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4863 Palabras
agua producía una suavidad impresionante en que el niño se deslizaba mientras se bañaba y ante lo cual, tenía que permanecer su padre llamándolo  por largo rato  para lograr que saliera y no correr el riesgo de contraer un resfriado. Aunque era después que se fastidiaba del juego que iniciaba el aseo propiamente dicho. Bañando la sala de baño completa, una lámpara delicada  despedía una intensa luz blanca que permitía que a cualquier hora del día todo permaneciera como si el astro rey lo tocara con sus rayos.      Tras las alcobas y en la parte final de la casa, una pequeña habitación había sido dispuesta a manera de estudio y era el sitio donde Andrés Eloy permanecía, ya leyendo los grandes periódicos de la capital  durante largas horas, así como escribiendo algún poema en prosa como siempre solía hacer, o si no, leyendo placenteramente un libro para lo cual utilizaba un sofá donde cuan largo era, se instalaba en él, muchas veces quedándose dormido, despertado luego por su hijo quien en recompensa por su amor prodigado, le depositaba un cálido beso en la mejilla.      Era de maravillar las eternas luchas entre padre e hijo porque éste comprendiera alguna operación matemática, así como cuando lo hacía estando él más chico, para que dominara el alfabeto y comprendiera cuan impresionante y fascinante era el mundo de la lectura, el mismo que procuraba inmensurables placeres.      Inmediatamente tras el pequeño estudio, otro pasillo, aun más corto que el anterior conducía al patio. Este era un maravilloso edén, que hubiese soñado el pecador para no caer debido a su belleza, en los atormentadores brazos de la tentación, ya que lejos de la serpiente que los indujo, en este paraíso no había sino, pureza, hermosura y una gran cantidad de especímenes vegetales cubiertos de sus flores, que llenaban toda la estancia del rico aroma que acariciaba los olfatos y conducían a una satisfacción que emergía cuando alguien tocaba el fresco aire que allí se respiraba.      Estaba también presente, una fina grama, maravillosa. Nadie pudiera resistir a darse vueltas y vueltas sobre ella. Lo abarcaba todo, expresando de tal manera su verdor, que al mediodía, reflejaba la luz del sol y le daba calidez suavemente a todo el patio. Cuatro jaulas en las que, jugueteando constantemente, varios pájaros cantaban sin cesar y alegraban los sentidos. Este era un regalo de Lázaro le hizo a Rigoberto y que Andrés Eloy aceptó por insistencia del niño, ya que a él nunca le gustó conservar a ningún animal en cautiverio. Había un grato ambiente natural, que quien penetraba a aquella fortaleza de belleza, difícilmente pasaba una hora en su haber, debido a lo poco de ese tiempo, pudiendo quedarse allí toda la vida. Era que quien quisiera ver una deidad natural, debería quedarse en ese sitio para que se sintiera satisfecho de las creaciones, una naturaleza sin par.      La hidalguía  de aquel patio era completada por un árbol frondoso que había al fondo y donde los pequeñines cada vez que jugaban en ese hogar, surcaban sus ramas y llegaban incluso hasta lo más elevado, ocultándose allí y soñando las más variadas aventuras.      Algunas veces era una nave interplanetaria que quería invadir la tierra, otras veces, solo una nave exploradora conducida por los comandantes Wilmer y Rigoberto, esto porque ninguno quiso dejar de ser el comandante para ser el segundo oficial. Pero como la imaginación infantil no tiene límites y cortejado esto por la gran amistad de ambos, decidieron que fuera no uno, sino dos los comandantes quienes tenían la responsabilidad de llevar a cabo la travesía.      Uno de los tantos sábados en que permanecían juntos en la casa fue que tuvieron la idea de construir una casa en lo alto del árbol. No iban a  ser ellos los únicos que no tendrían ese privilegio y así en pocas semanas se iba materializando esa otra pequeña travesura.      