El amanecer llegó sin pedir permiso. La tormenta se había ido, dejando a su paso un silencio extraño. Como si el mundo supiera que esa noche había sucedido algo que no debía nombrarse. Nos vestimos en silencio. Él no dijo una palabra mientras se ponía la camisa, con el mismo control gélido de siempre, como si su cuerpo aún no supiera que apenas unas horas antes había estado temblando contra el mío. Yo tampoco hablé. Me puse la camisa con manos que no dejaban de temblar y subí mi pantalón sin mirar atrás. No había lugar para palabras. Solo restos de un deseo que no alcanzó a volverse incendio… pero que dejó cenizas igual. El camino de regreso fue rápido, silencioso. Cada tanto sentía su mirada sobre mí, esa que ya no sé si me devora… o me condena. No dije nada. No le devolví la mirada

