A la mañana siguiente, cuando el sol salió por las montañas y las avecillas comenzaron su cántico, Sabrina despertó. El resto aún dormía y se sorprendió al ver que el pequeño bebé, quien lloraba cada mañana, no emitía ruido alguno y dormía plácidamente.
Sin hacer ruido, se puso de pie y dejó dormir a los demás. Se encaminó hasta la salida y, con delicadeza, abrió la puerta y salió de la pequeña casita.
Después se puso a admirar su entorno, mismo que era espectacular. Los enormes árboles cubiertos de flores rosadas, a las cuales los pétalos caían uno por uno y cubrían el suelo con ellos. Sabrina jamás había mirado algo tan hermoso como eso.
Un sentimiento la invadió, la nostalgia cubrió su rostro y la sensación de haberlo mirado antes la inundó. Una sonrisa nostálgica aprecio en sus labios. Se sentó en el suelo y después se recostó sobre el césped para, así, poder observar el cielo.
Cuando menos se dio cuanta, el menor estaba parado detrás de ella. Eso hizo que la hermosa vista fuera opácala por el menor. —Hola— saludó alegre.
Sabrina se sentó y luego el menor se sentó al lado suyo —¿Dormiste bien?— preguntó el menor a la muchacha.
—Si— ella asintió. —No había dormido así en días— sonrió —Este lugar...— miró al menor —¿pertenece a ustedes?
—Para nada— respondió el menor —La cabaña era pertenencia del héroe de nuestro grupo. Mi padre y Gou eran cercanos a él, así que él les permitió usarla si lo deseaban.
—Debo sentirme afortunada entonces— dio una sonrisa.
El menor también sonrió y después admiro su entorno, muy bello a su parecer —Extraño casa— susurró el chico.
—También lo hago, ahora estoy demasiado lejos de casa, pero se que aquí encontraré algo mejor, para mi hermano y para mi.
—¿En que momento salieron de la cabaña?— preguntó Guo una vez llegó al lugar donde los menores se encontraban.
—Duermes como un tronco, Gou— respondió el menor —¿No notaste nuestra ausencia? ¿Que tal si alguien ataca y nos llevan presos?
—Tengo trampas alrededor, no creo que los soldados del cerezo se atrevan a venir s este lugar.
—Tal vez si— habló Everett —No estes tan confiado, recuerda que ese ejército es más poderoso de lo que parece.
Sabrina y el menor se pusieron de pie y se acercaron a donde los mayores se encontraban. Después, Sabrina entró a la cabaña y fue a traer a su hermano menor, mismo que había comenzado a llorar —Ya, ya— comenzó a arrullarlo, al mismo tiempo que cantaba la canción de cuna que al pequeño le gustaba.
—Alístate, Sabrina— Everett entró a la cabaña —Partiremos pronto— dijo, tomó sus cosas y salió de la cabaña nuevamente.
Cuando el bebé se calmó, Sabrina acomodó al bebé de regreso a la cama y luego reparó sus cosas. Cuando se alistó, tomó a su hermano de vuelta y salió de la cabaña.
—Bien— habló Gou —Hora de irnos— se puso de pie y se dio media vuelta.
Todos comenzaron su camino, rumbo a la costa, en donde se encontraba la guarida de los mágicos que habían escapado de la esclavitud de los reinos.
Cuando salieron del reino del cerezo, pasaron por las tierras sólidas y luego llegaron al reino del pino, al cual rodearon, porque la seguridad ahí era bastante elevada.
Una enorme magia logró llegar a las fosas nasales de Sabrina, misma que se detuvo —Alto— susurró.
Los demás se detuvieron y luego Gou se giró para poder mirarla —¿Que sucede?— preguntó él.
—Hay alguien— Sabrina volvió a susurrar —No muy lejos, su magia está esparcida por todo el lugar.
La magia que sentía era, en verdad, aterradora, así que el miedo inundó su cuerpo y no le permitió moverse.
—Mantengan un perfil bajo— ordenó Gou —Mantenganse alerta también, no podemos permitir que los demás descubran nuestro escondite.
—Si— los dos muchachos asintieron y obedecieron.
Mientras que Sabrina, aún se mantenía parada en el mismo lugar —¿Estas bien?— Gou llegó a donde ella estaba y tomó su hombro —¿Puedes seguir?
Esta vez, la miró y dio una sonrisa, esto generó confianza en la joven y por ello, el miedo se desvaneció. Sabrina asintió —Continuemos— sonrió y siguió caminado.
El hombre le generaba confianza y, extrañamente, protección. La chica sabía que si algo malo llegase a ocurrir, él iba a protegerla.
La abrumadora magia, fue alejándose, al mismo tiempo que ellos lo hacían. Conforme se alejaban, la magia se perdía.
Durante los siguientes días continuaron su camino, sin descanso. Esta vez, estaban a escasos kilómetros para poder, por fin, volver a casa. Los dos hermanos estaban emocionados por poder volver a ver a su madre y Gou podría ver a su hermano.
Y finalmente, después de dos días, lograron llegar a la aldea. Esta estaba cerca de la costa del mar. Las chozas eran pequeñas, pero suficientemente espaciosas para que los habitantes pudieran dormir por las noches.
Los habitantes eran unidos y pacíficos. La mayoría, sino más bien, todos eran mágicos, todos felices y sin preocupaciones de volver a ser esclavos.
Cuando se acercaron y o quedaron dentro del campo de visión de los demás, ellos comenzaron su bullicio, diciendo cosas como: "¿Quién es la chica?” “Los muchachos volvieron sanos a casa” “¿Ruo Gou volvió?”, entre muchas otras cosas más.
Una mujer, algo vieja, salió disparada de una de las chozas. Esta tenía el cabello color n***o, con algunas canas en el. Al parecer, ella era la madre de los muchachos. Después de ella, salió un hombre, este también se veía viejo, que, por la expresión de su casa, estaba más molesto que cualquiera que ahí viviera.
—Madre— el menor dejó caer las cosas que llevaba en sus manos y corrió a los brazos que su madre ya había extendido para él.
—Adonis, hijo mío— la mujer lo envolvió con sus brazos.
—Padre— Everett susurró con la cabeza agachada, mirando al suelo y pidiendo perdón por su mal comportamiento.
El hombre levantó su mano y casi suelta un golpe, pero, esta vez, se abalanzó y lo abrazó —Creí que los perdía, Everett— susurró.
—Lo siento, padre— Everett rodeó al hombre con sus brazos.
Sabrina solo permaneció mirando el emotivo reencuentro. Pensando en su padre y en que si algún día podía volver a verlo, lo primero que haría era darle un enorme abrazo.