Sin que Andrés Eloy lo notara, Rigoberto había resuelto tomar unas maderas que éste tenía al final del patio, en un pequeño depósito, y aquella mañana se dispondrían a  culminar la casita en cuestión, habiendo ya subido el material a la terminada  parte principal, de lo que desde ese día sería el centro de operaciones de la policía secreta.      Andrés Eloy aprovecharía mientras los niños se divertían jugando, para leer el diario y luego para preparar un suculento almuerzo, uno muy apetitoso, que emanara un olor tan rico, para atraer a los muchachos al comedor, para de esta manera, dejar momentáneamente el juego y procurar un bien merecido descanso.      El timbre sonó una sola vez y fue más que suficiente, puesto que Rigoberto en el acto, abría la puerta por la que Wilmer se introdujo sin ni siquiera saludar, solo la fija idea del juego hacía eco. Ya dispuestos en el centro de la distracción ambos niños planificaban la culminación de la casa en el árbol. Wilmer era de la idea de construir una escalera colgante para subir y bajar de la casa, mientras que Rigoberto opinaba que se pudiera llegar hasta ella mediante las propias ramas. Esta disputa se resolvió en el momento de fijar entre sí las tablas, ya que no habiendo otro material más resistente como alambres o clavos, hubo que utilizar la cuerda que habían destinado a la escalera para unirlas, quedando descartada la idea de Wilmer.      Rigoberto había atado fuertemente las tablas a unos listones que servían como soporte. Al cabo de un minucioso trabajo, quedó terminada la casa. Debido a la gran altura del árbol, ésta quedaba muy distante del piso. Nunca se percataron, dada su inocencia, de que sus pesos, ameritaban una mayor seguridad en la unión de las tablas entre sí. Primero subió Wilmer, que era el que menos peso tenía, Rigoberto por su parte había ido en busca de unos implementos que les servirían para iniciar el juego, haciendo estreno de la casa.      Un nudo no fue atado con la fuerza debida, (aunque ellos ignoraban desgraciadamente este detalle), había comenzado a ceder  y al romperse el intrincado enlace por alguno de sus puntos, la estructura toda perdería su continuidad. _ ¿Quieres un cambur?- preguntaba Rigoberto desde la puerta trasera de la casa. _ Si- Se escuchaba desde lo alto del árbol.      Rigoberto desapareció y regresó a los pocos minutos con un pesado morral a cuestas. En la mano derecha un facsímil hecho en madera de un arma de guerra, declaraba que la policía secreta estaba lista para actuar. Inició el ascenso al árbol por donde  tendría acceso a la casa, Wilmer acostado en el piso miraba por entre las tablas a su amigo mientras subía, a la vez que le hablaba. _ ¿Qué traes en el morral? _ Ya tú vas a ver. _ ¿Te acordaste de los catalejos y de las gorras? _ Si, pero ya cállate, que mi papá nos puede escuchar.      Poco a poco, paso a paso, el niño iba llegando. Al estar lo más cerca posible, le pasó el facsímil a su amigo y se dispuso a penetrar en la casa. En la grama habían quedado unas herramientas que fueron  utilizadas  en la empresa, a saber un martillo, varios pedazos de madera, trozos de soga, una silla que les había servido de soporte para serruchar las tablas, por supuesto, el serrucho y algunos juguetes que había dejado cerca de la gran roca que sobresalía del suelo, y donde continuamente se solían posar las lagartijas a asolearse y en ocasiones, cuando caía la tarde, algunas aves atraídas por el trinar de las cautivas llegaban a dicha piedra para hacerle un poco de compañía o para presumir de la libertad de la que disfrutaban.      El brazo izquierdo se asió a la tabla externa, por donde existía una apertura que habían dejado para espiar  a su través, y la fuerza que procuró para impulsarse hizo balancear la estructura. Era de suponer lo lejos que estaban los dos niños de imaginarse el inminente peligro a que se exponían, y evidentemente, ignoraban que sus vidas corrían peligro.      