Me levanto del suelo mirando a Luis. —Dudo que pueda hacerle caso, señor —le explico—. Fabiola ahora es mi cuñada. Y además, debemos trabajar juntos los próximos días... —¡¿Qué demonios?! —grita furioso. —Señor Luis, por favor... Fabiola ya no tiene quince años... —¡No!, por suerte, bastardo —espeta, y retrocedo por su mirada furica—. Si tuviera quince años y supiera lo que harías te habría partido la cara desde el primer momento en que pisaste nuestra casa y con tu cara llena de espinillas pediste la mano de mi hija, ¡juraste respetarla! Y solo querías jugar con ella... —Papá... —Fabiola no puede ni hablar. Se me rompe el corazón al verla a punto de llorar. Al recordar lo enamorados que estábamos, y lo horrible que me sentí cuando tuve que dejarla sin poder explicarle. —Nada, Fabio

