No lo lograba. Por más que lo intentaba, no podía conciliar el sueño. Los recuerdos del día vivido, se agolpaban en su conciencia, además de los tantos errores que había cometido en la vida. Bendita costumbre, la de ponerse a filosofar justo antes de dormir. Algo dentro de su mente le carcomía, y aunque intentaba negarlo, sabía a la perfección que era lo que le robaba la paz. «La mentira tiene patas cortas». El refrán retumbó en su cabeza. —Sabes que estás jugando con fuego —oyó la voz de Claudine, proveniente de algún rincón de su cerebro. —Sí, lo sé —recordó que le respondió—, ¿pero que mas puedo hacer? Ya estoy metida hasta el cuello en esto. —El buen mentiroso debe tener una memoria muy buena, o podría ser descubierto por una tontería. Como dice el viejo refrán: más rápido se coge

