Elise miraba por la ventana del auto mientras las luces de la ciudad se desvanecían en el horizonte. Leonard dormía en el asiento trasero, ajeno a la tempestad emocional que envolvía a sus padres. Héctor conducía en silencio, con la mandíbula tensa y los nudillos blancos aferrando el volante.
—No debiste amenazarla —susurró Elise, rompiendo la quietud.
Héctor no apartó la vista del camino.
—Intentó quitarme a mi hijo. No iba a permitirlo.
Elise negó con la cabeza, su corazón tamborileando en su pecho.
—¿Y ahora qué? ¿Crees que se quedará de brazos cruzados? Conozco a mi madre… no se detendrá.
—Que lo intente —respondió él con frialdad—. No tiene idea de quién soy ahora.
Elise lo observó con preocupación. El hombre del que se había enamorado aún estaba allí, pero la oscuridad que ahora lo envolvía le recordaba cuánto había cambiado. El poder lo había endurecido, y temía que lo devorara por completo.
Al llegar a la mansión de Héctor, Elise bajó con Leonard en brazos. La propiedad era imponente, protegida por guardias armados y cámaras de vigilancia. El niño abrió lentamente los ojos, confundido.
—¿Dónde estamos?
—En casa, mi amor —respondió Elise con ternura.
Héctor se acercó con cautela, su mirada cargada de sentimientos encontrados.
—Hola, campeón.
Leonard lo observó, desconcertado.
—¿Eres mi papá?
Elise contuvo el aliento. Héctor tragó saliva antes de responder.
—Sí… lo soy. Pero no tienes que llamarme así si no quieres. Podemos empezar despacio.
Leonard asintió, aún procesando la información.
—Está bien.
Esa simple respuesta fue suficiente para llenar de esperanza a Héctor. Pero lo que no sabían era que, a kilómetros de distancia, una tormenta estaba a punto de estallar.
Al día siguiente, la madre de Elise irrumpió en la estación de policía con el rostro desfigurado por la furia.
—Quiero levantar una denuncia por secuestro.
El oficial la miró, confundido.
—¿Quién es el responsable?
—Héctor Grimaldi —espetó ella con veneno—. Se llevó a mi hija y a mi nieto por la fuerza.
El policía palideció.
—¿Disculpe, dijo Héctor Grimaldi?
—¡Sí! ¡Ese criminal! ¡Arreste a ese hombre!
El oficial negó con la cabeza, incómodo.
—Señora… ¿sabe quién es ese hombre? Es el líder del imperio criminal más poderoso del país. Si firmo esta denuncia, probablemente usted no salga viva de esta noche.
La mujer se estremeció, pero su determinación no flaqueó.
—Tengo contactos. Conozco jueces. Iré por la vía legal. Ese hombre no me arrebatará a mi familia.
El policía solo la miró con lástima, sabiendo que estaba firmando su sentencia de guerra.
Dos días después, Sergio, la mano derecha de Héctor, irrumpió en su oficina.
—Jefe, la señora Lambert interpuso una denuncia en su contra… y un juez autorizó una orden de arresto.
Elise, que estaba en la habitación, palideció.
—¡Dios mío, Héctor! ¡Tienes que hacer algo!
Héctor no se inmutó.
—Que vengan.
—¡¿Qué?! —gritó Elise—. ¡Van a arrestarte!
—No, amor… nadie me toca en esta ciudad.
Media hora después, patrullas rodearon la mansión. El comandante, con la orden de arresto en mano, pidió hablar con Héctor.
—Señor Grimaldi, tenemos una orden de arresto en su contra.
Héctor salió con paso firme.
—Anulen esa orden. Ahora.
El comandante rió con nerviosismo.
—Eso no funciona así, señor.
Héctor sacó su teléfono.
—Juez Alarcón, tengo un problema. Revoque la orden o me aseguraré de que esta semana su familia desaparezca.
El comandante recibió una llamada segundos después.
—¿Sí?… ¿cómo dice?… ¿anulada? Entendido.
El oficial tragó en seco.
—Disculpe la molestia, señor Grimaldi.
Héctor sonrió con frialdad.
—Buen intento.
Esa noche, Elise se abrazó a sí misma en la habitación, abrumada por el poder que Héctor poseía. Él entró y, al verla así, su expresión se suavizó.
—Cariño, no va a pasar nada. Estoy aquí.
—Ese es el problema, Héctor… ¿en qué te has convertido?
Héctor caminó hacia ella con calma.
—Sé que el hombre que conociste, del que te enamoraste, y el que está parado frente a ti pareciesen ser personas diferentes, pero te juro que no es así.
Elise lo miró, sintiendo un nudo en la garganta.
—¿Entonces por qué siento que me estás protegiendo a base de miedo?
Héctor tomó sus manos con firmeza.
—Porque ahora tengo los medios para protegerte. Elise, lo que creé no fue para dominar, fue para asegurarme de que jamás volvieran a separarnos.
Las lágrimas comenzaron a resbalar por el rostro de Elise.
—No puedo vivir así. No quiero que Leonard crezca entre amenazas, sobornos y miedo.
Héctor respiró profundo, su voz temblorosa pero firme.
—¿Recuerdas lo que soñábamos cuando éramos jóvenes? Tener una familia, un hogar donde nadie pudiera separarnos. Eso fue lo que construí, Elise… Un imperio donde nadie pudiera volver a arrebatarnos lo que es nuestro.
Elise negó con la cabeza.
—Tienes que prometerme que no lastimarás a nadie más por nosotros.
Héctor la abrazó con fuerza, dejando que su corazón se mostrara vulnerable.
—Te lo prometo, Elise. Pero si alguien intenta separarnos de nuevo… no tendré piedad.
Elise lo miró con tristeza.
—No quiero vivir bajo amenazas. Si me amas, ayúdame a hacer esto bien. Sin miedo… sin violencia.
Héctor titubeó por un momento antes de asentir.
—De acuerdo. Para asegurarnos de que todo salga bien, iremos con tus padres y con Maurice para establecer términos. Lo haremos de manera legal, como tú me lo pides. Si eso es lo que necesitas para sentirte en paz, lo haré por ti… por los tres.
Elise parpadeó sorprendida, su corazón suavizándose ante aquellas palabras.
—¿Hablas en serio?
Héctor la tomó del rostro con ambas manos.
—Sí. Quiero que volvamos a ser una familia sin sombras. Si la ley es el camino, entonces lo tomaremos.
Elise dejó escapar un sollozo, abrazándose a él con fuerza.
—Gracias, amor.