Maldijo mentalmente, por enésima vez. No lograba concentrarse en la clase que estaba impartiendo. Tenía casi media hora, tratando de demostrar a sus alumnos, como debía ejecutarse una estocada perfecta, con suerte natural y recibiendo, pero parecía ser que su cerebro estaba desconectado de sus funciones motoras. —Mierda —masculló. —Hostias, tío. Deberías relajarte un poco. Estás muy tenso —comentó alguien a su derecha. —Te recuerdo que soy tu maestro, Joey. Me debés respeto —soltó, sin molestarse en girarse a mirar al nombrado. —¡j***r! Anda de un humor de perros —musitó alguien. —Desde hace tres días que Diego no viene, está insoportable —escuchó susurrar a otro. —Váyanse a la mierda —escupió con rabia, tirando el capote y el estoque en el suelo—. La clase terminó. Lárguense. Dicho

