Capítulo 2

1630 Palabras
— "Si me derrumbaba, tenía que volver a levantarme, aunque sentía que a su bestia le faltaba su rosa y que al desastre le faltaba una pizca de amor, tenía que resignarme. A fin de cuentas, ya nadie sabía nada de él". Apreciaba como mi cuerpo se desboronaba en migas y que mi frente chorreaba sudor. Aunque todo ocurrió en una menudencia, yo creí que había sido una eternidad. —Yo también te amo— restituí. Él sonrío permitiéndome ver sus perfectos dientes blancos. Nos levantamos del sofá y cogió el borde de mi barbilla, subiéndola para que nuestras bocas se encontraran en un punto medio. Su respiración se manipulaba mediante nuestro acercamiento. Vi como sus ojos emanaban cordialidad y sentimiento justo antes de que ambos selláramos nuestros parpados. Nuestros labios se desprendieron. —Espera, iré por algo a mi habitación— comenté jadeando. Abandoné a Adam en la sala y entré en mi alcoba. Estaba buscando mi libro favorito, iba a obsequiárselo. Quizás así pudiera compartir otra de las tantas cosas que me gustan con él. Créame, no le regalaría ese libro a cualquier persona, tenía que ser alguien especial ¿Y quién mejor que él? Cogí el libro y cuando me incorporé en el pasillo, escuchaba a alguien hablar. Al llegar a la sala, los susurros acabaron inmediatamente, no entendía lo que ocurría. Vi a Adam en la puerta y me acerque aún más rápido. — ¿A dónde vas?— modulé aprisionando el libro entré mis brazos. —Es hora de que él se vaya— mis oídos se agudizaron al escuchar la voz de mi padre responder. Guíe mis ojos por la habitación y me detuve en la vidriera de la que se estribaba. Dejé caer el libro sobré mis pies. — ¿De qué estás hablando?— le solicité a mi padre. —Tengo que irme— Adam adoptó flaqueando. Veía como la coerción lo inquietaba y el desasosiego lo consumía. Cogió su chaqueta y se marchó de un tirón por la puerta principal. Las paletas de mi nariz se abrieron del coraje y el frenesí que me provocaba. —Era mejor así Christine, tu deber es estar con Aarón ¿o quieres que vaya a la cárcel?— refunfuño sirviéndose un trago. Se me atosigó la embocadura y presioné mis parpados para evitar la salida de más lágrimas. — ¿Qué has hecho? — mascullé con ira y violencia. Mis pies se alineaban de un lado a otro. Cuando se aliaban en las puntas, sentía que correría y cuando se aliaban en los talones, sentía que me tumbaría nuevamente en el sofá. —Me obligaste a estar con el hijo de tus amigos aunque varias veces te roge que no quería estar con él, me obligaste para no ir a la cárcel, pero todo cambio, y creo que el error más grande que podría cometer, seria quedarme y no buscar lo que quiero. Salí por la puerta, siguiendo sus trazos, persiguiéndolo; corriendo con todas mis fuerzas. Recorrí el pasillo hasta llegar al montacargas, pero esté estaba vacío. Bajé por las escaleras de servicio, no encontré rastros de Adam sino hasta llegar al primer piso. Caminaba directo hasta la puerta de salida, con los hombros tumbados y la cabeza baja. — ¡Adam espera! — clamé por impulso cuando estuve a pocos centímetros de su cuerpo. El castaño se detuvo permaneciendo inmóvil y yo perseveré a sus espaldas, en completo silencio. Esperando a que este se girara y me mirará a los ojos, pero en vez de ello, solo siguió caminando como que si no hubiera escuchado nada. Le seguí el paso y lo aferré del antebrazo; tirándolo hacia mí. —Por favor, tan solo quiero hablar— forcé. Adam giró sobre sus talones y encasilló sus ojos sobre mis labios. Recorriendo cada marca sonrojada en mi rostro para afincarse en la preocupación que abundaba en mis ojos cafés. —Tienes que alejarte de mí. Presé su nuca con tibieza, esperando a que fuera solo una broma. Eso no podía estar sucediendo, sencillamente no podía acabar de esa manera. —No Adam no, por favor... —me cortó las palabras en seco y retiró con arrebato mis manos de su piel. Como si nuevamente me despreciara. —Ya no quiero verte más. Ni hoy, ni mañana, ni nunca. Aléjate Christine, ya esto es demasiado serio para mí— precisó alejándome de su cálida corporación y siguiendo ruta a la salida; su imagen se perdió ante mis ojos. Yo permanecí expectante e íntegramente dolida de solo pensar en la idea de alejarme de él. Subí al montacargas sin ver atrás. Deslizando el espinazo de las paredes metálicas hasta colisionar mi trasero contra el suelo; observado la flecha gris ir de un lado a otro hasta estacionarse en mi piso. Caminaba por los pasillos con el rostro desvalido y los pies pesados. Casi sin resuello y flaqueando, abrí la puerta y