CAPITULO 18.

1020 Palabras
El sol de la mañana se filtraba por los ventanales del penthouse, pero ya no se sentía como una amenaza. Me desperté antes que él, algo inusual, y me quedé observándolo. Máximo dormía con una mano pesada sobre mi cintura, su rostro despojado de la máscara de frialdad que solía portar ante el mundo. En la quietud de la habitación, rodeada por el aroma del encuentro de anoche, algo dentro de mí había hecho un clic definitivo. La culpa, esa sombra pegajosa que me había acompañado toda la vida, seguía allí, pero ya no tenía garras. Ayer me había quebrado, sí, pero en ese quiebre encontré una fuerza que no conocía. Había aceptado que mi cuerpo era mío, no de un contrato ni de una iglesia, y que el placer que este hombre me provocaba era un fuego que yo también podía aprender a manejar. Me zafé de su agarre con una lentitud felina. Me puse su camisa de seda negra, que me llegaba a los muslos, y caminé hacia el espejo. Mis ojos ya no estaban empañados por las dudas; tenían un brillo nuevo, una chispa de malicia y seguridad. Me recogí el cabello en un moño desordenado y salí de la habitación. Tenía una misión: Leslie. Caminé por el pasillo hasta la habitación contigua. Walter, el jefe de seguridad, estaba apostado en la puerta. Al verme llegar con la camisa de su jefe y las piernas desnudas, bajó la mirada, visiblemente incómodo. —Abre la puerta, Walter —ordené. Mi voz no tembló. No era una petición, era un mandato. —Señora, el señor Bernard dio órdenes estrictas de que nadie... —Yo no soy "nadie" —le interrumpí, acercándome un paso más. Noté cómo su postura se tensaba—. Soy su esposa. Y si no abres esa puerta ahora mismo, me encargaré de decirle a Máximo que intentaste sobrepasarte conmigo cuando salí de la habitación. ¿Quién crees que ganará esa discusión? Walter palideció. Los hombres como él sabían que la furia de Máximo por sus "posesiones" no tenía límites. Sin decir una palabra más, sacó la tarjeta magnética y abrió la puerta. —Gracias —dije con una sonrisa gélida antes de entrar. Leslie estaba sentada en el borde de la cama, con el cabello revuelto y los ojos rojos. Al verme, se puso de pie de un salto. —¡Lara! ¡Dios mío, estás bien! Ese animal te llevó y... —se detuvo en seco al observar mi aspecto. Miró la camisa de Máximo, mis piernas, y luego mi rostro—. Espera. No tienes cara de haber sufrido una tortura, precisamente. Me senté a su lado y le tomé las manos. —No fue una tortura, Leslie. Fue... una revelación. —No me digas que caíste —susurró ella, horrorizada—. Lara, hablamos de esto ayer. Él te está usando, está manipulando tu deseo para anularte. —No, Leslie. Él cree que me anuló. Cree que al poseerme me ha domesticado —le dije, y sentí una seguridad vibrante recorriéndome—. Pero lo que no sabe es que me dio la pieza que me faltaba. Ya no tengo miedo de pecar, porque ya pequé. Y ahora que no tengo miedo, soy mucho más peligrosa para él de lo que jamás imaginó. Leslie me miró con una mezcla de asombro y admiración. —Vaya... la monjita se nos volvió una estratega. Pero, ¿qué vamos a hacer? Máximo quiere que me vaya. —No te vas a ir —sentencié—. Te quedarás aquí, en esta casa, como mi invitada personal. Y él lo va a aceptar. Salimos de la habitación juntas. En el salón principal, Máximo ya estaba despierto. Estaba sentado en el sofá con una taza de café, vestido solo con sus pantalones de traje, luciendo como el dueño legítimo de todo lo que alcanzaba su vista. Levantó la mirada y, al vernos a las dos, su expresión se volvió oscura. —Walter es un hombre muerto por dejarte salir —dijo con voz ronca, aunque sus ojos recorrieron mis piernas con un hambre evidente. —Walter hizo lo que su señora le pidió —repliqué, caminando hacia él con una confianza que lo hizo arquear una ceja—. Leslie se queda, Máximo. No como una prisionera en la habitación de al lado, sino aquí, con nosotros. Es mi única condición para que la "esposa sumisa" que viste anoche siga apareciendo en tu cama. Leslie dio un paso atrás, asombrada por mi audacia. Máximo dejó la taza de café sobre la mesa y se puso de pie, caminando hacia mí hasta que quedamos pecho contra pecho. —¿Me estás chantajeando, Lara? —su voz era peligrosa, pero noté un destello de excitación en su mirada. Le gustaba que le respondiera. —Te estoy dando una opción —dije, subiendo una mano por su pecho desnudo y deteniéndome justo en su cuello, sintiendo su pulso acelerado—. Puedes tener a una mujer que te odia y te teme, o puedes tener a la mujer que descubriste anoche. Tú decides si vale la pena echar a mi amiga por un poco de control innecesario. Máximo me tomó de la nuca, acercando mi rostro al suyo. El silencio en el penthouse era absoluto. —Eres una pequeña diabla —susurró, y luego miró a Leslie por encima de mi hombro—. Quédate. Pero si te descubro husmeando donde no debes, ni siquiera Lara podrá salvarte. Leslie asintió rápidamente, aún procesando mi transformación. Máximo volvió a mirarme y me besó con una posesividad brutal, un recordatorio de quién seguía teniendo el poder físico. Pero cuando se apartó, le sonreí. Una sonrisa que le decía que el juego acababa de cambiar de nivel. —Prepara el desayuno, Máximo —le dije con un guiño antes de llevarme a Leslie a la terraza—. Tenemos mucho de qué hablar. Me alejé sintiendo su mirada clavada en mi espalda. La leona había despertado, y Londres estaba a punto de descubrir que no todas las santas se quedan en el altar.
Lectura gratis para nuevos usuarios
Escanee para descargar la aplicación
Facebookexpand_more
  • author-avatar
    Autor
  • chap_listÍndice
  • likeAÑADIR