I

4038 Palabras
Era una noche lluviosa, muy tenebrosa, como lo eran todas esas largas noches que para gente como aquella, lo que hacía era más largos los sufrimientos, más dura la idea de aceptar la vida con tantas limitaciones, que hasta la vida misma les parecía demasiado. En aquella humilde casa, daba la sensación de que la lluvia  y el viento se ensañaban con más furor, que la hacían casi ceder ante ella. Las paredes se estremecían ante tanta fuerza, paredes de hojalata, que provocaban un ensordecedor ruido, infernal, más aún, cuando los relámpagos hacían temblar de pavor a todas esas personas que habitaban ese pequeño sector de aquel suburbio. La pobreza extrema se adueñaba de esos senderos, se apoderaba de todos esos desgraciados seres, que no tienen otra alternativa que vivir, sea cual fuere su precio, o mejor dicho, su sacrificio. Poblar esos sitios se convierte en una odisea, una gran experiencia, un suplicio, ¿un pecado? no, la pobreza no les enseña siquiera lo que significa esa palabra. Pecado, ¿no será peor que pecado vivir como animales de la calle? Seres que nunca han conocido lo que es un hogar, personas que no saben que  es un pedazo de pan y si, un mendrugo, duro, que hace temblar de rabia el hecho de llevar a la boca un poco de desperdicio. Gente que se disputa el terreno de un basurero con los zamuros para ganar de ese modo, un lugar en ese manantial de miseria. ¡OH magna naturaleza divina! ¿Por qué permites que estas pobres personas saboreen tan amargamente la vida? Que contemplen tan de cerca la horrible textura del dolor, del hambre, de la miseria. Y los niños, grandes depredadores de ratas y animalejos que saborean cual manjar. Muchos luchan entre ellos, por una rata, para comerla y así, sobrevivir, para seguir luchando, ¿es supervivencia?, ¿Es lucha?, ¿Es vida? Niños, el gran futuro o como se le dice ahora más modernamente, la generación de relevo, el pasaje a los siglos venideros. ¿Podrá ser posible? Que difícil de lograr, ellos, niños hambrientos, desnudos, con los vientres voluminosos colmados  de lombrices, excesivamente delgados, víctimas de la desnutrición. Niños  nacidos tarados, enfermos. Niños inocentes, que no hacen otra cosa que ver de cerca al hambre y a la pobreza. Pobres niños. ¿Podrán ellos pensar en un mañana?    ¿Sabrán ellos que existe el futuro?, Un gran futuro donde no tengan que dormir besando la tierra. Donde conozcan a sus padres, donde  sepan lo que es una moneda, lo que es un juguete, un libro, que sepan leer un cuento, escribir un bello poema. Que sepan los niños que son seres humanos también, hijos de nuestro Dios. Seres que se nutren de esperanzas y que podrían sonreírle a la  vida si el hambre se los permitiera. No se podrá construir un mundo de esa manera, como lo hemos soñado todos, no con esos niños tan al margen, con tanta pobreza. Cuando no se espera nada de la vida, cuando no se tiene un hoy, un ayer, un mañana, ni nunca. Cuando no se tiene nada. Cuando existen niños que no saben lo que es la Navidad, que no saben que tu existe Señor, que ni siquiera saben que ellos mismos existen. Hijos de madres tan pobres, de marginadas mujeres que desearían que  el pecho no se les secara nunca, para darles de comer a sus  pequeños vástagos por siempre. Mujeres que sufren al ver sufrir a sus retoños. Pobres mujeres, que no han vivido si no para traer al mundo a más personas a que pasten en esta inmensa pradera de miseria, que invadan nuestro ya podrido mundo. Cruel mundo ¿Por qué tendrá que ser así? No debería ser tan cruel y duro para muchos. Pero el amor existe y no tiene preferencia alguna.           