CAPITULO 2

2291 Palabras
Desde que cumplí los diecisiete años, mi destino dejó de pertenecerme para convertirse en una transacción. Supe que estaba comprometido con una cría que apenas acababa de dar sus primeros llantos al mundo. Es absurdo, lo sé. En un mundo donde el poder se mide en balas y cargamentos, mi padre decidió que mi futuro se mediría en un contrato matrimonial de la vieja escuela. No voy a mentir ni a pedir perdón por lo que soy: un hijo de puta. Uno de mis pasatiempos favoritos desde los catorce años ha sido follar, sin sentimientos, sin nombres, solo piel y adrenalina. Quizás por eso a mi padre se le ocurrió aquella "brillante" idea. Pensó que una virgen de convento sería el ancla para un barco que solo sabe navegar en tormentas de sangre. —¡No tienes más opción que casarte con ella! —el grito de mi padre, Zacarías, retumbó en las paredes de caoba de su despacho aquella mañana—. ¡Roger la ha mantenido pura y aislada por una sola razón, y es para que tú tomes lo que te corresponde con una mujer digna a tu lado! —No puedo creer que sigas con esta farsa —le respondí, sintiendo cómo la mandíbula me crujía de la tensión—. Acaba de cumplir dieciocho años. Es una niña. No necesito una esposa que huela a incienso y oraciones; necesito una mujer, no andar cuidando a una mocosa tonta por el resto de mi vida. Me acerqué a su escritorio, apoyando las manos sobre la madera fría. —Y tú mejor que nadie sabes que si acepto este circo es solo por una razón: la organización. El mando total. Sin condiciones. —Entonces cásate —sentenció él con una sonrisa gélida—. O prepárate para ver a tu hermano sentado en tu trono. Salí de su despacho echando chispas. Mi padre se había "retirado" oficialmente hace un par de meses, dejándome a cargo de la estructura operativa, pero seguía moviendo los hilos desde las sombras con esa estúpida obsesión matrimonial. Me había amenazado donde más me dolía. Mi hermano no tiene el estómago para este negocio, lo destruiría en una semana, pero mi padre estaba lo suficientemente loco como para hundir el imperio con tal de que yo cumpliera su palabra. Entré en la cocina de la mansión buscando algo que apagara el incendio en mi pecho. Me serví un vaso de agua helada, bebiéndolo de un trago. —Señor, ¿se encuentra bien? —preguntó Mirna, el ama de llaves, con esa voz pausada que siempre me irritaba cuando estaba de mal humor. —Estoy perfectamente, Mirna. No hay de qué preocuparse —le contesté cortante. —Señor... —ella dudó, jugueteando con su delantal—. Hay algo que debo informarle. Ayer entregamos la mercancía a los Ascencio, tal como pidió. Pero hubo un problema. Lauro Ascencio se negó a pagar el monto acordado. Retuvo un millón de dólares. Dejé el vaso de cristal sobre la encimera con demasiada fuerza. Casi escuché el crujido del vidrio. —¿Un millón menos? ¿Bajo qué pretexto? —Dijo que nos daría el resto en cuanto usted esté casado y pueda conocer a la "nueva señora Bernard". Al parecer, es un trato personal que hizo con su padre para asegurarse de que la boda se lleve a cabo. —¡Mierda! —el grito escapó de mi garganta cargado de frustración pura. Golpeé la encimera. Mi padre estaba bloqueando mis flujos de efectivo, saboteando mis alianzas para acorralarme. Quería recordarme que, mientras no tuviera una esposa, no era un hombre completo ante los ojos de los viejos lobos de la mafia. —Se supone que quien manda aquí soy yo, no ese viejo decrépito —le espeté a Mirna, aunque ella ya estaba dándose la vuelta, huyendo de mi ira. —Mejor me alejo... —la escuché murmurar. Esa fue la gota que colmó el vaso. Por esa maldita razón fui a la iglesia. Necesitaba ver a la "moneda de pago". Necesitaba marcar territorio y dejarle claro a la cría de Lara Ocampo que su destino estaba sellado. Y lo hice. La acorralé en la oficina de su tío, el cura que resultó ser más negociante que santo. Pero hubo algo que no calculé. El beso. Recuerdo el sabor de sus labios; sabían a inocencia y a un miedo que, extrañamente, me encendió la sangre. Aunque ella forcejeó, juraría que hubo un microsegundo en el que su cuerpo se rindió ante el mío. Sé reconocer