Marcelo no era un hombre de quedarse en casa.
No le gustaban los silencios largos ni las conversaciones lentas.
Sufría de insomnio, pero no de esos que se curaban con pastillas.
Lo suyo era otra cosa.
Necesitaba ruido. Música fuerte. Luces parpadeantes. Roces de piel. Juegos…
Y el club nocturno que frecuentaba le ofrecía todo eso.
…
Mientras tanto, en la habitación silenciosa de la mansión…
Amery miraba la puerta cerrarse.
Otra vez.
Otra noche.
Otra excusa.
Se acostó en la cama.
Cerró los ojos e intentó convencerse de que estaba bien, que era normal.
Que los hombres importantes siempre tenían negocios.
Pero una punzada le subió al pecho.
Y, sin poder evitarlo, una lágrima se deslizó por su mejilla.
Luego otra.
Y otra.
¿Estaba amando a un hombre que nunca estaría con ella del todo?
Se abrazó a la almohada y apretó fuerte los ojos.
—Todo está bien —se dijo.
Pero lo cierto era que no lo estaba.
Y esa noche… para ella, el amor dolía más de lo que nunca había imaginado.
A la mañana siguiente, Amery despertó sola.
La sábana a su lado estaba fría. El perfume de Marcelo ya se había ido. Había pasado otra noche sin él.
Pero esta vez, en lugar de tristeza, eligió sonreír.
—Está ocupado —murmuró—. Trabaja mucho… es normal.
Se levantó con suavidad, fue al baño y se miró en el espejo. Tenía unas enormes ojeras, pero también mucha esperanza en su corazón.
—Estoy embarazada… —se dijo con voz bajita—. Y él está conmigo. Eso es lo importante.
Más tarde, cuando Marcelo llegó, ella lo recibió con una sonrisa ancha, casi infantil.
—Buenos días, amor.
Marcelo estaba con gafas oscuras. Tenía un horrible aliento a whisky.
Pero lucia impecable como siempre.
—Hola, preciosa —le dijo, dándole un beso rápido en la mejilla—. ¿Dormiste bien?
Ella asintió.
—Te esperé un poco.
Marcelo resopló y se quitó las gafas.
—Te dije que eran negocios.
—Lo sé, lo sé —dijo ella rápido—. No te estoy reclamando. Solo… te extrañé.
Marcelo se encogió de hombros.
—No me gusta que me espíen o me reclamen. Es agobiante.
—No lo haré —aseguró ella, acercándose—. Solo quiero que estés bien. Que comas, que descanses. ¿Te preparo algo?
Marcelo sonrió de lado.
—Un café, tal vez.
Ella corrió a la cocina como si le hubiese pedido un diamante.
Mientras servía el café, hablaba sola.
—Es tan ocupado… tan brillante. Tiene una empresa enorme. Tantas responsabilidades… y aún así está aquí. Conmigo y con nuestro bebé.
Se tocó el vientre.
—Te va a amar… estoy segura. Solo necesita tiempo. Marcelo no es frío, solo… está cansado.
Volvió con el café y se lo ofreció con ternura.
—Aquí tienes.
Marcelo lo tomó y la miró con cierta distancia.
—Gracias, Amery.
Ella se sentó frente a él, con los ojos brillantes.
—¿Sabes qué soñé anoche?
—¿Qué?
—Que estábamos en la playa. Tú me sostenías la mano, y nuestro bebé corría hacia el mar. Era niño. Rubio como tú. Se llamaba Elías.
Marcelo no respondió. Bebió el café sin mucho entusiasmo.
—¿Te molesta que sueñe con eso?
—No —respondió con voz neutra—. Pero aún es pronto para hablar de nombres. Apenas estamos empezando esto, ¿sí?
Ella asintió rápido.
—Claro, tienes razón. Perdón, me emocioné. Es solo que… te quiero tanto.
Marcelo se levantó.
—Tengo una conferencia importante hoy. No me esperes para almorzar.
Ella se quedó sola otra vez.