seguí hasta mi habitación, ignorando las reprensiones de mi padre. Lloré toda esa noche contra la almohada. Siempre me había considerado de esas personas fuertes, pero no podía con este daño. Lo intente todo. Lo llamé, y solo me enviaba a la contestadora. Ani tampoco sabía nada de él, es como si hubiese desaparecido de la noche a la mañana. Adam no salía de mi cabeza, era algo irreprochable. La ansiedad y el desvelo hicieron que condujera hasta su departamento. Raramente la puerta estaba entreabierta y tuve la osadía de entrar. No era solo un mal presentimiento lo que adornaba mi corazón. Ya no había nada, todo se había desvanecido. Corrí alterada, desconocida y perturbada en cada comisura de su departamento, pero estaba vacío, ni siquiera había un solo mueble. Era claro que él ya se había ido. Subí hasta el otro departamento creyendo que había dejado algo allí; el que tenía el piso de vidrio y las luciérnagas en el techo. Lo que vi, le dio una puntada a mi corazón. Todo estaba destruido, como un acto de vandalismo. Todas las paredes rociadas con grafiti n***o, las luces rotas y papel sucio en el piso; seguro había sido Adam. Me desvelé conduciendo toda la noche, el reflejo de las señales se concentraban en mis ojos. Mirando lado a lado, buscando alguna pista de él, pero jamás lo encontré, y eso causaba un padecimiento terrible en mí. Mis días transcurrían de una manera infausta. Las lágrimas fueron mi desahogo, no podía hablar. Ya la Nana empezaba a preocuparse. No salía, no comía, no me levantaba y solo tocaba el móvil cuando creía que la llamada era suya; estaba destrozada y mi padre seguía creyendo que era una tonta. La puerta de mi habitación rechino; de reojo veía a la Nana acercándose a mí. La anciana se sentó junto a mí y me desequilibró con su peso. —Cariño, tengo algo que quiero que veas. Me tumbé sobré la cama con los brazos extendidos y me cubrí con la sabana. No quería saber de nada, solo quería dormir y pensar en lo que había hecho mal. —No tengo ánimos. —Tienes que dejar de pensar en eso, aunque sea por un momento— revisó el bolsillo de su bata de lunares y sacó unos cuantos folletos. La Nana era buena, ella lo intentaba, pero mi aflicción se apoyaba con vigor de mis entrañas. —Mejor pensemos en la universidad. Bufé y golpeé mi cabeza contra la almohada. La impaciencia me hacía resoplar. Solo deseaba estar totalmente sola. —No, ahora no. Seguro que mi madre te dijo que buscaras solo las que ofrecieran arqueología. —No, al contrario. Me pidió que buscara una que ofreciera grafología— me levante de un tirón. No podía creer lo que estaba escuchando. Sería la mejor noticia que había tenido en semanas. Había sido mi sueño desde siempre. Por aquel que me esmeraba en clases y en todo lo relacionado a la literatura y a las letras. —Ya leí todos los folletos, pero hay una universidad en especial que me gustó mucho— deslizó el folleto hasta mis manos. La Nana tenía razón, era una buena universidad. Envié mis papeles para optar por una beca sin pensarlo dos veces, ya no podía contar con nada que tuviera que ver con dinero, nos lo podían quitar en cualquier momento. Ni siquiera revisamos otras, yo sabía que esta era la correcta. Solo me quedaba esperar. Ella tenía razón, era mejor pensar en otras cosas. Si me derrumbaba, tenía que volver a levantarme, aunque sentía que a su bestia le faltaba su rosa y que al desastre le faltaba una pizca de amor, tenía que resignarme. A fin de cuentas, ya nadie sabía nada de él. Un lunes en la tarde, dos cartas llegaron a mi buzón, ambas eran muy importantes, aunque claramente yo no lo sabía en ese momento. La primera era una carta de la universidad y la segunda, de algo que parecía ser de una editorial. Estaba encrespada, esto definiría mi futuro. Para mi sorpresa, gracias a mi rendimiento durante todos los cursos durante cinco años y a mi destacada participación en la clase de literatura Griega, me dieron la beca. Era una gran noticia, aun no podía creerlo, aunque no había sido la mejor. La segunda fue la que dio un vuelco en mi interior. —: La editorial se alegra en notificar que luego de leer detenidamente todo el contenido del borrador que nos envió, hemos decidido que su historia titulada Él es mí desastre ha sido escogida para ser publicada. Nos pareció realmente gracioso que su amiga tomara su laptop de un conteiner para enviarnos la historia por usted; tienen un buen sentido del humor. Para más detalles sobre la publicación, estaremos en contacto por correo.
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