Ahora sí que me siento como la basura que todos me dicen cuando camino por los pasillos. «Anda, límpiate. Pareces una cualquiera», me suelta con una voz que, a mi parecer, denota asco, mientras me mira, antes de subirse los pantalones y dirigirse a la puerta. «Ah, y como se te ocurra acostarte con otro mientras seas mía, te mato y entierro tu cuerpo donde nadie pueda encontrarte». Esas son sus últimas palabras antes de marcharse, dejándome allí tirada en el suelo. Cuando se va y ya no oigo sus pasos, las lágrimas me corren por las mejillas. Todavía no me lo creo. Lo único que quería eran unas horas a solas en paz y ni siquiera eso he conseguido. En vez de eso, me están chantajeando. Si no hago lo que dice, ese vídeo saldrá a la luz y todo el mundo, incluida mi madre, lo verá. No puedo perm

