Mi cabeza tocó la almohada y pensé que me quedaría dormida pronto, como otras noches después de un largo día. Mis ojos estaban cerrados, mi respiración lenta, pero pasaban los minutos, pasaban las horas, y yo no lograba dormir. Di vueltas. Me giré. Probé muchas posiciones diferentes. Las horas pasaban. No dormía. Había experimentado muchos cambios últimamente. La hinchazón en mi vientre se había desinflado por falta de intrusión, y podía acostarme sobre él mientras el sueño se convertía en mi consuelo. En unos pocos días, mi vida había pasado de la posibilidad momentánea y una compañía constante a una soledad silenciosa. Ese tipo de pérdida, una en la que prefiero no pensar, era una constante en mi vida. Se había vuelto natural quemar la memoria de las cosas pasadas en una pila de cenizas

