Isabel se quitó la venda oscura que le habían colocado e ingresó corriendo en la habitación en donde estaba encerrado Samuel. El sitio tenía las paredes pintadas de blanco y estaba completamente vacío, sólo contaba con una lámpara ¡Ni siquiera había una ventana! Isabel trataría de no tener un ataque de claustrofobia en aquel horrible cuarto. En un rincón del saloncito, pudo ver a su primo, quien tenía ambos brazos encadenados al muro de cemento. Él estaba medio dormido, y tenía un aspecto deplorable: tenía sangre seca en la mano izquierda y su ropa sucia y con rajaduras. Su corazón le dio un vuelco al notar que su querido familiar se hallaba en condiciones tan deplorables. —¡Dios mío! —chilló, pero se apresuró a liberarlo con la llave digital que le habían dado. Ella no fue capaz de cont