Mirando la taza vacía. Sintiendo el vacío en el pecho. Pero se negó a caer en tristeza.
—Él me quiere… a su manera —susurró—. Está cansado, confundido. Pero va a quedarse. Lo hará. Estoy segura.
Y volvió a sonreír.
Aunque por dentro… algo ya comenzaba a romperse.
……
Ares no era como Marcelo, no le gustaban los clubes.
Ni el ruido.
Ni las multitudes.
Ni las luces parpadeantes ni las conversaciones superficiales.
Prefería la paz de su apartamento, sus películas favoritas. Su cocina limpia y ordenada y el olor a café recién hecho.
Y Thor, su Golden Retriever, que siempre lo recibía con un meneo de cola.
—Hola, viejo amigo —le dijo esa noche, acariciándole la cabeza.
El perro ladró suave. Se tumbó junto al sofá, donde Ares ya tenía una manta y una película seleccionada. Está vez sería una de acción. De autos. Siempre le gustaban los autos.
—¿Sabes? —le dijo al perro mientras servía palomitas—. Marcelo no la merece. Pero ella lo eligió.
Thor lo miró con ojos mansos.
—Sí, sí. Ya sé. Que no hable solo como un loco.
Suspiró.
Su hermana Azucena era la única que tenía llaves de su apartamento. Nadie más, ni su madre.
Se sentó. La televisión parpadeaba. El sonido llenaba el espacio, pero no el vacío.
Pensaba en ella. Siempre en ella.
Amery.
La chica de la sonrisa dulce. La risa que siempre recordaba. La que lo abrazaba como si el mundo fuera más amable a su lado.
Pero ella… ella nunca lo amó como él la amaba a ella.
Nunca lo notó.
O fingió no notarlo.
Y ahora estaba embarazada de Marcelo Evans.
Un tipo con dinero, sí. Con estatus, claro.
Pero sin estabilidad. Sin lealtad.
Un tipo que miraba a otras incluso cuando Amery no volteaba.
Ares cerró los ojos.
—¿Por qué no me elegiste a mí?
No era una pregunta para ser respondida.
Thor gimió bajito. Ares se inclinó y lo abrazó.
—No estoy triste —mintió—. Solo… cansado.
La película seguía, pero él no la veía.
Solo pensaba en lo que pudo ser.
En lo que no fue.
Y en lo que jamás sería.
Porque Amery estaba allá afuera, con otro.
Y él… seguía aquí, encerrado en su propio mundo.
Amándola en silencio como siempre.
Thor fue el primero en moverse.
Se levantó de golpe, olfateó el aire y corrió hacia la puerta ladrando como loco.
Ares frunció el ceño, no esperaba a nadie.
Y menos a esa hora.
Se levantó del sofá, dejó su copa de vino en la mesa y caminó hacia la puerta, con cierta cautela.
Pero antes de tocar la mirilla, ya escuchó su voz:
—¡Ábreme, idiota! Me estoy quemando las manos con esto.
Era Azucena.
—¿Azucena?
Abrió la puerta y la encontró ahí, vestida con ropa cómoda, moño despeinado, mochila cruzada, varias bolsas colgando de sus brazos y dos termos gigantes bajo el brazo.
—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó sorprendido.
—Te invito a cenar esta noche —anunció entrando como una tormenta—. Y no preguntes, ayuda primero.
Ares reaccionó rápido y le quitó algunas bolsas.
—¿Trajiste comida de mamá?
—No, mejor. Mía. Mamá le pone mucha cebolla a todo. Yo no.
—Me estás consintiendo…
—¡No! Te estoy cuidando, que no es lo mismo —refunfuñó, dejando los termos sobre la mesa—. ¿Dónde están tus platos? ¿Todavía los guardas donde siempre?
Ares asintió. Thor seguía rodeándola con emoción, como si supiera que ella siempre traía algo rico.
—¿Y cómo sabías que estaba aquí?
