El inspector jefe Joshua Madden se encontraba sentado sosteniendo su pipa sin encender en la palma de su mano derecha, cuando Albert Norris hizo lo propio en el asiento frente a él en su escritorio, tal como se le solicitó. Cercano a los sesenta años, de casi dos metros de estatura, con una cintura que cedía lugar a la obesidad y esperando jubilarse antes de finalizar el año, Madden acarició su barba cana mientras esperaba que el inspector se instalara en su asiento antes de comenzar a hablar. -Verás, Bert, tenemos un auténtico caso entre manos, eso es seguro. Por cierto, lamento haberte pedido que vinieras tan temprano. -No es problema, señor -replicó Norris, aunque sabía que la disculpa de Madden no se aceptaría en un tribunal. Probablemente el inspector jefe se había sentido muy a gus