Un pié quedó prisionero entre dos ramas que se entrecruzaban, de lo que  Rigoberto, nervioso, trató de salir libre, para lo que tomándose ahora con las dos manos de una de las tablas se impulsó, logrando que el pié pudiera ser liberado. Un zapato cayó al suelo y fue  a parar sobre los juguetes que momentos antes habían dejado cerca de la roca. Dos impulsos más y allí estaba casi justo en el borde de la última tabla, ya que no quiso entrar por la entrada que había por el piso de la casa sino que quiso bordear la pared y caer así, al estilo comando. Su peso, aunado al de Wilmer que ya había afectado a uno de los nudos, completó el desenlace y las tablas quedaron libres, por lo que ambos niños cayeron al vacío. El primero en caer fue Wilmer, al caer tropezó con algunas ramas y luego en el suelo, su cráneo fue a dar de lleno con la enorme roca fracturándole la región en cuestión, el resto del cuerpo no dibujaba señal alguna de daño. Un gran charco de sangre comenzó a extenderse en la grama, denunciando la hemorragia que se producía. La roca por su gran tamaño, había logrado que el cráneo de Wilmer sufriera una espeluznante apertura por donde se asomaba parte de la masa encefálica. Los ojos enormemente abiertos, daban crédito de la magnitud del accidente e inmediatamente el cuerpo del pequeño comenzó a moverse a un ritmo violento, presa de convulsiones que permanecieron varios minutos. Salía más sangre de la herida. El niño se movía incontrolablemente. Trataba de incorporarse sin éxito, sus cuerdas vocales querían gritar, pero la sangre que ahora salía de su boca ahogaba cualquier intento.  El sol llegaba directo a sus ojos, aunque pronto se hizo una nube que no dejaba llegar a él  la luz. La sangre llenaba también las órbitas de sus ojos, de igual manera manaba de sus fosas nasales en abundante cantidad. Otra convulsión repitió, esta vez más intensa hasta que momentos más tarde, el cuerpecito quedó inerte, la muerte le tocó con sus horribles tentáculos.      Rigoberto quien se había asido a una tabla para evitar la caída, cayó tras su amigo, golpeándose fuertemente con unas gruesas ramas a las que estaban sujetas las tablas quedando justo al lado de su amigo. Diversas  fracturas producían un dolor insoportable. Al respirar, un dolor más agudo le afectaba. Un neumotórax le comprimía los pulmones, no dejando cabida para el aire.      Pasaron largos los minutos. Ambos niños, uno muerto y el otro gravemente herido, estaban tendidos en el suelo, justo debajo del gran árbol. Nadie fue testigo del accidente, por lo que nadie acudió en ayuda de los menores. Andrés Eloy casualmente salió al patio y se estremeció al ver es dantesco espectáculo. Sintió lo que en la noche en que María Elena falleció. Sus músculos tensos no lo dejaban actuar con la premura del caso, hasta que su instinto de padre pudo más que cualquier cosa, y en veloz carrera llegaba hasta donde estaban tendidos los niños, comprobando el estado de ambos. Pudo corroborar que Rigoberto permanecía con vida y que lastimosamente Wilmer había muerto.      Sus gritos en demanda de auxilio despertaron la curiosidad de los vecinos ya que Andrés Eloy, poco comunicativo con ellos, en raras ocasiones les molestaba. Pronto la casa albergaba un gran número de personas y al momento, la sirena de una ambulancia oportunamente llamada, retumbaba en el vecindario. Los comentarios no se hicieron esperar, y todos coincidieron en que no fue más que un desafortunado accidente. El paramédico con tan solo mirar a Wilmer no tuvo dudas de su deceso. Le cerró los ojitos y con cara de conmoción le colocó la manta sobre la cara como es característico en estos casos. Otro paramédico traía la camilla plegable y pronto trasladaban al herido hasta la ambulancia, la que tan pronto se cerró la portezuela, inició su veloz carrera hacia el hospital. La furgoneta llegó momentos después, en la que sin prisa, ya que no era necesaria, era trasladado el cadáver al hospital para la realización de los requisitos legales. Antes de subir a la ambulancia Andrés Eloy le suplicó a una persona que se comunicara con Nicolás ya que le conocía, y le comunicara la desgraciada noticia.      