Azucena no respondió de inmediato. Sacó los tuppers, colocó servilletas, vasos, y luego lo miró con una sonrisa sospechosa.
—Te tengo rastreador.
Ares se quedó quieto.
—¿Qué?
—No me mires así. No me mires así —repitió, levantando las manos—. Soy tecnológica. CEO o no, te pueden secuestrar. Yo soy tu hermana. ¡Tengo derecho!
—¡Me espías!
—Te protejo —corrigió, sentándose en la barra—. Y por eso sé que estuviste estacionado más de una hora cerca de la casa de Marcelo. ¿Qué hacías ahí? ¿Esperando verla salir llorando?
Ares bajó la cabeza y suspiró.
—Solo… necesitaba saber si estaba bien.
—Sabías que estaba bien. Solo querías verla —afirmó Azucena—. Ares, lo conozco todo de ti. Eres un tipo solitario, terco y te encierras con tu perro, tus películas y tus silencios. Alguien tiene que romper eso de vez en cuando.
—Tú —dijo él sonriendo, acercándose para darle un beso en la frente—. Tú siempre apareces.
—¡Suéltame, suéltame, suéltame! No quiero manifestaciones amorosas. Solo lo haces porque te traigo comida. No seas manipulador.
—¡Pero me conoces tan bien! —rio Ares mientras se apartaba.
Azucena también sonrió, aunque por dentro pensaba, «si se enterara que lo vigilo a diario, me mata».
Le daba igual.
Era su hermano mayor.
Era su único aliado real.
Y no iba a dejarlo solo mientras se desmoronaba por una mujer que nunca lo había visto de verdad.
—¿Trajiste postre? —preguntó él, ya más animado.
—Claro. Y no pienso darte nada si no te comportas.
—¿Otra vez manipulándome?
—Ahora sabes lo que se siente.
Ambos rieron.
Mientras la comida se calentaba en el microondas y el apartamento se llenaba del aroma de pastas y pan recién hecho, Ares volvió a sentirse en casa.
No por las paredes.
Ni por Thor.
Sino por Azucena.
Por su presencia inoportuna pero siempre justa.
Y por ese silencio compartido que no dolía.
El tenedor de Ares jugaba con los fideos, pero no comía.
Azucena lo observó un momento en silencio.
Thor, acostado a sus pies, movía la cola con cada ruidito del tenedor contra el plato.
—¿No te gusta? —preguntó ella con una ceja arqueada.
Él soltó un suspiro largo, profundo y cansado.
—Amery está embarazada —soltó de pronto.
Azucena se quedó quieta. Muy quieta.
Y luego, con los ojos como platos, dejó caer el tenedor contra el plato.
—¿Qué?
—Eso… —repitió él, bajando la mirada—. Está embarazada de Marcelo Evans.
—No puede ser tan tonta. No puede ser.
Ares asintió sin decir nada.
Azucena se cruzó de brazos, frunció el ceño y masculló algo entre dientes.
—¿Pero, yaabías que él la estaba viendo?
—Lo sabía… —confesó Ares en voz baja—. Y aún así… verla con él… con esa alegría… y ahora esto…
—¿Y tú? —le preguntó ella, mirándolo fijamente—. ¿Qué sentiste cuando te lo dijo?
—Sentí que me arrancaban el pecho. —Hizo una pausa—. Pero más allá de mí, lo que más me duele… es ese bebé. Porque Marcelo no es un hombre de compromisos. Lo conozco. Sé cómo es. Y ella está ilusionada. Está entregada.
Azucena tragó saliva.
Su hermano… su pobre hermano siempre tan recto, tan noble.
—Eres más bueno que el pan de Dios, Ares. ¿Lo sabías?
—No soy bueno. Solo… —se encogió de hombros—. Me duele saber que ese niño quizá sufra. Me duele saber que ella puede terminar destruida… y yo no puedo hacer nada. Solo mirar.
Azucena se levantó de la barra. Fue hasta él y le dio un golpe suave en el brazo.
