Elías cerró la puerta de la casa con ese cuidado mecánico que uno desarrolla cuando vive con alguien que siempre está buscando una razón para estallar. El peso en sus hombros no era por los bultos de sábanas que había descargado bajo el sol de la tarde; era ese aire denso de la sala, saturado del perfume caro de Amelia y el ruido estridente de un programa de chismes en la televisión.
Ella ni siquiera lo miró. Estaba ahí, desparramada en el sofá con una lima de uñas en la mano, tratándose a sí misma como la reina de un palacio que, irónicamente, se mantenía en pie gracias a los sacrificios silenciosos de él.
—Llegas tarde, Elías. ¿Te perdiste en el camino o es que ahora también te falla el sentido de la orientación? —soltó ella sin despegar la vista de su uña.
—El cliente de la Duarte se puso difícil con el conteo. Sabes cómo se pone la gente cuando hay dinero de por medio —respondió él. Su voz era un hilo plano, una pared contra la que los insultos de Amelia solían rebotar sin dejar marca aparente.
Amelia soltó una risita amarga, esa que siempre precedía a su descarga diaria de veneno. Dejó la lima en la mesa y finalmente lo miró. Sus ojos, que alguna vez lo miraron con algo parecido al afecto, ahora solo destilaban una superioridad que rozaba lo patológico.
—Dinero... Qué palabra tan grande para las migajas que manejas —se puso de pie y caminó hacia él, invadiendo su espacio personal—. Me da una vergüenza que no te imaginas. Hoy estuve con las muchachas en el salón y todas hablando de los ascensos de sus maridos, de las vacaciones en Europa. ¿Y yo? Yo tengo que decir que mi esposo es un "emprendedor" que anda en una camioneta destartalada cargando trapos sucios. Das pena, Elías. De verdad.
Elías sostuvo la mirada un segundo más de lo habitual. Por un instante, el ruido de la televisión pareció desvanecerse y solo quedó el latido constante de su propio pulso. Sintió la tentación de decirle que, mientras ella se avergonzaba de sus "trapos", él había cerrado una operación en corto que le había dado más ganancias que el sueldo anual de su padre. Pero no. Todavía no. La venganza, cuando es financiera, requiere la paciencia de un cirujano.
—Mañana hay que entregar los edredones en el hotel del Norte —continuó ella, dándole la espalda como si hablara con una herramienta—. Y no quiero excusas. Necesito que ese pago entre temprano. Tengo una cena con el grupo del club y no voy a pasar el desplante de que mi tarjeta rebote porque tú no supiste cobrar a tiempo.
—Está bien, Amelia. Se hará como dices —dijo él, dirigiéndose a la cocina.
Se sirvió un vaso de agua, dejando que el chorro del grifo tapara por un momento el monólogo de quejas que seguía llegando desde la sala. Sacó el celular del bolsillo. Una notificación discreta parpadeó: un informe de gestión de activos. Mientras Amelia se desvivía por aparentar una vida de lujos ante sus amigas, Elías estaba, literalmente, comprando los hilos que movían el entorno de ella. Era el inversor fantasma que estaba asfixiando las líneas de crédito de la empresa de su suegro. Era el dueño silencioso de la deuda que Amelia creía tener "bajo control".
—Sigue gastando, Amelia. Sigue gritando —susurró para sí mismo, sintiendo el frío del agua en la garganta—. Cada palabra tuya solo hace que la liquidación final sea más placentera.
La cena fue lo de siempre: un plato de arroz tibio y una letanía de comparaciones. Que si el exnovio de la universidad ya era socio de la firma, que si el vecino cambió la Jeepeta. Elías comía en silencio, procesando cada insulto como si fuera un dato más en una hoja de cálculo. No le dolía; le confirmaba que su decisión de ocultar su fortuna era la correcta. Ella no merecía el éxito de Elías, ella merecía la versión de él que ella misma había ayudado a crear: el mensajero inútil.
—¿Me estás escuchando o estás en las nubes otra vez? —gritó ella, golpeando la mesa.
—Te escucho, Amelia. Perfectamente.
—Pues mañana, después del hotel, pasas por la boutique. Dejé un vestido reservado. Y ni se te ocurra tocarlo con esas manos sucias de carga. Lo dejas en el asiento de atrás y vienes directo.
Elías asintió. Se levantó sin decir nada más, recogió los platos y se puso frente al fregadero. Mientras el jabón disolvía la grasa de los platos, él visualizaba el momento en que la burbuja de Amelia estallara. Ella creía que tenía a un esclavo; no sabía que tenía en casa al dueño de su destino, esperando pacientemente el momento de presentar la factura.
Y el precio, Elías lo sabía bien, iba a ser mucho más de lo que ella jamás podría pagar.