Una madre pobre en una miseria extensa, en un pequeño y destartalado rancho, vio como llegaba esa hora, tenía miedo y a la vez alegría. Su hijo iba pronto a aparecer en este bello pero  cruel, injusto y gran mundo. Era ya muy tarde. La noche avanzaba lentamente, el ruido inmenso que provocaba la tenaz lluvia casi hacía enloquecerle, a tal punto, que la desesperación se apoderaba de ella. Sus manos  se posaron sobre su grávido vientre. Temblaba de miedo, de dolor, de angustia, de frío. ¿Que destino se estaría asomando a  esas vidas que estaban aún unidas, pero que dentro de poco dejarían de estarlo?, para de esa forma, llevar a cabo lo mágico, lo lindo de la creación: un nacimiento. Cerró los ojos muy fuertemente hasta producirse dolor, como queriéndose ocultar en la oscuridad que le producía el hacer esto. Sudaba copiosamente y sus cabellos empapados hacían deslizar el sudor por entre ellos, para luego caer.           A pesar del frio intenso que provocaba la noche lluviosa, sudaba tanto que no solo su cuerpo estaba empapado, pues se notaba la huella del sudor sobre su humanidad cada vez que el lugar se iluminaba debido a los destellos constantes de luz que provocaban los rayos, sino que inclusive, la roída colcha de su rudimentaria cama también estaba empapada. Sentía como el corazón le latía muy deprisa, sentía una sensación nunca antes experimentada. El hecho de que pronto sería madre, de que su hijo aparecería en cualquier momento le ocasionaba una extraña sensación, una macabra impresión de alegría y miedo al mismo tiempo. Vendría, si, cuanto lo había deseado, aún desde niña siempre soñó con tener lindas muñecas, pero como nunca las tuvo, realizaba ella misma pequeños  harapos que se asemejaban a dichos juguetes, y soñaba con tener algún día un bebé para amarlo como en esos lindos momentos infantiles amaba a sus muñecas. Ese  fue  su sueño, tener un hijo y darle  todo el amor que albergaba a un ser tan inocente, como desafortunadamente se sintió ella desde la más tierna infancia. Desde su presencia en la vida no había sentido otra cosa que no fuese necesidades. Vivía desde entonces en la más completa miseria, en el sub- mundo que no debería existir, en esa condición en el que el ser humano deja de llamarse así, para perder su más elemental sentimiento de dignidad, superación, cultura, amistad, amor. Para transformar la vida en una eterna guerra, ésta contra la pobreza, contra el hambre, contra la existencia del sufrimiento en los niños, cuando en vez de sufrir, solo deberían jugar y reír.  Cuando los niños en lugar de querer saber el precio de un kilo de aluminio en el gran mercado de la chatarra, cuando en vez de vagar por las calles inhalando pegamento, pidiendo dinero a los transeúntes, delinquir desde tan cota edad; deberían  estar aprendiendo en la escuela las luces que los conduzca a enfrentar la vida. Cuando un niño en lugar de sufrir, pudiera ser la más feliz de las criaturas. A decir verdad todo esto le preocupaba. Abstraída en sus pensamientos parecía petrificada, cuando una nueva contracción uterina le hizo cimbrarse y doblar sus caderas en un intento vano de evitar el dolor que ésta le producía. Las contracciones cada vez más frecuentes y más perdurables, le hacían estar a punto de perder el sentido. Sudaba demasiado, pasó su mano derecha por su rostro para apartar el sudor que se dirigía a sus ojos. Mordiéndose el labio inferior y aferrándose al hierro del catre, tan fuerte que parecía hacerse daño, soportó otra contracción uterina. Los dolores del parto eran para ella como un anuncio. Joven mujer que sufre, no superaba los veinte años, su piel blanca y tersa había perdido su docilidad debido al continuo trabajo pesado y duro. No dejaba de ser muy linda por el hecho de ser tan humilde. El rostro casi ovalado, terminaba en un deliciosamente contorneado mentón. Contrastaba lo bello de  su piel, con el intenso n***o de sus cabellos. Era muy bella, pero en medio de tanta miseria, lamentablemente la belleza no es una virtud importante, significaba tan poco ser bonita o no serlo, que ella nunca se percató de lo bella que era.           