La idea de que alguien más tocara lo que era mío casi me hizo perder la cabeza. Tuvo suerte de que no me enfadara con ella anoche, o me habría odiado de verdad. O tal vez no, porque al parecer le molestan mis brusquedades. Para superar este pequeño y molesto flechazo que tengo con ella, supongo que tendré que desahogar todo mi odio con su cuerpo. No tiene ni idea de lo que se metió ayer después de que le abriera esa pierna virgen y sangrara por todo mi pene. Incluso el sabor de su sangre virgen en mi lengua fue como un afrodisíaco que me hizo desearla más y más. Ahora, solo de pensar en su sabor y en su sangre en mi lengua, tengo el pene tan duro que no me importaría montarla de nuevo hasta saciarme. Miro el reloj y veo que aún es temprano. Tendré que seguir con el viejo método manual. Aga