Nuevamente la muerte tocaba en lo más íntimo de sus sentimientos. La muerte, macabra, parecía que se había propuesto quitarles a quienes querían. Su presencia dejaba a muchos corazones destrozados.      Poco tiempo después la casa quedó completamente vacía y en el paraíso que poseía Andrés Eloy en su casa, unos juguetes quedaron solos. Unas tablas pendían en lo más alto de un frondoso árbol, y una gran mancha roja brillaba a la luz del sol del mediodía que le hacía solidificarse. Allí estaba la huella de la atroz muerte que cercenaba una vida que aún no comenzaba a vivir de veras.      Con la mayor velocidad que el conductor le podía imponer a la ambulancia, pronto llegaron a su destino, en el hospital ya los estaban esperando. En el camino, junto a su hijo que forzosamente respiraba y quien estaba inconsciente, solo le miraba y muy quedamente le pedía a Dios que no se muriera.      “Dios mío, a él no, no te lo llevas, no te lleves a mi muchachito, pídeme lo que sea, pero a él no señor, a él no. Dispón de mí cuando tú quieras, te prometo que recibiré con agrado todo lo que la vida me depare y que se haga tu voluntad, pero por el amor que sientes por todos nosotros, por el que moriste en la cruz, a él no, que mi hijo se salve señor por favor. Si tengo que sufrir algo en la vida, hágase  tu voluntad, pero quiero ver crecer a mi hijo, quiero verlo hecho un hombre. Señor por piedad, por favor no te lo lleves”.      Cada vez era más notorio el esfuerzo que el niño hacía para respirar. Le era aplicado oxígeno por un catéter nasal desde una bombona portátil que poseía la unidad. Ya le habían sido instaladas sendas soluciones de Ringer lactato, para de alguna manera aumentar el volumen de líquido corporal perdido. Por la hemorragia que salía a borbotones de una inmensa se asomaba el fémur fracturado. La piel húmeda y fría de Rigoberto denotaba aún más la cianosis que presentaba.      El niño mostraba una gravedad notoria, los segundos eran de oro, por lo que era imprescindible no perder ni siquiera parte de uno. Al llegar a la emergencia ya el camillero le esperaba, pero el paramédico prefirió no hacer el trasbordo llevándolo en la misma camilla de la ambulancia hasta la sala donde los médicos y el personal de Enfermería aguardaban. Fue allí donde los gritos de dolor se exteriorizaron. Daba pena ver como el niño se estremecía. El médico ordenó la administración inmediata de un potente analgésico. Una de las enfermeras tomaba sangre en varios tubos para análisis urgente de laboratorio y para solicitar derivados sanguíneos  que era lo más apremiante, pues la herida sangraba en demasía.      Al cabo de unos minutos le era insertado un catéter central, para colocar por allí líquidos a mayor velocidad y por donde se le colocaría la sangre necesaria. Posteriormente le fue  insertado también un tubo en el tórax, lo que ayudaría a drenar el contenido atrapado en la cavidad pleural que le estaba imposibilitando la respiración. Mientras era preparado el quirófano, uno de los médicos solicitó urgentemente al traumatólogo de guardia que acababa de concluir una intervención y al intensivista pediatra.  Fue trasladado a la unidad de terapia intensiva donde le valoro el neurocirujano, quien indicó esperar su estabilidad para someterlo a cualquier intervención quirúrgica. Fue intubado y conectado a un respirador artificial. Le colocaron una sonda para hacer que orinara a través de ella y comprobar si había algún traumatismo renal. Salió de ella un líquido claro.      Andrés Eloy esperaba todo nervioso en la sala dispuesta para tal fin, queriendo recibir pronto noticias acerca de su hijo. No se podía mover de ese sitio, ni quería hacerlo. Le intrigaba y preocupaba lo que ocurriría con sus amigos Nicolás y Felicita.      