo aeroespacial, no dejaba de perseguirle la sombra de su familia. Por otro lado, un hecho notable era que su gran destreza lo había llevado rápidamente a pertenecer al grupo seleccionado para la misión Alfa-3, tercera misión destinada a la investigación en planetas habitables de otras galaxias. La misión Alfa-1 había salido días atrás, la misión Alfa-2 tenía fecha de salida el 25 de julio y, la última, la misión Alfa-3 había sido programada para el 17 de agosto. Lo mejor de todo era que también sus amigos habían sido seleccionados para participar en esta misión, implicando que estaría rodeado de las personas que lo apreciaban y que habían contribuido a su éxito. Realmente sería el mejor viaje de su vida y el heredero de los Strauss estaba no desaprovecharía todo lo que pudiera hacer en él. Ese día en que fue publicada la lista de los seleccionados, Althair estuvo muy feliz, especialmente al saber que estaba cumpliendo con las expectativas familiares: había conseguido el reconocimiento para ser enviado a una misión espacial que, justamente, era la misión que su padre había proyectado desde hacía veinticinco años, incluso antes de que Althair naciera. Era el proyecto más importante de los Strauss y el que más años había tomado para conseguir aprobación y justamente se estaba materializando en ese momento, en el que sería por fin capaz de demostrar sus habilidades y todo lo que había aprendido con su padre y a través de sus estudios. Se encontraba en su taller en ese momento, armando unas fuentes de poder que serían utilizadas para los motores de la nave espacial que sería enviada en la misión Alfa-2, que saldría un poco antes que la Alfa-3. Su taller se encontraba como siempre, bastante organizado para ser un taller mecánico, tal como siempre se burlaba Lyon diciendo que “era un maniático del orden”, pero al mismo tiempo tenía impregnado el aroma de las piezas metálicas, junto con aceites hidráulicos, madera y piedras que él iba empleando para combinar y construir materias primas que fueran de calidad. Todo ello hacía que todo lo que él fabricaba fuese casi insuperable (salvo, claro está, por su padre o su abuelo, quienes seguían superándolo por mucho). Terminó de organizar las últimas piezas y procedió a quitarse el equipo de protección de la cabeza. Tenía la cara cubierta completamente por una máscara de soldador, encima de un pasamontaña de color n***o revestido para asegurar que no fuese a recibir la abrasión del calor al que se exponía. Al quitárselo, su cabello n***o salió en todas las direcciones posibles, como si tuviera vida propia, pero él ya había aceptado que tenía un cabello demasiado rebelde. Se pasó la mano intentando llevárselo hacia atrás, sólo consiguiendo alborotarlo más, así que lo dejó así y apartó sus equipos de protección para revisar en detalle lo que había hecho. Posó sus ojos verdes en la calidad de su “producto” y presionó unos botones en la mesa que tenía de soporte, haciendo que apareciera una lupa para hacer un acercamiento de las piezas que acababa de instalar en las fuentes de poder que había creado. Pasó la lupa por toda su creación y empezó a admirar el acabado que había logrado, pero sabía que no era sólo la delicadeza en que las piezas estaban dispuestas lo que tenía que garantizar en la fuente de poder. Presionó otros botones evaluando que encendiera y todo parecía en orden. Sonrió. “Aparentemente es funcional, faltaría hacer los cálculos para luego pasar a la prueba de funcionalidad en el motor” —pensó reclinándose hacia atrás en su silla flotante y admirando su creación con una sonrisa arrogante. —¡AL! ¡ADIVINA QUIÉN VINO A VISITARTE! —chilló una voz estruendosa que hizo que Althair se asustara, casi cayéndose hacia atrás, de no ser porque las sillas flotantes tenían una estabilidad superior a las sillas tradicionales. —Hola, Dymian —saludó con fastidio a su mejor amigo, aún enojado porque este hubiera llegado de esa forma, sobresaltándolo—. ¿Qué quieres? —Esta vez habló con un tono obstinado. —¿Por qué eres así con nosotros, Al? —saludó una segunda voz. Althair ni siquiera dio la vuelta para ver a sus amigos, sino que se mantuvo mirando hacia el frente, pero realmente no estaba observando ya nada en particular de su creación. Suspiró con resignación esta vez. —Porque son unos insoportables —afirmó finalmente y luego se desplazó, con ayuda de su silla, hacia un escritorio que estaba a unos metros del lugar donde trabajaba en sus motores. —¡Vamos a celebrar hoy que hemos sido seleccionados para la misión Alfa-3, Al! —exclamó con un tono emocionado al que Althair había saludado como Dymian. El ingeniero