—Al revolver, machácalos —dijo Tía Orelia, empujando la cuchara de madera contra la olla—. Los espesa. Blanca estaba encaramada en una silla frente a la cocina, con una mano apoyada en el antebrazo de Tía Orelia para mantener el equilibrio. Se asomó a la gran olla de acero y la observó triturar los frijoles que hervían a fuego lento contra las paredes. Cada aporreo retumbando: clang, clang. La violencia de todo ello no encajaba con la personalidad de Orelia. Tenía la piel suave y morena, del tono de una semilla de aguacate, y el cabello del mismo color castaño oscuro de su juventud, que caía sobre su cara redonda y una barbilla angulosa. La única forma de adivinar su edad era por sus manos, arrugadas y trazadas por años de costurera, y luego quemadas por sus años como mucama. Esas manos e