cuando una mujer quiere más, incluso si su mente le dice que huya. Dos horas después, me encontraba al volante de mi coche, conduciendo por las calles de la ciudad. Debería estar en el puerto revisando los contenedores, pero mi mente estaba fija en una cabellera castaña y unos ojos que me miraron con puro odio sagrado. Decidí que no podía dejarla sola. Al principio pensé en ponerle a dos de mis mejores hombres para que la vigilaran, pero la idea de que otros ojos se posaran sobre ella durante horas me revolvió el estómago. No. Lara era mi problema y mi propiedad. Yo mismo me encargaría de vigilar a mi futura esposa. Conocía su rutina. Había pasado meses recibiendo informes detallados sobre ella. Sabía que después de la misa solía ir a una pequeña cafetería de techos altos y aroma a canela, un lugar demasiado luminoso y pacífico para alguien como yo. Tardé veinte minutos en llegar. Mientras conducía, mi mente divagaba. En menos de una semana, estaría durmiendo al lado de la criatura más pura que jamás había pisado este suelo manchado de pecado. La idea era excitante y molesta a partes iguales. ¿Qué demonios iba a hacer con ella? ¿Cómo iba a integrar a una aspirante a monja en una casa donde se desayuna con informes de bajas y se cena con planes de invasión? Entré en la cafetería con las gafas de sol puestas, ocultando mi mirada de depredador. Caminé hacia la mesa más apartada, la del rincón oscuro, desde donde tenía una vista perfecta de la entrada. Pedí un café americano, n***o, amargo como mi humor. Pocos minutos después, la campana de la puerta tintineó. Lara entró acompañada de su amiga, la de la sonrisa descarada. Leslie, creo que se llamaba. Se sentaron a tres mesas de distancia, sin notar mi presencia. —Estás loca. ¿Me estás mintiendo, verdad? —la voz de Leslie llegó a mis oídos a pesar del bullicio—. ¿Cómo es que vas a casarte con aquel tipo? Lara, admítelo, eres la favorita de Dios. Ese hombre es un pecado andante. —No digas eso, Leslie. Para mí esto es una pesadilla —la voz de Lara tembló, pero había una firmeza nueva en ella—. No quiero casarme con ese hombre. No quiero su mundo, no quiero su apellido. —Ay, Lara, no puedes hacer nada más que obedecer —insistió su amiga, bajando la voz—. Tu tío fue claro. Si no lo haces, esos tipos matarán a tu familia. Tu madre, tus abuelos... tú misma. Es mejor que aceptes tu destino, amiga. Al menos es guapo y rico. —¡No! —Lara golpeó suavemente la mesa—. No pienso casarme con nadie. Si ese tipo quiere tener a una mujer pura a su lado para lucirla como un trofeo de guerra, yo me encargaré de que no sea así. Prefiero perder mi derecho a ser monja, prefiero cualquier cosa antes que ser la esposa de ese criminal. Si no puedo servir a Dios, no serviré a nadie. La vi levantarse bruscamente, con el rostro encendido por la rabia y las lágrimas contenidas. Caminó hacia el pasillo de los baños. Sentí una punzada de ira en el pecho. "¿Criminal?", "¿Trofeo?". Esta cría no tenía idea de con quién se estaba metiendo. Me levanté con calma, dejando un billete sobre la mesa, y la seguí sin hacer ruido. Me detuve justo antes de la puerta del baño de damas. Estaba vacío, a excepción de ella. Escuché su voz, pero no estaba rezando ni llorando. Estaba hablando por teléfono. —Hola... ¿Cómo has estado, Mario? —su tono era diferente, más suave, más íntimo—. Te parece si nos vemos hoy en la noche... me gustaría hablar con un viejo amigo. Necesito ayuda, Mario. Me quedé congelado. ¿Quién demonios era Mario? Mis informes no mencionaban a ningún Mario. Había vigilado sus pasos durante meses y nunca había escuchado ese nombre. ¿Acaso la pequeña santa tenía un secreto? ¿Un escape? La rabia me nubló la vista. No iba a permitir que nadie, absolutamente nadie, pusiera una mano sobre lo que mi padre había comprado para mí. Escuché que cerraba la puerta de uno de los cubículos. Entré en el baño sin dudarlo, cerrando la puerta principal con el seguro. El silencio del lugar solo era roto por el sonido de su respiración tras la puerta de madera del último baño. Me asomé por debajo, confirmando sus zapatos. Esperé. Jaleó la