—No digas que no puedes hacer nada. Puedes seguir siendo tú. El hombre que no abandona, que cuida, que no se va. El que piensa antes de hablar. El que ama con todo aunque no lo vean.
—Eso no cambia el hecho de que estoy solo.
—Estás conmigo —dijo ella sin pensarlo—. Y con Thor. No es lo mismo, lo sé… pero aquí estoy. Siempre voy a estar. No puedo ayudarte a olvidarla, Ares, porque eso no depende de mí… pero sí puedo hacerte sentir acompañado.
Ares levantó la mirada y e ella le sonrió.
—¿Postre?
—Sí —murmuró él—. Hoy necesito azúcar. Mucha.
—Pues traigo flan de café. Y uno de chocolate.
—Eres la mejor hermana del mundo.
—Y tú el más tonto por amar a alguien que no te supo ver. Pero igual te quiero, idiota.
Ares sonrió, aunque por dentro seguía sangrando.
Pero esa noche, al menos, el peso era un poco más llevadero.
Gracias a Azucena.
…..
Las luces del club parpadeaban como si el tiempo tuviera espasmos.
La música estaba fuerte, el humo artificial lo envolvía todo, y el olor a licor y perfume caro flotaba en el aire.
Marcelo se sentó en su mesa habitual, en la zona VIP.
Llevaba una copa de whisky doble en la mano, una sonrisa torcida y su mirada inquieta.
—Sabía que ibas a venir —dijo una voz femenina a su lado.
Era Roxana.
Rubia, piel bronceada, labios carnosos y unos senos que parecían competir con su ego.
Llevaba un vestido ajustado color escarlata que dejaba poco a la imaginación.
Se sentó en sus piernas sin pedir permiso, y Marcelo no protestó.
—¿Otra noche de insomnio? —le preguntó mientras le acomodaba la corbata con los dedos.
—Tú sabes que no sé dormir sin ruido —contestó él, dándole un trago al whisky.
Roxana sacó su celular del bolsillo de su chaqueta, lo desbloqueó y se tomó una selfie con él.
Luego otra más, esta vez besando su mejilla.
—Vamos a romper corazones, baby.
Pero entonces, mientras revisaba sus estados, frunció el ceño.
—¿Y esto?
Marcelo levantó la mirada.
Ella le mostró la pantalla: una imagen con la prueba de embarazo.
—¿¡Me estás jodiendo!? ¿Tienes una mujer embarazada? ¿¡Tú!?
Él rio con calma, como si no le importara en absoluto.
—Tranquila, Rox… Es temporal. Voy a hacer que aborte.
—¿En serio? —dijo ella, entornando los ojos—. ¿Y por qué demonios ese estado está configurado para que lo vean solo dos personas?
Marcelo se acomodó en el sillón, satisfecho consigo mismo.
—Porque los únicos que necesitan verlo… son la tonta de Amery y mi eterno rival, Ares Taylor.
Roxana parpadeó, luego soltó una carcajada.
—¡Dios, eres peor que yo!
—Ares muere por ella. —Sonrió—. Solo quiero que lo vea y sepa que la perdió. A mí me da igual. Puedo tenerla… y también soltarla cuando quiera.
—¿Y la pobre ilusa?
—Ella piensa que la amo. Cree que tiene mi corazón. —Bebió otro trago—. No sabe que es parte de mi venganza.
Roxana, divertida, subió un par de las fotos que se había tomado con Marcelo. Antes de publicar, él le quitó el teléfono.
—Espera…
Editó la privacidad con rapidez y bloqueó la visibilidad para Amery y Ares.
—Ahora sí. —Se lo devolvió.
—¿De verdad te divierte tanto este jueguito?
—Lo que me divierte… es ganar.
Se besaron. Marcelo no sentía nada, solo satisfacción egoísta.
Y mientras tanto, al otro lado de la ciudad, de nuevo Amery se abrazaba a una almohada, sola en la cama.
Esperando que el hombre al que empezaba a amar regresara.
Sin saber que él… nunca había estado ahí por ella.