Abrió los ojos con pesadez y farfulló un par de improperios. Con lo mucho que le había costado conciliar el sueño, pensando tanto en Rafael y el enorme cargo de conciencia que sentía por lo que hizo. Pasó toda la noche en vela, y se vino quedando dormida casi a las nueve de la mañana. Solo durmió una hora y media. —¡Claudine! —gritó—. ¡CLAUDINE! —volvió a vociferar, pero no obtuvo respuesta alguna—. ¡j***r! —dijo entre dientes. El timbre volvió a sonar. De mala gana, refunfuñando, salió de la cama. Se dirigió a la puerta, y no se detuvo ni siquiera a ver por la mirilla. Estaba demasiado adormilada como para pensar con claridad. Entreabrió la puerta y se asomó, dejando entrever sus característicos ojos grises. —¿Mamá? —Diana bostezó—. ¿Qué haces acá? —¡Oh por Dios! —exclamó Raquel—. ¿Q

