Capítulo 4: La Decisión de Clara

1121 Palabras
El ambiente en la mansión Blackwell estaba más tenso de lo habitual. Maximus, siempre imperturbable y controlado, parecía hoy más impaciente de lo normal. Se había organizado una gran fiesta en honor a Clara, una fiesta que no era más que una excusa para reunir a las familias más poderosas, con el objetivo de encontrarle un esposo adecuado. Al igual que Daniel, Clara era parte del plan maestro de Maximus para asegurar su dominio empresarial. Un matrimonio estratégico sellaría alianzas cruciales, asegurando que el poder de los Blackwell se mantuviera indiscutible. Maximus, de pie en su despacho, miraba el reloj. La hora de la fiesta se acercaba, pero había algo que lo inquietaba. A pesar de los preparativos impecables, faltaba una pieza clave: Clara. No había salido de su habitación en todo el día y, para frustración de su padre, no respondía a los llamados de los sirvientes. Maximus ya no podía permitirse más desafíos, y esta noche era demasiado importante para que Clara decidiera sabotearla. Con una mezcla de ira y frustración contenida, se volvió hacia Daniel, quien estaba a su lado, observando la escena con cautela. —Tu lugar está asegurado, Daniel —dijo Maximus, con una voz baja pero llena de autoridad—. Pero Clara… Ella sigue creyendo que tiene una opción. Hoy es el día en que debe entender su papel. Su matrimonio sellará alianzas que garantizarán que nadie nos cuestione. Si sigue resistiéndose, tendremos problemas. Daniel no dijo nada. Sabía que el destino de Clara no era diferente al que Maximus había trazado para él. El hombre siempre veía a las personas como piezas en un tablero, moviéndolas según su conveniencia. Pero la mención de Clara lo inquietaba de una manera diferente. Cada vez que pensaba en ella, un nudo se formaba en su estómago. Sabía que no debería, que ella era intocable para él, pero no podía evitar sentir algo más profundo, algo que desafiaba las frías reglas del juego que Maximus había impuesto. —Voy a hablar con ella —dijo Daniel, casi en un murmullo, sin apartar la mirada del suelo. Maximus lo miró de reojo, su expresión era de desaprobación, pero dejó que Daniel fuera. No había tiempo para perder con la testarudez de Clara. --- Daniel subió las escaleras de la mansión, su mente llena de pensamientos contradictorios. El eco de sus pasos resonaba en el pasillo vacío cuando llegó a la puerta de Clara. Tomó aire antes de llamar suavemente. El silencio del otro lado solo incrementó su nerviosismo, hasta que, finalmente, la puerta se abrió con un crujido. Clara estaba allí, tan hermosa como siempre, pero sus ojos brillaban con una mezcla de desafío y determinación. No llevaba ningún vestido de gala, solo una blusa sencilla y unos jeans, como si la fiesta no existiera para ella. —¿Vienes a decirme que baje? —preguntó Clara, cruzándose de brazos—. Porque si es así, estás perdiendo tu tiempo, Daniel. Daniel negó con la cabeza. Sabía que nada que dijera haría cambiar de opinión a Clara. —No vine a eso. Solo… vine a hablar. Maximus está furioso, ya sabes. Clara soltó una risa amarga, apartándose de la puerta para dejarlo entrar. —Mi padre siempre está furioso cuando no puede controlar algo —dijo ella, sentándose en el borde de su cama—. Y, por alguna razón, cree que puede controlarme, igual que lo hace contigo. Daniel cerró la puerta detrás de él, pero no pudo evitar estremecerse ante la verdad en sus palabras. Maximus lo controlaba, lo había convertido en lo que era ahora, y lo mantenía bajo su puño con la promesa de poder y riqueza. Pero Clara… Clara era diferente. Ella no se doblegaba ante él. —Sabes que solo intenta proteger su imperio —dijo Daniel, aunque las palabras sonaban huecas incluso para él. Clara lo miró con dureza. —¿Proteger su imperio? —repitió, incrédula—. No soy una marioneta para que él juegue. No soy tú, Daniel. Daniel sintió un pinchazo en el pecho ante esas palabras, pero no lo dejó ver. En su lugar, caminó hacia la ventana, observando los preparativos de la fiesta en el jardín. Las luces brillaban y los invitados comenzaban a llegar, todos ansiosos por ver qué alianzas se forjarían esa noche. —Entonces, ¿qué vas a hacer? —preguntó, sin apartar la vista del jardín. Clara se levantó y se acercó a él, tan cerca que Daniel podía sentir su presencia, una energía que siempre lo había desarmado. —Voy a hacer lo que siempre he querido hacer —respondió ella con firmeza—. No voy a dejar que mi padre decida con quién debo casarme. No voy a formar una familia por conveniencia, por poder o por sus juegos sucios. Si me caso, será porque yo lo elijo, porque yo quiero a esa persona, no porque sea la opción más conveniente para los negocios de Maximus Blackwell. Daniel giró lentamente para mirarla a los ojos. Clara hablaba con una pasión que lo atraía y lo desafiaba. Cada palabra que decía era como una daga que cortaba las cadenas que él llevaba atadas desde que había entrado en la vida de Maximus. —Tienes razón —admitió finalmente, con una voz apenas audible—. No deberías ser una marioneta. Nadie debería serlo. Clara lo observó detenidamente, como si tratara de descifrar lo que realmente estaba pensando. El silencio entre ambos se hizo denso, cargado de algo que ninguno de los dos podía ignorar. —Daniel… —dijo Clara, dando un paso más cerca de él—. ¿Qué harías tú si tuvieras la opción? Si no estuvieras atrapado en todo esto. Si pudieras elegir… ¿Qué harías? La pregunta lo desarmó. Porque la respuesta era clara para él, pero también era imposible. Si tuviera la opción, si tuviera la libertad… elegiría a Clara. Pero no podía decirlo. No podía permitirse sentir eso, no cuando Maximus lo había moldeado y le había dado todo lo que ahora tenía. —No lo sé —murmuró, desviando la mirada. Clara lo miró durante un largo momento, antes de suspirar y apartarse. Volvió a sentarse en la cama, mirándolo con una mezcla de tristeza y comprensión. —Tú sí lo sabes, Daniel. Solo que no te atreves a decirlo. --- La fiesta continuó sin Clara, y Maximus no ocultó su desdén ante la ausencia de su hija. Pero en algún lugar, entre las sombras de la mansión, Daniel se encontraba en una encrucijada aún más grande que la que había enfrentado un año atrás. El peso de su pasado lo aplastaba, pero ahora también lo hacía el futuro incierto con Clara.
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