Después de superada otra contracción, su respiración agitada, delataba el supremo esfuerzo que hacía. Presente también en sus ojos, estaba otra huella del agotamiento, las enormes ojeras que se dibujaban en ellos. En el rostro de aquella joven se notaba su insuperable decadencia física, su castigo en la vida, las huellas inexorables de la inopia. Alguien le tomó una de sus manos y la besó, las dejó un momento muy cerca de su boca, y volvió a besarla insistentemente, acariciando con ella su propio rostro. _ Mi amor – musitó ella muy quedamente con palabras entrecortadas- ya  viene, siento que me desgarra las entrañas.  Él, mirándola tiernamente. _ Ya mi vida, sigue así, pero ten calma, que ya va a venir la señora que te va a atender. - Mintió. Ella lo miraba con una mirada impregnada en amor, de cuya grandeza nacería esa nueva vida tan esperada. Lo miraba tiernamente, mientras él, con su mano aún en su poder, correspondía también tiernamente a esa mirada, con una que además de ternura, estaba cargada de compasión y pena. Compasión por aquel ser tan debilitado y enfermo que albergaba en su interior, al producto de su entrega, de su gran amor. Se inclinó sobre ella y posó sus labios ahora sobre su frente blanca. Un beso de admiración y de pena. Arrodillado ante ella, se acercó tanto a su cuerpo y quedó muy cerca, y allí dejó escapar un llanto débil, sutil, pero contentivo de todo lo que su alma albergaba. _ Andrés Eloy - interrogó- ¿por qué lloras? _ No, no estoy llorando. - Decía toda vez que ocultaba su rostro de ella, y trataba sin lograrlo, de ocultar las lágrimas de sus ojos.      La llama de la vieja y deteriorada lámpara que estaba situada sobre la estufa, vacilaba y casi se apagaba, pero de inmediato lograba su original tamaño, originando de este modo, grotescas figuras de sombras, que impregnaban el lugar con un aire de misterio. Un potente rayo sacudió la ciudad e iluminó completamente la estancia, dejando escuchar instantes después un sonoro trueno, el cual hizo sentir aún mucho más miedo. El fenómeno natural logró, conjuntamente con la fuerte lluvia que caía, que pareciera que se balanceaban ese gran grupo de ranchos, sobre todo ese donde ellos permanecían aguardando el esperado momento. Mientras había quedado el aposento completamente iluminado, ambos se dieron cuenta que lloraban, las lágrimas, sin poderlas ocultar, rodaban por sus mejillas. Ambos, hacían grandes esfuerzos por evitar que ni él ni ella se percataran de que ambos lloraban. _ Sí, sí estás llorando.- decía mientras trataba de superar otra contracción, esta vez más intensa.           Él, unido a ella, tomado de las manos, trataba de hacerle compañía en ese doloroso instante, y a la  vez animarle y darle aliento. Al fin la contracción cedió, dejándola completamente agotada, sin aliento. Cuando por fin lo recobró, le pidió que  volviera a acercarse, tocándole los plateados cabellos, con máxima ternura, luego tocó sus mejillas y sus labios. Él, continuaba de rodillas ante ella, aún llorando, esta vez dejando escapar sus sollozos largamente, los que ella escuchó con tristeza, a pesar del ruido de la lluvia que ya casi había cesado. _ Mi amor deberías alegrarte, no estés tan triste, ya no llores más mi vida.- trató ahora de darle ella, ánimos. _ Pero si estoy muy alegre.- decía a la vez que se ponía de pie y caminaba hacia la ventana desde se podía ubicar a la noche, al oscuro cielo, del cual ya no caía gota alguna.- lloro de alegría- si, estaba alegre, la llegada de su hijo, lo cercano a ésta, le producía una enorme satisfacción.       