A todas estas una furgoneta llegaba por la puerta lateral a la de emergencia, es decir, a las puertas de la morgue. Descendía allí el cuerpo inerte de Wilmer. No habían pasado más de treinta minutos cuando se escucharon en la sala de espera donde aguardaba Andrés Eloy, los desgarradores gritos de Felicita y Nicolás, los cuales éste conocía muy perfectamente y que les recordaba a los que dejaron escapar el día en que llegaron y vieron el cadáver de María Elena. Quiso Andrés Eloy acompañarlos, pero fue advertido por una enfermera a que aguardara  allí, por si sucedía algún imprevisto o se necesitaba algo. Posteriormente se dejaron de escuchar los gritos debido a que sufrieron ambos se desmayaron por el fuerte impacto nervioso y eran atendidos ahora en la emergencia. A felicita se le subió la tensión arterial, tanto que fue necesario internarla de emergencia. Nicolás por su parte quedó en un silencio inexplicable. De los ojos de Andrés Eloy descendieron unas gruesas lágrimas.       A Rigoberto le realizaron unas radiografías evidenciándose traumatismo cráneo-encefálico severo. Le fue practicada así mismo una resonancia magnética para verificar la magnitud del daño sufrido.      A estas alturas ya Lázaro y Herminia se habían enterado de la tragedia y ya estaban presentes también en la sala de espera. Querían trasladar al pequeño paciente a una clínica privada, pero el médico tratante les convenció que dadas las condiciones de gravedad que presentaba era mejor diferir el traslado hasta que se estabilizara.      Esa noche, ya casi de madrugada, terminó la intervención quirúrgica siendo muy buenos los resultados. En la mañana le sería desconectado el respirado artificial y le suspenderían la sedación médica utilizada para tal fin. El niño mejoraba. Su padre no había querido siquiera probar algún alimento y solo atinaba a decir “gracias a Dios” cuando alguien le daba alguna noticia del niño y estas por supuesto, eran buenas.      Ya llegada la mañana, el niño marchaba muy bien y de continuar así al día siguiente le egresarían de la sala de terapia intensiva hacia una habitación corriente.      Ataviado de una vestimenta de color verde intenso, Andrés Eloy logró el permiso de penetrar a la sala y ver  de cerca de su hijo. Pero quedó petrificado al verlo en las condiciones en que estaba y con tantas conexiones y tantos aparatos que hacían un inmenso ruido y eso             que ya había sido desconectado del respirador artificial.      El sonido del monitor cardíaco le atormentaba, pero lo que más le desagradaba ver era aquel tubo transparente que emergía de su costado y que estaba a su vez, conectado a unos frascos enormes con agua en el fondo. Agua mezclada con mucha sangre, demasiada.  Esta situación le hería en el fondo, pero confiando en el juramento que le había hecho a Dios y que éste le concedería el favor solicitado, tenía mucha fe en que todo marcharía bien. Su hijo no debería morir, porque de lo contrario, no tendría ningún tipo de fe en la vida. ¿Valdría así la pena la vida para él?      “María, no permitas que nada más le pase a nuestro hijo. Tú sabes muy bien lo que significa para mí. Por favor intercede para que se salve, por que de lo contrario me moriría si me faltara, y yo quiero vivir para él.”        Ya en la penumbra de la sala de espera y ubicado en un duro banco, el hombre comenzaba una vez más a rebobinar su vida, y entregarse por entero al recuerdo. Esta vez vinieron a su mente las imágenes del nacimiento de Rigoberto, sus primeros pasos, sus primeras palabras, sus juguetes, entre otros recuerdos.      Recordó la primera vez en que le oyó decirle papá, para su eterna gloria. Recordó también su primer cumpleaños. Recordó sólo momentos gratos y que le hicieron feliz.      “Señor, tu que sabes acariciar a tus hijos con las maravillas de tu poder, permite que mi hijo viva, necesito a mi hijo conmigo. Te lo pido a cambio de mi vida o más si es necesario”      Imploraba de esta forma al creador, el éxito de la ciencia médica. Que obrara en pro del niño. Rigoberto estaría bien dentro de poco, así se lograba dar algo de ánimo, que era lo que más necesitaba en ese momento.      