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1648 Palabras
La tienda estaba situada en el corazón del bullicioso Distrito Comercial, cerca de Soho, donde las calles nunca parecían quedarse quietas. Aunque la zona vibraba con la vida de la ciudad, la tienda de Star permanecía un remanso de paz. Las fachadas de los edificios circundantes, llenas de arte callejero y vitrinas modernas, daban paso a este rincón acogedor, como si en ese pequeño espacio el tiempo pudiera detenerse por un momento. La tienda era un remanso de calma y frescura, un espacio donde la naturaleza se encontraba con la modernidad de manera armoniosa. Al entrar, la puerta de cristal se deslizaba con un suave sonido y la brisa ligera que emanaba del aire acondicionado se mezclaba con el aroma dulce y fresco de las hierbas y las flores secas que adornaban las estanterías. El espacio estaba impecablemente limpio, con suelos de madera pulida que reflejaban las luces cálidas de las lámparas colgantes, que, a pesar de su modernidad, tenían un toque clásico en su diseño. La tienda era luminosa, con grandes ventanales que dejaban entrar la luz del día y creaban un ambiente cálido y acogedor. En las paredes, estantes de madera oscura exhibían una variedad de frascos, botellas y tarros con cremas y aceites esenciales. Cada etiqueta estaba cuidadosamente diseñada, con un estilo antiguo y sofisticado, que parecía hablar de la calidad de los productos hechos a mano que se vendían allí. En el centro, una mesa de madera clara estaba adornada con flores frescas y una pequeña fuente de agua que añadía un sonido relajante a la atmósfera. Alrededor de la tienda, había pequeños rincones decorados con plantas en macetas de cerámica, dándole un aire de jardín botánico, donde las esencias naturales cobraban vida. Cassandra se encontraba detrás del mostrador, organizando algunas cremas y aceites, su presencia tranquila como la tienda misma. A sus 17 años, su rostro de facciones suaves y piel pálida reflejaba una juventud serena, pero había algo más en sus ojos, una profundidad que solo unos pocos podían ver. Era una joven que había crecido rodeada de amor y cuidado, pero también de secretos que no comprendía completamente. La tienda era más que un simple negocio; era un refugio, un punto de encuentro entre el mundo que conocía y algo mucho más grande, algo que la joven aún no podía comprender. A medida que las horas pasaban y la tienda comenzaba a llenarse de los primeros clientes de la tarde, Cassandra se mantenía tranquila, ayudando a los compradores, respondiendo preguntas sobre los productos. Sin embargo, un sentimiento inexplicable recorría su piel, una sensación que nunca antes había sentido con tanta intensidad, como si algo estuviera por cambiar. Cassandra, se encontraba de pie detrás del mostrador, su mente distante. Los días en la tienda seguían su curso habitual, pero en su interior, todo parecía distinto. Sus pensamientos volvían una y otra vez a la noche anterior, esa noche oscura y caótica en la que había salvado a un hombre… o algo más que un simple hombre. El recuerdo era vívido, como si estuviera aún cerca de ella, como si las sombras que lo rodeaban le trajeran ecos a su mente.… Su voz grave resonaba como un susurro en su cabeza. No podía dejar de pensar en cómo lo había encontrado, desplomado y herido en el callejón, casi muerto. Algo en su interior había sentido la necesidad de acercarse, de ayudarlo. Y lo hizo, sin saber por qué. La conexión había sido instantánea, como si una fuerza más allá de su voluntad hubiera guiado sus manos. Pero lo que más la atormentaba era lo que ocurrió después, cuando él había reaccionado de una manera tan inesperada. Algo dentro de ella, algo profundo, se agitó cuando recordó la intensidad del momento. Sus dedos recorrieron inconscientemente su rostro donde él había tocado su piel. Se preguntaba si él lo sentía también. Si, de alguna forma, lo que había hecho significaba algo más, pero él se había ido tan rápido, como si nada hubiera sucedido. ¿Por qué lo había hecho? ¿Qué le había impulsado a tomarla de esa manera? Su mente se llenó de preguntas sin respuesta. Star, su tía, nunca le había hablado de lo que podía estar en juego para ella. Siempre le había dicho que debía mantenerse a salvo, alejada de todo lo que pudiera poner en peligro su vida, pero Cassandra no podía ignorar lo que había sucedido. Algo dentro de ella despertó esa noche, una parte de sí misma que desconocía. A lo lejos, el sonido de un coche estacionándose cerca de la tienda la sacó de sus pensamientos. La curiosidad la hizo mirar hacia la ventana, pero no vio a nadie conocido. Estaba sola con sus pensamientos, en un espacio que, aunque seguro y protector, comenzaba a sentirse más como una prisión de su propia confusión. ¿Qué significa