—Sigue mintiéndote, Rayan. Al único que te engañas es a ti mismo, imbécil. Me deseas con tantas ganas que no sabes qué hacer contigo mismo. Odias desear a la zorra que no puedes dejar en paz. Debe estar matándote por dentro, ¿eh? —le espeto. Observo cómo cada palabra lo penetra y le da en el blanco. En cuanto Rayan salió de la casa después de nuestra pequeña discusión, me dejé caer en mi nueva cama y me quedé allí el resto de la noche. Estaba esperando a que terminara la cena, pues parecía que iba a ser un asunto familiar. Me quedé allí tumbado, mirando el hermoso techo. Parecía uno de esos que se encuentran en la arquitectura griega, ¿sabes?, esos que parecen de verdad. Me sorprendió tener uno en mi habitación, no voy a mentir. Viviendo con el torturador Mis pensamientos terminaron pr