También recordó a Wilmer, que desde muy pequeño, fue el eterno amigo de su hijo y la manera tan terrible como falleció. Recordó a la familia amiga y a quienes les deparaba un largo camino doloroso por la pérdida del niño      Pasaban las horas y la incertidumbre reinaba en la familia de Rigoberto. Herminia por su parte, toda histérica, no se apartaba de la puerta que daba a la Unidad de Cuidados Intensivos esperando que alguien saliera a dar alguna noticia. Todo era silencio y esto hacía más  densa la atmósfera que allí se respiraba. Lázaro caminó hacia una terraza que había a la derecha y desde donde se miraba hacia el cafetín siempre frecuentado por el personal del hospital y el público, desde allí esperaba en silencio, cualquier noticia, aunque el soñaba con que fueran muy buenas, lo necesitaba. Andrés Eloy muy nervioso miraba constantemente hacia la puerta de la Unidad y al ver que nadie salía se ponía más nervioso.      Herminia  rompió el silencio y lloró en alta voz, siendo inmediatamente mirada por todos  y Andrés Eloy pensando que de algo se había enterado cerró los ojos y esperó que le comunicaran una funesta noticia, lo que afortunadamente no ocurrió, solo era el estado de ánimo exaltado de la mujer que no pudo contener más el llanto.      Lázaro se acercó a su esposa para comprobar que nada malo ocurría, constatándolo, lo que a la vista de Andrés Eloy le hizo sentir un momento de alivio. Después  de esto bajó a comprar algo para que ella tomase, al mismo tiempo  que se retiraba por lo menos por un rato de ese sitio que estaba acabando con su calma, hasta tal punto que no podía permanecer un solo instante más sin saber nada de su sobrino. Nadie saliera a dar alguna noticia.      Lázaro desde niño había esquivado los hospitales o clínicas y salvo cuando algún contratiempo había perturbado su salud, ni siquiera a visitar a alguien  acudía. Era esa la razón por la que su preocupación adquiría dimensiones extraordinarias y esperaba abandonarlo pronto, claro, con su sobrino ya recuperado.      Se escuchaban sirenas a cada momento, en uno de esos tantos episodios, un grupo de enfermeras y médicos  tras una camilla que era empujada por un camillero de muy baja estatura, manipulaban a una mujer cubierta completamente de sangre, conduciéndola al quirófano. Momentos después se escucharon muchos gritos y los llantos lo cubrieron todo. La mujer había muerto mientras se iniciaba el acto quirúrgico, víctima de profusas hemorragias internas. Luego se supo que fue la única víctima mortal de un aparatoso  accidente de tránsito.      Ese era el continuo movimiento de la emergencia del hospital, y ese sitio donde ellos aguardaban como era la conexión con el área de Terapia Intensiva y el quirófano, recibiendo paciente en su mayoría desde la emergencia, muchos de ellos en estado crítico, era un constante tráfico de camilleros con pacientes urgidos, médicos y enfermeras corriendo tras los pacientes, equipos portátiles de R.X trasladados en veloz precipitación, lo que ocasionaba un ruido grandioso que hacía sentir más nerviosos a los ya pávidos parientes de los pacientes que recibían la atención intensiva o la cirugía urgente.      Un individuo alto, de ojos claros y abundante pelo n***o, abrió las puertas plegables de la sala de terapia y buscó con la mirada a quien en realidad no conocía, tratando de que ese alguien acudiera a él, como en efecto ocurrió y Herminia quien estaba más cerca se abalanzó sobre el caballero, mientras que el padre del niño, inmóvil esperaba la noticia con miedo. _ Doctor, que noticias nos tiene, dígame por favor. _ ¿Usted es familiar del niño Rigoberto Palacios?- Preguntó sin identificarse siquiera, sin saludo alguno. _ Soy su tía, pero es como si fuera su madre, dígame como está. _ Tranquilícese- Hacía una pausa en espera de que la dama retomara la calma, sin éxito. _ ¿Qué me tiene que decir?, por amor a Dios- Decía seguida por la mirada de Andrés Eloy. _ Señora el niño está fuera de peligro, la gravedad ha pasado ya. _ Gracias a Dios doctor, gracias a Dios. _ La verdad es que ha tenido mucha suerte. ¿Quién es el padre del niño? _ Yo- Corrió hacia donde conversaba la pareja- yo soy el papá del niño, ¿Cómo lo ve doctor? _ Bueno, como le dije a ella, está en mejores condiciones. Afortunadamente el traumatismo que sufrió en la cabeza no fue tan grave, lo que si fue fuerte fue lo del pulmoncito, pero mejoró muy rápido esa parte, las fracturas ya se corrigieron en el quirófano.      