CAPÍTULO TREINTA Y DOS Algo helado la obligó a abrir los ojos. Todo su cuerpo parecía estar en estado de shock. Ella abrió la boca para jadear, pero no pudo. Algo estaba en su camino. Algo frío. Algo húmedo. “¿Qué demonios?”. Y entonces sintió su cabeza siendo jalada hacia arriba. Su cuello le dolía, pero finalmente fue capaz de jadear, de respirar. Y Biel estaba allí de nuevo, su voz en su oído y su cara ensangrentada cerca de la suya. “Oigo las sirenas”, dijo. “Supongo que tenías todo esto planeado. Pero eso no importa. Vas a morir, Avery”. Respiró un poco, pero entonces Biel volvió a meter su cabeza en el agua. Y esta vez le dio sentido a lo que estaba pasando. Su golpe final la había hecho perder el conocimiento. Pero ahora iba a ahogarla. Despacito. Y el agua fría la había hecho

