- Despierta, pequeña, - dijo Josh, agitando una taza de café humeante bajo su nariz. Era la misma taza de porcelana desconchada de la noche anterior, tan vieja que parecía haber estado aquí tanto tiempo como la cabaña. Abrió un ojo y le miró sin comprender. Quería volver a dormir, pero el café olía muy bien. - ¿Qué hora es?, - graznó. - Las cinco de la mañana. Carly gimió. - Todavía es de noche. Déjame en paz. - No, es por la mañana, pequeña. Hora de levantarse. - Volvió a pasarle el café por delante de las narices, burlándose de ella con su delicioso aroma, y tiró del saco de dormir que le envolvía el cuerpo. - Date prisa. - Sí, Papá, - murmuró ella. La palabra se le escapaba de los labios con tanta facilidad que ni siquiera pensaba en ella. Delante de ella, Mike se estaba ponie

