Poco antes de que el coche de Salmon se hundiera, Ralph tuvo que enfrentarse a su propio problema. La niña que estaba en la entrada de la cabaña. Con un movimiento fluido, echó el brazo hacia atrás y le asestó un puñetazo directo en la mandíbula. La fuerza del golpe la hizo caer de espaldas al suelo. Ralph pasó por encima de ella, se detuvo y miró directamente a la cara de un hombre. Un desconocido. Ralph no tenía ni idea de quién era el intruso, ni le importaba. Otro cuerpo que añadir a la cuenta. Se agachó y blandió la herramienta de atrincheramiento en un amplio arco; el filo se clavó en la pierna del hombre, justo debajo de la rótula, derribándolo. Gritó y se retorció, pero a Ralph tampoco le importó. A su izquierda, tendida sobre la tierra húmeda, la chica gemía. Ignorándola, Ralph