Una ventana hacia la esperanza, una continuación de la vida. Pero ¿qué vida? ¿Esta que estaba viviendo? ¿La situación tan difícil que enfrentaba toda esta gente, que desgraciadamente, representa la gran mayoría de los venezolanos? No, eso no se puede llamar vida, no se le podría denominar de tal forma, a la aberrante manera de un gobierno paridor de promesas, encargado de usar un detestable populismo con la única finalidad de hambrear, de hipnotizar, de oprimir a su pueblo con dádivas. Un régimen desgraciado que arruina, que seduce maquiavélicamente, que le quita el mañana  a los habitantes de una millonaria patria. Por eso, sus lágrimas se transformaron en lágrimas de rabia e impotencia. Vería a su primer hijo padecer de esta maldita miseria que nos abraza, que les sumergía hasta ahogarles, en el profundo lago de podredumbre. No, no quería esa vida para su hijo, ni para María Elena y él. Por eso su llanto, por eso su pena.           Su mirada no estaba fija en punto alguno. Evidentemente que era una mirada vacía al tiempo y la distancia, no estaba presente en la realidad su mirada. No llegaba ruido alguno a sus oídos. Amén de su respiración, ningún movimiento hacía revelar su existencia. Solo pensaba, se entregaba por completo a sus pensamientos, dejando involuntariamente de prestarle atención a su esposa, sabiendo, al igual que ella, que nadie acudiría en su ayuda, que nunca vendría la comadrona, la vecina, ni nadie. No podría alguien avanzar un solo paso por ese lodazal resbaladizo en que se transformaba aquel lugar. Nadie podría acudir en ayuda de quien estaba sufriendo una situación como aquella, que realmente necesitaba asistencia.           Cuatro delgadas paredes de cinc y el techo del mismo material, componían aquella rudimentaria vivienda. Material demasiado usado, recogido de la basura, con muchos agujeros, que dejaban pasar la gélida brisa de aquella noche lluviosa. Una tosca puerta abría y cerraba constantemente produciendo un desesperante ruido, dándole un sabor de locura a la ya aterradora noche. Eran noches de lluvia, el temor de esos pobladores de cerros, que esperaban que en cualquier momento todo se viniera abajo y se desplomaran así, sus vidas. El tiempo no era marcado, solo pasaba sin dejar rastro alguno. Sería poco más de las tres de la madrugada, había pasado ya bastante tiempo desde que se ocultó el día y apareció la noche cargada de agua. Pensaba, mientras su mujer descansaba ahora de su ya acostumbrado dolor. ¿Por qué se prolongaba tanto? ¿Qué serían aquellas mil interrogantes que Andrés Eloy se hacía a sí mismo, sin lograr una respuesta?           Ya a esa altura de la madrugada, el tiempo se había estabilizado con una suavidad que embriagaba, que invitaba a respirar la brisa, ahora suave y delicada, y aquel también acariciador frío, dejar que cubriera los  cuerpos. “Dios, tú que estás entre nosotros, me miras, seguro estoy de eso, y estoy también seguro que sabe que mi hijo llegará en cualquier momento, no permitas, te lo suplico, que sufra. No permitas que sea un poblador más de este mundo de tristeza. Quieras, Dios de los cielos, que tus bendiciones se viertan sobre esta criatura que está por llegar, y se ilumine desde ahora, el sendero de su vida. Bríndale señor, la esperanza de un mejor vivir. Aparta por favor, nuestras vidas de esto tan horrible”.           Andrés Eloy estaba allí pensante, pidiendo de la manera más desesperada. Lleno de expectaciones y fe en Dios, por su hijo, por su retoño divino. Quería para él un mundo distinto, una vida nueva, al margen de tanto sufrimiento y miseria. Hombre enérgico y joven, con su fisonomía esbelta dada su estatura, sus acicalados cabellos denotaban el brillante plateado de unas prematuras canas. Un porte altivo daba a su figura un toque de belleza masculina que producía mil elogios de las mujeres por donde pasaba. Que lograba miradas de admiración. Joven emprendedor, que un día llegó nadie supo de donde, solitario, para quedarse. Muy culto, pues sabía de todo, a diferencia del resto de los habitantes de aquel marginal barrio, que a duras penas pocos sabían leer y escribir, dado que nunca hubo oportunidad de una escuela, y el tiempo, claro está, no se puede invertir en aprender, cuando hay trabajo que realizar, hambre que mitigar. Su mundo de basura, crueldad y hambre era ese, su cerro.           ¿Por qué habría de ser así? Que  injusta posición ocupaba aquella gente a la orilla del todo, al pié de la cima. Cuando un vulgar pedazo de verdura descompuesta resulta un verdadero manjar. Cuando el suelo polvoriento se transforma en la tibia cama añorada. No, esa no era la vida que quería para su hijo, y de algún modo lo evitaría. Sus manos agrietadas eran, por el difícil trabajo que ahora le había tocado desempeñar, y la piel blanca de otrora era oculta por el bronceado forzado que llevaba consigo por el continuo exponerse a los rayos inclementes del sol. Tenía veinticinco años, a lo sumo. La silueta de aquel elegante hombre alto se dibujaba ante la ventana. Extendió su brazo derecho como pidiendo algo, para constatar así que ciertamente había dejado de llover. Acarició el vacío y comprobó que la brisa ya no era tan fría como cuando llovía. Caminó hacia la puerta y la cerró, y con una pesada roca, se cercioró que no se volviera a abrir, logrando de ese modo que no se saliera de su eje y a la vez, callara el infernal ruido que de ella provenía. Se dirigió al rincón donde estaba la estufa, acerco sus frías manos hasta la humeante lámpara para calentarlas un poco. Encendió la hornilla y colocó sobre la misma una vieja vasija de metal la cual había tenido tiempos mejores, dentro de la cual había café, esperó hasta que calentara y luego vertió un poco en un pocillo que alguna vez tuvo dibujada una rosa roja, y bebió de un solo sorbo el contenido.  Giró nuevamente y caminó hacia el mismo sitio en donde había permanecido por largo rato, sin apartar un solo instante de María Elena su mirada. Caminó hacia ella, y se colocó nuevamente a su lado, para que ella comprendiera que estaba aguardando por igual, la llegada del hijo de ambos. Pasó el pequeño paño sobre el lindo rostro de María Elena, sobre ese rostro que casi languidecía de sufrir por aquellos dolores tan fuetes que experimentaba. Ya seco el sudor, colocó el pañito sobre una pequeña mesa que llena de utensilios propios para el momento esperado, estaba colocada al lado de la cama. _ Andrés- esgrimió ella al momento que dejaba escapar un suspiro de cansancio.- ya esto es insoportable. _ Ya verás que todo va a salir bien mi vida.- trató de animarla.- Ya cálmate, ahorra tus energías, no hables mucho.- mientras colocaba los dedos sobre los labios de ella, con la otra mano acariciaba la preciosa cabellera desarreglada.- ya verás que todo va a salir bien, verás como nuestro hijo nacerá tan fuerte como su padre- celebró con una tímida sonrisa. _ Ay amor, ojala sea así, aunque estoy segura que no. – Sentenció- recuerda que no me he alimentado muy bien, y según dicen, una al estar preñada, debe comer bastante, debe comer muchas. . .- trató de buscar una palabra con la cuál expresarse pero fue en vano, casi nunca la utilizaba.        Al escuchar esto, Andrés Eloy no respondió, solo frunció el entrecejo y se paró para caminar hacia la ventana, desde donde miró con orgullo herido a su mujer, para responderle con rabia. _ Quieres decir que por mi culpa no has alimentado bien a mi hijo- le acusó.- _ No mi amor, no entendiste lo que te quise decir- respondió excusándose ante su comentario- quise decir que no me he preocupado por comer, que no le he dedicado tiempo a. . . . – Interrumpía con rabia Andrés Eloy. _ No sigas, crees que soy un idiota, eso te ocurre por vivir con un pobre diablo como yo, un desgraciado, un. . . .