todo esto? Suspiró, pasándose una mano por el cabello. Su reflejo en el espejo detrás del mostrador parecía tan lejano, como si estuviera observando a alguien más. Su rostro de joven inocente no era capaz de ocultar las sombras que comenzaban a tomar forma en su interior. Algo en ella estaba cambiando, algo que ni Star ni nadie más podía comprender. Se apoyó sobre el mostrador, mirando las luces del atardecer que iluminaban la tienda. Aquel hombre parecía tener más que ver con su destino de lo que ella podría haber imaginado. Y aunque no lo entendiera aún, su vida había dado un giro irreversible. Cassandra se dejó caer lentamente en una silla detrás del mostrador, sus pensamientos arremolinándose en su mente como una tormenta de viento. No podía evitar volver a esa noche, a ese momento crucial. A lo lejos, el murmullo de la ciudad seguía como una constante, pero para ella todo parecía detenerse cada vez que recordaba lo que había sucedido. Ella había ido al desván para dejarle algo de comida, como siempre hacía en esos días que su tía Star no estaba. Había notado que algo no estaba bien, que algo en el aire se sentía diferente esa tarde. Se acercó con cautela, casi como si el instinto la guiara, sin saber que, al hacerlo, su vida cambiaría por completo. El hombre estaba allí, recostado contra la pared, con el cuerpo temblando de fiebre, su respiración agitada y su piel pálida. El olor a sangre y a sudor lo rodeaba, algo que nunca antes había percibido tan fuerte. Por un momento, solo estuvo allí, observándolo en silencio. El joven parecía una sombra de sí mismo, perdido en una fiebre que lo quemaba por dentro. El miedo, el deseo de ayudarlo, todo se desvaneció cuando se acercó. Como si una fuerza invisible la arrastrara, Cassandra sintió un deseo inexplicable de acercarse más, de tocarlo. Podía escuchar su respiración, cada jadeo, como si su cuerpo estuviera pidiendo algo más que simplemente sanarlo. Y fue cuando él se levantó y caminó hacia ella. El calor de su piel, la intensidad con la que se acercó la paralizó en el lugar. Los ojos del hombre, usualmente tranquilos, ahora eran solo una llamarada de necesidad en un mar enrarecido. Fue entonces cuando, de forma instintiva, ella se dejó llevar. Su cuello fue lo primero que sintió rozar sus labios y un escalofrío recorrió su columna vertebral al sentir su aliento cálido sobre su piel. La mezcla de su aroma salvaje, tan masculina, con la fiebre que lo consumía, la embriagó de una manera que no pudo comprender. Las manos de Ilya se alzaron hasta su rostro, acariciándola con una ternura que nunca había creído posible en alguien como él, pero entonces, como si el mundo entero se derrumbara a su alrededor, lo sintió: su toque comenzó a ser más urgente, más posesivo. Unos segundos después, el hombre la besó. Al principio, todo era suave, tierno, como si él estuviera temeroso de romper algo que ya estaba roto dentro de sí, pero en cuanto sus labios se encontraron, un fuego encendió su interior. Cassandra no pudo resistirse; se perdió en él, en ese deseo animal que despertó en ella, en esas sensaciones que la arrastraban a un abismo sin retorno. A medida que sus cuerpos se enredaban, la fiebre del hombre creció y su control comenzó a desmoronarse. Ya no estaba tan cauteloso, ni tan dolorido. Sus manos comenzaron a recorrer su cuerpo con una urgencia desconocida para ambos. Cassandra podía sentir cómo sus dedos trazaban caminos por su piel, incitándola, llevándola a un lugar donde no había razón ni lógica. Solo sensaciones y pulsiones. Entonces, todo se volvió turbio. El hombre, cegado por la fiebre, perdió el control de sí mismo. Fue como si una fuerza oscura lo poseyera, empujándolo más allá de lo que su mente le ordenaba. En ese instante, Cassandra ya no era solo la joven que había decidido ayudarlo. Era la mujer en sus brazos. El beso se tornó en algo más y algo cambió en ella. Algo dentro de su cuerpo le decía que no era un simple roce o un desliz; era más. Mucho más. Y ella quería más y se entregó. Cassandra no comprendía por qué su cuerpo aún ardía por lo que había sucedido, ni por qué sentía que un hilo invisible la conectaba a él, a ese hombre tan distante, tan peligroso y tan lejano. No entendía por qué su alma respondía a su ausencia como si una parte de sí misma estuviera vacía. En su mente, la sensación ardiente de su toque, la fiebre que lo había consumido todo, ya no la dejaban en paz. Sabía que algo había cambiado, pero no podía ponerle palabras a lo que su corazón, tan confuso y atormentado, le susurraba. Solo esperaba que el tiempo pudiera darle respuestas. Pero el destino parecía tener planes más oscuros, y ella ya no estaba segura de si podía resistir la fuerza de lo que acababa de comenzar.
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