cadena, abrió la puerta y, antes de que pudiera dar un paso hacia afuera, la empujé con fuerza hacia adentro, metiéndome con ella en el estrecho cubículo y cerrando el pestillo. —¡¿Qué demonios haces aquí?! —gritó, retrocediendo hasta chocar con la pared de azulejos. Sus ojos estaban muy abiertos, llenos de pánico. —Vine a ver a mi futura esposa —le solté con voz ronca, acortando la distancia hasta que mi pecho rozó el suyo—. Te dije que te vería pronto, pero parece que no puedes esperar para empezar a traicionarme. —Aléjate de mí —intentó empujarme, pero sus manos eran como pétalos contra una roca—. Entiende de una maldita vez que no pienso casarme contigo. No puedes obligarme. —¡Entiende de una maldita vez tú, cría estúpida! —le rugí, atrapando sus muñecas y fijándolas sobre su cabeza contra la pared—. No es si quieres. Es que tienes que hacerlo. ¿Acaso tienes deseos de muerte? ¿Quieres que la sangre de tu madre y de tu tío decore las paredes de su preciosa iglesia? Porque eso es lo que pasará si no caminas hacia ese altar el miércoles. Lara comenzó a sollozar, y por un momento, la dureza de mi corazón vaciló, pero la mención de "Mario" seguía quemándome por dentro. —No, eso no... ¡Por favor! Déjame en paz —suplicó entre lágrimas que empapaban sus mejillas—. Yo ni siquiera te conozco, no sé quién eres realmente. Lo último que quiero es ser la mujer de alguien como tú. —Deja de llorar —le ordené, aunque mi voz ya no era tan firme—. No se va a acabar el mundo por casarte conmigo. Deja el maldito drama. Eres una Bernard ahora, compórtate como tal. —Mi mundo se acabará si me caso contigo —me escupió, recuperando un poco de esa chispa de fuego que me volvía loco—. Lo que yo quería era la paz, la devoción. No ser la esposa de un mafioso que usa a las personas como mercancía. Forcejeó de nuevo, intentando escapar de mi agarre. La tomé con más fuerza de la cintura, pegando su cuerpo al mío hasta que no quedó un solo milímetro de aire entre nosotros. Podía sentir el latido errático de su corazón contra mis costillas. —Mírame —le exigí. Ella levantó la vista, y en ese momento, la necesidad me venció. La besé con una desesperación que me asustó a mí mismo. Mis labios buscaron los suyos no con ternura, sino con hambre, como si necesitara devorar su pureza para silenciar mis propios demonios. ¿Qué me pasaba con esta niña? No era la mujer más explosiva que había tenido, ni la más experimentada, pero había algo en su resistencia que me hacía querer romperla y protegerla al mismo tiempo. Bajé una de mis manos hacia su cintura, apretando la carne firme a través de su ropa. Me posicioné entre sus piernas, sintiendo su calor, obligándola a sentir mi erección para que supiera que esto no era un juego de niños. Ella se negó a seguirme el beso, manteniendo los labios apretados, pero yo no me detuve. Metí mi mano por debajo de su blusa. Lara dio un respingo, un jadeo ahogado escapó de su garganta al sentir mi piel fría contra la suya. Mi mano subió con determinación hasta encontrar su pecho, cubierto apenas por el encaje de su sujetador. Lo apreté con una mezcla de posesión y furia. —¿Qué demonios haces? —preguntó ella con la voz rota, intentando apartar mi mano. —Te estoy marcando, Lara —le susurré al oído, mordiendo lóbulo de su oreja—. Porque si piensas por un segundo que dejaré que te encuentres con "Mario" o con cualquier otro imbécil, estás muy equivocada. Te tengo vigilada. Cada respiración que das me pertenece. Si intentas acostarte con alguien más para arruinar el trato, te juro por mi vida que ese hombre no vivirá para contarlo. La solté bruscamente, dejándola temblando y desaliñada contra la pared del baño. La miré una última vez, disfrutando del rastro de mis dedos en su piel. —Arréglate. Tu amiga te espera afuera. Y recuerda, Lara: el miércoles serás mía ante Dios, pero hoy ya eres mía ante el diablo. Salí del baño sin mirar atrás, sintiendo cómo la adrenalina me quemaba las venas. La cacería apenas había comenzado, y yo no pensaba dejar que mi presa escapara, ni siquiera hacia los brazos de su Dios.
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