Andrés Eloy, tomándole la mano al médico le imploraba por la vida de su hijo, ya que cuando le hicieron pasar a verlo revestía mucha gravedad y no estaban seguros de poder salvarlo. _ Doctor por lo que usted más quiera, no deje que mi muchachito se me muera.      El doctor, quien era necesitado en la unidad a juzgar por el llamado que le proferían, colocando una mano en el hombro del angustiado padre, repuso: _ No se preocupe caballero, como le dije ya, el niño ha superado lo peor, ya está fuera de peligro, aunque aún no despierta, pero dentro de poco volverá en sí. Ahora dígame ¿el otro niño era pariente suyo? _ En realidad no, pero a ambas familias nos une una amistad muy grande desde hace mucho tiempo. _ Entonces hay que estar muy pendientes cuando despierte el niño y pregunte por su amigo, no le deben decir nada todavía, eso le puede producir mucho daño, esas cosas hay que prepararlas bien. _ Tiene razón doctor- Agregó Herminia. _ Bueno, hay muy buenos especialistas que lo pueden ayudar. _ ¿A quien me aconseja doctor? – Agregaba una vez más Herminia. _ No se preocupe, yo me encargo de eso, y ahora si me disculpan, con permiso.- Volvían a llamarlo desde la unidad y desapareció girando sobre sus talones. Se escuchaba un murmurar dentro de la sala, voces estas que no eran escuchadas por ellos.      Lázaro regresaba con sendos vasos humeantes, pasándole uno a cada uno, siendo tomado por Andrés Eloy sin mayor interés. Herminia tomó un poco de café y mirando a su cuñado le hizo un planteamiento. _ Andrés Eloy, por qué no vas un momento a la casa y descansas un poco, te bañas, te cambias, comes algo, no sé, tienes que descansar _ No. _ Se supo algo del niño- Preguntó Lázaro con sorpresa. _ Si mi amor, ya pasó lo peor.- Al escuchar estas palabras Lázaro respiró mas calmado. _ Gracias a Dios.- Andrés Eloy miraba  a su hermano y la mirada fija en ellos significaba que no escuchaba nada, estaba como solía hacerlo, entregado a sus pensamientos. _ Yo no me muevo de aquí, necesito estar pendiente por si pasa algo. _ Pero hermano, es verdad lo que dice Herminia, vamos para la casa y descansas un poco, no ves que el médico dijo que estaba mejor. _ No, no podría. ¿Y si me muevo de aquí y necesitan algo urgente, y no hay nadie? _ Yo me quedo aquí pendiente Andrés Eloy, para que estés más tranquilo, cualquier cosa te llamo enseguida. _ ¿Me lo prometes? _ Claro que sí, anda tranquilo, te repito que yo esperaré aquí mientras  tú descansas un poco. _ ¿Tu crees que deba irme? _ Pero por supuesto, tienes que descansar, tienes más de dos días aquí. Ni siquiera haz comido. _ Bueno, tienen razón.- Decía mientras terminaba de tomar el resto del frío café. –Me convencieron, la verdad que ahora que sé que mi hijo se salvó, me ha dado unas ganas de comer que ni les cuento- celebraron entre risas el chiste inesperado de Andrés Eloy. Al poco rato viajaban de regreso a la casa.      Habían pasado dos días desde el desgraciado accidente y Andrés Eloy quiso saber lo que había pasado con Nicolás y Minerva. Le pidió a Lázaro que le acompañara a visitarlos. Lázaro creyó conveniente no ir ese mismo día, ya que podría ocasionar un duro golpe  emocional a sus amigos por lo reciente del acontecimiento, decidiendo postergar la visita por algunos días.      Las mujeres del servicio corrieron al encuentro de los hombres, formulándoles las más variadas preguntas con respecto a la salud del niño. Todos en la casa habían tenido la vida en un hilo, ya que la simpatía del niño le hacía merecedor del cariño de todos.      Gritos de felicidad al saber lo que el médico había anunciado, no se hicieron esperar. Andrés Eloy miró por la ventana a la vez que les decía a las mujeres. _ Les agradezco que si llaman del hospital me avisen.
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