Desde algún lugar lejano, una puerta se cerró de golpe y Ralph abrió los ojos de golpe y se incorporó, desorientado, sin tener ni idea de dónde estaba. Poco a poco, centímetro a centímetro, recuperó el sentido y la conciencia le reveló la oficina. Ni siquiera recordaba su llegada al trabajo, todo estaba en blanco. Se obligó a concentrarse, parpadeando rápidamente, para enfocarlo todo. Recordó que la niebla se disipaba, que había llegado pronto, agotado tras pasar unas horas inquieto en el sofá, que se había dirigido a su escritorio y se había desplomado sobre el teclado del ordenador. Estaba sudoroso y húmedo, con la ropa pegada al cuello y a la espalda. Debía de estar hecho un asco. Sus colegas estaban allí, algunos trabajando con sus ordenadores, las chicas de un lado para otro, archiv

