En cuanto cruzamos el umbral, el cual solo está cubierto por una especie de cortina hecha de pieles, una estancia amplia y diáfana aparece frene a nosotros, con más pieles por las distintas zonas como el suelo y las paredes, una mesa de buen tamaño y rústica a un lado con lo que parecen ser platos con diferentes comidas, un par de Yelenes más a un costado con algo similar a instrumentos curiosos para mí, los cuales tocan una suave música y, sorprendiéndome, justo en el centro, una amazona (no demasiado grande en tamaño, metro sesenta y cinco quizás) bailando al compás de la misma. ¿Qué hace ella aquí? Al fondo, tras ella, un Yelen, de aspecto un poco más mayor que los que nos han escoltado (aunque no el de un viejo en absoluto), la observa con atención, hasta que nota nuestra presencia en