siguió en lo suyo sin responder, y sacó de una gaveta del escritorio una libreta, donde empezó a tomar una serie de apuntes y anotar unas fórmulas, sin siquiera importarle que sus amigos estuvieran esperando por él. A Althair no le disgustaba estar con sus amigos, realmente disfrutaba mucho salir con ellos la mayoría de las veces, tenían antecedentes de ser un grupo de bromistas que solían fastidiar a los demás cuando estaban en la secundaria y preparatoria, lo que él en el fondo extrañaba. Sn embargo, sus prioridades como profesional de las investigaciones aeroespaciales eran, en ese momento, relacionadas con los preparativos para las misiones Alfa-2 y Alfa-3. —¡Oh, vamos! —se quejó esta vez el otro chico, acercándose a su amigo de ojos verdes y pasándole un brazo por los hombros, haciéndolo reaccionar por fin. El chico que lo abrazaba era un albino con los ojos grises y el cabello de un color gris casi platinado, quien parecía estar a punto de arrastrar a Althair de su asiento y llevárselo a otro lugar. Y en realidad no era muy difícil arrastrarlo, porque no era que tuviera demasiada condición física, especialmente porque se acostumbró a depender de maquinaria pesada para movilizar sus equipos y para sostener sus trabajos. Althair suspiró. Sus amigos no tenían remedio. Apartó al albino a duras penas y volvió su silla para ver mejor al otro chico, quien sonreía socarronamente, sabiendo que lograrían su cometido, como siempre, y sacarían a su mejor amigo del trabajo. Dymian resultaba ser un joven totalmente diferente a sus otros amigos, no sólo por ser el más alto de los tres, sino además por su cuerpo bien definido por el entrenamiento físico, su cabello era castaño claro, más o menos largo, y ondulado y el hecho de que tenía unos ojos color miel muy brillantes, como si estuviera feliz constantemente. —¿Qué tengo que hacer para que entiendan que mi trabajo es importante y que no puedo dejarlo a medias, así como así? Son un par de descuidados —aseguró el ingeniero sin temor, riéndose, pero sabiendo que su intento de esquivarlos sería completamente inútil, ya que esos dos no se rendían tan fácilmente. —Tenemos que celebrar que seremos el futuro, Al. ¿Por qué no puedes ser como los demás y simplemente pausar tu trabajo sólo por hoy? —preguntó nuevamente el albino, sentándose en el reposabrazos de la silla flotante de Althair, la cual no perdió ni por un momento su estabilidad. —A ver, Lyon… ¿a dónde quieres que vayamos? —cuestionó el pelinegro, ya definitivamente incluyéndose en los planes de sus dos amigos. —¡Pues a La Luna! —respondió Lyon brincando del reposabrazos y haciendo una especie de baile de victoria, lo que le sacó una sonrisa a Althair—. ¡Hoy hay fiesta en Mythrus, y está genial la temática! —garantizó—. ¡Dymian pagará todo! —¡Ey, ey, ey! ¿Por qué tienes que disponer de mi dinero de esa forma? —interrogó el castaño, sin dejar de sonreír, siempre se reía las locuras de del albino. —Son las desventajas de tener mucho dinero, mi querido Dymian —informó Lyon cruzando los brazos en el pecho y cerrando los ojos mientras asentía, casi con solemnidad. —El dinero no compra la felicidad, mi estimado Lyon —dijo también con solemnidad el castaño, colocando una mano en su pecho. Althair empezó a reír, a sabiendas de que sus amigos igual hacían ese acto sólo para que él se divirtiera y accediera a irse con ellos. —Está bien, ¡vamos! Creo que necesitamos chicas para relajarnos, y ustedes parecen mucho más urgidos en ese sentido —se burló Althair con malicia y presionó un botón de su silla flotante para que esta extendiera sus soportes y bajar de ella. Después de bajar de la silla, el joven ingeniero tomó sus cuadernos de apuntes y dejó unas anotaciones finales, para luego meterlo en su mochila y tomar otras cosas más para trabajar en el viaje. La Luna solía ser un lugar tranquilo, pero si iban a la discoteca más alocada de allá, lo más probable era que no pudiera trabajar; sin embargo, viajar a La Luna causaba algunos estragos en el cuerpo, por lo que seguramente después de la fiesta la resaca sería mucho peor, y quizás estaría por fuera como mínimo cinco días. Considerando todos sus “argumentos mentales”, decidió que lo mejor era llevar en su mochila, al menos, su libreta de apunes, un libro sobre fuentes de poder, su asistente personal digital (Alicia), y su caja de herramientas portátiles. Cuando tuvo todas las cosas que necesitaba, se echó la mochila al hombro con algo de dificultad y salió del taller con sus amigos tras cerrar el lugar con triple reconocimiento: de voz, de iris y dactilar.
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