Capítulo 15: "La lemniscata".

1864 Palabras
Año 2087. Sam era apenas un pequeño de cinco años y medio. Sus padres estaban gritándose en una discusión acalorada… Por culpa suya. —¡No quiero que lo uses más! —aullaba Daniela, con lágrimas en los ojos. Se veía desesperada—. ¡Es un niñito! —Tu niñito es un monstruo sumamente peligroso que debe ser estudiado de inmediato. No sabemos lo que es capaz de hacer… —¡Él no eligió nacer así! —reprochó su mamá—. ¡Esto es tu culpa! ¡Te importan más los Culturam que tu propio hijo! Horacio se agachó para dirigirse al pequeño Samuel: —Vos vas a hacer lo que papá te diga ¿Verdad? Es para ayudarlo. El niño asintió. Año 2088. —¡No dejaré que te lo vuelvas a llevar! —aulló Daniela, llorando—. ¡Cada vez que van a una misión vuelve lastimado y tiene pesadillas! ¿Qué le estás haciendo a Samuel? ¡Tiene sólo seis añitos y medio! —Tu hijo es un monstruo ¿Cuántas veces debo repetírtelo? —¡Vos sos el monstruo, que estás explotándolo físicamente! ¡Es una criaturita! ¡Dejalo en paz! Daniela tomó una de las máquinas de hologramas de Horacio y se la arrojó por la cabeza. El señor Aguilar esquivó al aparato con un grácil movimiento. —¡Estás loca! —bramó, y se abalanzó sobre ella. El hombre robusto arrastró a su esposa contra la pared, y le pegó una bofetada que le hizo sangrar la nariz. Daniela le escupió el rostro, y vociferó: —¡No volverás a hacerle daño! En ese instante, el pequeño Samuel apareció en la cocina. Sin decir siquiera una sola palabra, tomó un cuchillo y se cortó la palma de la mano. Brotó sangre oscura de su herida. —Soltá a mamá, o pagarás por ello —amenazó a Horacio. Sus ojos verdes expresaban ira y desesperación, aunque su voz sonó firme y segura. El señor Aguilar se apartó de su esposa y retrocedió. Evidentemente, le temía a su propio hijo. —Samuel, no harás nada ¿Verdad, pequeño? —Si volvés a hacerle daño, te lastimaré —lo amenazó, y salió corriendo hasta su habitación. Actualidad: 2100. Era un día muy bonito. Samuel no atendería el negocio, tenía que ocuparse de la tarea que su padre le había indicado. Debía obedecerle… sino sufriría las consecuencias de ello. No podía huir de las garras de Horacio Aguilar, no mientras éste viviera. —No te cansarás jamás de usarme como rata de laboratorio ¿Verdad? —Samuel le dijo a su padre, sin ser capaz de ocultar su resentimiento. —Hijo, tu aporte es imprescindible. Tenemos que averiguar si funciona con todas las especies y con cualquier tipo de herida… —No hace falta que finjas conmigo, viejo —gruñó. Detestaba a su padre con cada una de sus células. —Más respeto, Samuel. No sólo te estás dirigiendo a tu padre de manera vulgar, sino a un científico sumamente importante… El adolescente no respondió. Estaba cansado de hacer lo que su padre le pedía, pero sabía que no tenía escapatoria. Horacio no dudaría en perseguirlo y torturarlo si fuese necesario, en “nombre de la ciencia”. Asimismo, la mayoría de las misiones secretas que hacía no formaban parte de Culturam sino de los Fraudes. Si los llegaban a descubrir, el señor Aguilar culparía a su “monstruoso hijo” de dichos crímenes ¿Y a quién le creerían? Era la palabra de un importante científico, contra la suya. No tendría siquiera oportunidad de salvarse: lo aniquilarían de inmediato. —Vamos, Samuel. Esto nos va a llevar tiempo, y debemos hacerlo durante el día. Tenemos la certeza de que, con los rayos ultravioletas, se aceleran los efectos del fluido sobre el sustrato a experimentar. —Ya sé —replicó con irritación. —El señor Heredia nos acompañará. Sam ladeó la cabeza, indignado. Detestaba la alegría que sentía su padre cada vez que iban juntos a hacer algún experimento. Horacio amaba la ciencia como a nadie en el universo. No le importaba nada más en el planeta… ni siquiera su propio hijo. Enseguida, apareció un hombre barbudo y fornido. Heredia. —Todo listo —anunció, cargando una mochila negra que se veía pesada—. Es hora. —Samuel, llevá los microchips y micro ordenadores. No protestó, y tomó lo que le pidieron. —Debería mostrar más entusiasmo este muchacho ¡Está colaborando con la ciencia! —el amigo de Horacio sacudió la cabeza con indignación—. Siempre está triste o malhumorado. Si tuviera más predisposición, obtendríamos mejores resultados. —Lo principal es que realice correctamente sus tareas. No importa cómo se sienta él. Los objetivos de Culturam van mucho más allá de las emociones de un único individuo —Horacio hablaba de Samuel como si no fuese su hijo. —Tus palabras son sabias, compañero. Lo único que importa es el avance científico. —“El fin justifica los medios” —el señor Aguilar citó a Nicolás Maquiavelo, esbozando una amplia sonrisa. La fantasía de Samuel siempre había sido asesinar a todos los Fraudes y huir. Había imaginado decenas de muertes diferentes para cada uno de ellos. Hace dos años había estado decidido a llevar a cabo una masacre, pero algo en su interior lo había detenido. Pensó en su madre, y en lo afligida que estaría si él aniquilara a su propio padre. A pesar de todo lo que había sufrido y de las infinitas torturas a las cuales lo habían sometido, Samuel no era como ellos. Sin embargo, su sangre lo convertía en un engendro que él no había elegido ser. Él era más fuerte