nueve y media, me acoplé frente al televisor con un bote de palomitas. Romina me había fiado una película, de esas noventeras de terror. Escondí mi cuerpo bajo las sabanas con los ojos vigilando al pequeño troll en mi armario. Debí haber cambiado al canal de caricaturas, pero me hubiera sentido culpable dejando la película a medias. Las cortinas se extendieron; eso significaba que había olvidado cerrar la ventana, pero ya no iba a levantarme, no tenía ni agallas siquiera para encender el foco. La luz de la laptop sobré mi escritorio, era lo único que me tranquilizaba. Apagué el televisor e intenté quedarme dormida. Estaba espantada, casi me sentía como una niña de cinco años temiéndole a mis propias sombras. Me acomodé sobre la cama; devolví mi pie colgante, el duende bajo mi cama

