CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE Bill mantuvo firme su arma mientras miraba sobre el cañón a los ojos salvajes de Graham. Su cerebro hizo clic, calculando lo que podría suceder a continuación. Las cosas se veían desesperadas, pero sabía que no debía entrar en pánico. Sus pies estaban plantados rectos en el muelle de madera. Graham todavía estaba sentado en la barandilla, sus piernas colgando sobre el agua, su cuerpo torcido para apuntar a Bill. Graham estaba en una posición mucho más precaria. Su puntería no sería muy buena desde allí. Sería fácil acabar con él. “Demasiado fácil”, decidió Bill. Bill podía oír los gritos de pánico y los pasos de las personas huyendo del muelle. Varios pescadores cercanos simplemente dejaron caer sus cañas y se fueron corriendo. En su visión periférica, Bill