que cualquier humano corriente. No era tan ágil como Salomé ni tan fortachón como Ezequiel, pero Sam tenía lo suyo; que lo hacía único y completamente fuera de lo común… y el más peligroso de los tres. Una vez afuera del escondite, empezaron a adentrarse al monte. El principio del camino era la parte más sencilla, pero aún les quedaba una hora más de caminata. Debían subir el “Cerro Prohibido”, que estaba lleno de arbustos venenosos, alacranes, escorpiones, serpientes y arañas. Samuel no se preocupaba por ese tipo de animalitos, éstos saldrían gravemente heridos si lo picaban. Probablemente murieran al instante. El problema sería si alguna alimaña atacara a Heredia o a Aguilar: Samuel debería ayudarlos, y dudaba si sería capaz de hacerlo. Pateó piedritas, levantó polvo, esquivó las plantas espinosas. Suspiró. Odiaba las misiones, odiaba a su padre y al señor que lo acompañaba. Sólo quería descansar. Había una subida del cerro, que era resbalosa. Era empinada y las piedras que la formaban se veían flojas. Samuel ni siquiera la consideró como un obstáculo: brincó sobre un tronco y luego llegó a la cima de la colina. Tuvo que esperar a los otros dos hombres, que llevaron unas sogas para poder cruzar y se tomaron más de un cuarto de hora para hacerlo. Mientras tanto, se preguntó qué iba a pasar con su vida… ¿Su destino sería pertenecer a Culturam hasta el día de su muerte? Su padre jamás lo dejaría en paz, aunque fuera mayor de edad. Quería ver a Isabel y contarle el dolor que sentía, pero sabía que sería súper egoísta de su parte ponerla en peligro por querer estar a su lado. No obstante, los Fraudes ya sabían de ella ¿No sería mejor que la protegiese? Sus pensamientos pronto se posaron en la misteriosa muerte de la esposa de Horacio, y en la probabilidad de que ésta hubiera sido aniquilada por Heredia y sus secuaces. Quería investigar, pero no sabía por dónde empezar… También tenía miedo de descubrir la verdad. Sabía que indagar en ese asunto sería demasiado doloroso para él. Sintió ganas de ir a llorar a la tumba de su madre. Nadie sabía lo infeliz que era y cómo deseaba ser él quien estuviera en el lugar de Daniela Aguilar. Horacio y el señor Heredia ya se encontraban a su lado. Se veían agitados y bastante sudados. Se tomaron unos instantes para descansar, y dijeron: —Avancemos. Anduvieron un rato más. No pasó mucho tiempo, pero iban cada vez más despacio. Los dos científicos se veían bastante agotados. —Vayan fijándose si encuentran algún ejemplar. Todavía no probamos con esa especie. —Nos tomará unos minutos encontrar entre las piedras a una Lemniscata de doce centímetros… —dijo el adolescente con ironía. —Si no vas a sugerir algo útil, cállate, Samuel. No reprochó, y empezó a buscar con la mirada si encontraba alguna de esas lagartijas. Muchos Culturam no estaban a favor de ese tipo de experimentos, ya que se trataba de seres vivos, pero la ambición de Horacio Aguilar iba mucho más allá de los principios morales del grupo. Ya habían matado miles de ejemplares de animales e insectos, e incluso, seres humanos. El muchacho recordó su primer intento de asesinato. No había podido hacerlo. Para entonces, su protectora y querida madre ya había muerto, y no tenía quién lo defendiera. Cortó la palma de su mano, pero no fue capaz de dejar caer su sangre en aquella persona… Horacio, para castigar a su hijo, lo había azotado hasta que el pequeño Aguilar había comenzado a sangrar, y luego lo encerró cuarenta y ocho horas en una recámara oscura… Odiaba a su padre con toda su alma, pero también le temía. Por eso hacía lo que le pedía. Samuel revisó las plantas, pateó varias rocas e incluso se metió entre medio de los arbustos secos. Era muy complicado hallar una lemniscata, y aún más por el color café claro y las extremidades cortas que poseía. Heredia se puso a revisar meticulosamente los matorrales con alguno de sus aparatos detectores. Horacio intentaba captar una señal del animalito a través de un sensor súper sensible de último modelo. Después de dos horas de búsqueda, fue el amigo de Aguilar quien encontró un ejemplar femenino. —¡Qué gran hallazgo! —se alegró el padre de Samuel. Abrió una de las mochilas, y sacó una caja digital. Empezó a preparar una jeringa, con unos líquidos amarillentos que tenían un olor nauseabundo. Mientras tanto, Heredia jugaba con el animalito. —¡Qué bicho más simpático! ¡Es una pena que debamos utilizarlo para un experimento! —Para mí no es una pena —el señor Aguilar sonrió—. Traela. La puso vientre hacia arriba. Horacio le inyectó el líquido. En cuestión de segundos, el animal se quedó sin vida. —Es tu turno, Samuel —anunció su padre. Samuel tomó de la mochila una navaja. Se hizo un pequeño tajo en la palma de la mano, y suspiró. Ya no sentía dolor físico cada vez que se cortaba. Era algo que hacía prácticamente todos los días. La sangre empezó a brotarle abundantemente, como siempre. Era color rojo oscuro, casi negra, y mucho más espesa de lo natural. Arrojó apenas una gota sobre el vientre del animal. Horacio y Heredia esperaban con ansiedad los resultados, mientras registraban la escena con varios aparatos. Segundos después, la lagartija se movió.
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