Salmon volvió a la escuela tras unas semanas de descanso. Los niños le recibieron con sonrisas radiantes y muchos vítores. Le hicieron una enorme tarjeta de "recupérate pronto", que abrió y leyó delante de todos, con lágrimas en los ojos. La vida había cambiado. También la escuela. Una curiosa incertidumbre se cernía sobre él, el nerviosismo de los padres cuando venían a recoger a sus hijos, el coche de policía aparcado en la calle. Todo parecía tan extraño, tan innecesario. Al final de aquel primer día de vuelta, la señora Winston le llamó y Salmon se sentó y esperó, como siempre hacía, a que empezara. Ella también parecía nerviosa, la seguridad que él había llegado a detestar había desaparecido. "Peter", empezó ella, sin atreverse siquiera a mirarle a los ojos. "Espero que te sientas