- le interrumpía ella ahora. _ No digas eso mi amor, sabes bien que no es así. _ ¿Y entonces como coño es?, mira - decía mientras señalaba hacia ella- mírate, estás esperando a nuestro hijo, y mira, ni siquiera un parto decente te ofrezco, mira que cama tan cómoda y acogedora, mira tus cobijas de terciopelo, esta tibia y acogedora casa, mira, solo mira a tu alrededor. Te das cuenta de toda esta riqueza que siempre te he dado- decía con sus palabras cargadas de ironía- te das cuenta que en mi perra vida sólo te he dado miseria y mal vivir- ya en voz muy alta, al apoderarse la histeria de él- dices que no es así, no te das cuenta que solo soy tu sufrimiento, sólo soy un fracaso, un completo  fracaso - esgrimía estas palabras mientras se llevaba las manos hacia sus encanecidos cabellos, y tirando de ellos hasta producirse dolor, se dejaba caer de rodillas muy pesadamente-. Dios, escúchame por favor, el más humilde de tus hijos te habla, te implora, te pregunta cuanto más vamos a seguir sufriendo todos nosotros.  Lloraba como un niño al que se le ha extraviado un juguete, aunque a él se le extraviaba más bien, la fe. - ¿Donde estas, dime, donde estas, si existes, dame una prueba de ello? – Blasfemaba- dame una prueba de que existes coño.      María Elena le observaba y escuchaba con extrañeza, sin poder creerlo. _ Andrés Eloy no digas eso, no sabes lo que dices, no digas esas cosas tan feas a diosito.             Le volvía a interrumpir él hablando y llorando al mismo tiempo. _ Dios, fe, que coño va a existir, de que nos sirven en esta vida tan miserable que llevamos.             Un intenso grito de dolor expelido por la dama, hizo que Andrés Eloy volviera de ese estado en que no sabía lo que decía, el nerviosismo le obligaba a ello. - ¿Qué pasa mi amor? ¿Te duele mucho?- y al recordar lo que había dicho, se arrepintió en el acto. _ Perdóname Dios, perdona lo que te he dicho, sabes que eso no es lo que mi corazón siente.- se inclinaba lentamente hasta tocar el piso con su rostro y derramar en él, mil lágrimas de dolor. Perdóname Dios mío, no quise ofenderte de esa manera, lo que pasa es que estoy muy nervioso- repetía insistentemente, mientras se sentaba en el piso. El reflejo de la luz de la lámpara, proveniente de un pedazo de espejo roto, llegaba directamente a sus ojos, lo que evitó moviéndose un poco a su derecha. Continuó llorando y al cabo de un rato su llanto cedió y su calma regresó. Estaba convertido en un manojo de nervios, cosa razonable en quien vive un episodio de esa índole, dada la magnitud del mismo y la carencia de lo que como mínimo se necesita. En una caja de cartón que alguna vez contuvo leche en polvo, había unas cuantas cosas, que difícilmente había podido ahorrar para obtenerlas; a saber, un biberón, unas cuantas mantitas, una lata de leche maternizada, unos pañales de tela, y un sonajero, este último, regalo del dependiente de la farmacia.      María Elena había dejado de sentir los dolores, y esto le pareció muy extraño y le preocupó en extremo.  Alterada llamó a su marido, quien sin perder tiempo acudió quedando tan cerca de ella, que sus respiraciones se confundían. _  Dime mi amor, ¿Te duele mucho? - interrogó aterrado. _ Ya no los siento. _ ¿Qué ya no sientes que? _ Que ya no siento los dolores mi amor, hace bastante rato que dejé de sentirlos  ¿por qué mi amor? Dime por favor- le decía mientras se aferraba a él tomándolo por la camisa sacudiéndolo, mientras él le tocaba el vientre con máxima ternura. _  Ya mi amor, lo que pasa es que él también descansa- le decía tratando de calmarla, lo que ni siquiera lograba consigo mismo.      María Elena, palpaba con su mano izquierda, el crucifijo, que guardaba en el bolsillo de su bata muy celosamente, pronunciando una oración imperceptible, y posteriormente lo llevaba a su boca para besarlo. Dios es el único que ve por la gente desasistida, hostigada, llena de oscuridad, de solo tener nada. Vivir en esa pobreza extrema, traía consigo el desaire y la amargura inmensurable de la gente que la posee, porque ¿A quién le agrada la miseria?  
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