Capítulo 2. La boda.

1258 Palabras
Madison pidió un vaso de agua para que se le pasara la impresión antes de acercarse a la puerta de la iglesia. Lilly corrió para conseguírselo. —Tienes que recomponerte, hija, porque la boda debe celebrarse ya —ordenó Megan arreglándole de nuevo el velo. —¿Estás de acuerdo con este cambio, papá? —preguntó Madison hacia Howard. El hombre la miró con las pupilas brillantes por los nervios. —Los Burke me aseguraron que mantendremos los mismos acuerdos aunque el novio sea Edward y no Lionel. Fergus está abochornado por lo sucedido y hasta le subió un poco la presión arterial, pero la propuesta de su hijo menor lo tranquilizó. Madison se irguió como una reina, se ajustó los anteojos al puente de su nariz y repasó su vestido para asegurarse que estaba en excelentes condiciones. —Mientras la sociedad entre nuestras empresas esté segura, me da igual quien sea el novio —expuso algo nerviosa. —Para serte sincera, hija, Edward me parece mejor partido —comentó Megan. —Yo le dije lo mismo —agregó Lilly, antes de entregarle a su hermana el agua que había pedido. Ambas recibieron una mirada lacerante de Madison. Ella no podía creer que terminaría casada con aquel hombre tan odioso. Edward Burke no era alguien que le agradara. Se tomó la mitad del agua de un solo trago, esperando que la ayudara a tragarse la amargura. Luego le regresó el vaso a su hermana. Howard se acercó a su hija. —Madison, a mí lo único que me importa es que tú estén bien —confesó sosteniéndola por los hombros—. Acepté esta propuesta porque me pareció una buena oportunidad para nuestra empresa, nos beneficiaremos mucho con esta sociedad, pero no quiero que salgas herida. —Estoy hecha de acero puro, papá —aseguró—. Nada podrá dañarme. Si Edward decidió ocupar el puesto de su sobrino, pues… que se atenga a las consecuencias —expresó con pose altanera. Lilly emitió una risa divertida, pero tuvo que borrarla de su rostro al recibir un manotazo de su madre como reprimenda. —Entonces, vamos a hacerlo —expuso Howard buscando sonar determinado—. Si algo sale mal, sabes que tendrás a tu familia para sostenerte. —Gracias, papá. Madison sonrió y le dio un beso a su padre como muestra de agradecimiento. Aquello lo hacía por ellos. Para darle tranquilidad a su padre en su momento más crítico y seguridad a su madre y a su hermana. Si su padre enfermaba de gravedad, o en el peor de los casos, fallecía, debía garantizar el bienestar de ellas. Con la sociedad con los Burke su empresa tendría mayores posibilidades de éxito, lograría la internacionalización y los haría más ricos. Volvió a arreglarse el vestido, se ajustó los anteojos y apretó el bouquet en su mano para dirigirse con Howard a la puerta de la iglesia. Megan se apresuró a entrar para notificar que ya estaban listos. Sonó la marcha nupcial mientras Lilly lideraba el cortejo y Madison caminaba del brazo de su padre hacia el altar ignorando las miradas curiosas y los cuchicheos de los invitados. Al divisar a Edward Burke parado en el lugar donde debió estar Lionel, su corazón comenzó a latir apresurado. Él le dedicó una mirada fría que por un momento la hizo dudar. No podía negar que él era un hombre atractivo y tenía un porte elegante. Sus ojos oscuros veían con una intensidad que estremecía, pero resultaba un sujeto odioso y molesto. Le costaba creer que en tan solo minutos iba a ser su esposa. Notó una sonrisa en el rostro de Edward que le pareció perversa. Respiró hondo antes de que su padre la entregara en el altar y ella aceptara la mano de él. Descubrió que el tacto de ese hombre era cálido y suave, demasiado confortable para su gusto. Muy diferente al de ella que estaba tan frío como un témpano de hielo y algo tembloroso por culpa de los nervios agitados. Se paró firme frente al reverendo para atender sus palabras evitando lanzar ojeadas curiosas hacia Edward. Aunque en ocasiones no podía evitarlo. Él parecía tranquilo con aquel imprevisto y hasta podía jurar que estaba feliz. Como si hubiese esperado aquel momento y ahora lo disfrutaba. ¿Sería esa una nueva forma de burlarse de ella? Gracias al velo que le cubría el rostro pudo disimular su escrutinio y detallar su porte erguido y varonil. Debía reconocer que el matrimonio con Edward sería más interesante que el que había pactado con Lionel, y no por el tema del romance, algo que estaba segura, jamás existiría, sino porque Edward Burke era un sujeto sagaz en los negocios y muy seguro de sí mismo. Ya quería ver cómo hacía para manejar sus responsabilidades en la empresa, unas que estaban llevando a su familia al éxito. Por eso era el favorito de Fergus. Como hombre de negocios, él le atraía, pero como esposo, estaba segura que sería un incordio. Solo esperaba que fuese un caballero y no un tipo aprovechado o un patán. Su angustia aumentó cuando quiso imaginarse cómo sería la vida a su lado. ¿Cómo se desarrollarían sus días?... ¿O sus noches? ¡¿Compartirían la cama?! La idea la empalideció justo en el momento en que el reverendo pidió que intercambiaran anillos. Ella se sorprendió cuando lo vio sacar de la cajita un anillo diferente al que Lionel iba a entregarle. Ese tenía un diseño más delicado y portaba una enorme piedra de diamante incrustada. Con mano temblorosa ella sacó el que a él le correspondía. Por eso, cuando intentó ponérselo, le costó hacerlo encajar. Edward acarició su mano con dulzura y le trasmitió calma, de esa forma Madison pudo completar la tarea sin cometer ningún error. Aquel gesto la desconcertó. ¿Por qué él había sido tan atento con ella? ¿Lo hizo con intención de tener material para burlarse? La ceremonia siguió y ella logró relajarse un poco, pero volvió a empalidecer cuando el reverendo anunció: —Los declaro marido y mujer. Pude besar a la novia. ¡¿Besar?! Madison se aterró, aunque no tuvo tiempo a reaccionar. Edward se giró hacia ella y alzó su velo. La miró a los ojos con una necesidad apremiante. Madison acomodó sus anteojos al puente de su nariz y se quedó muy quieta pensando que él le daría un beso en la comisura de los labios, como gesto diplomático, pero Edward se fue con todo hacia su boca. La besó de forma imprevista, impresionándola. No solo acarició sus labios con los de él, sino que con sutileza pasó la punta de su lengua entre ellos motivándola a abrir su boca. Cuando cedió, él hizo entrar su lengua dentro de ella para acariciarla por dentro. El gesto duró tan solo unos segundos, pero fue suficiente para generar un estallido en su vientre. Un líquido ardiente recorrió su cuerpo entero, sobre todo, en sus entrañas, hasta llegar a sus partes íntimas y producirle una sensación excitante que jamás había experimentado. Al escuchar los aplausos de los invitados, los observó con las mejillas ardiendo por la vergüenza. Luego, al verlo a él tan feliz, se enfadó. ¿Qué demonios se creía aquel hombre? ¿Cómo había sido capaz de abochornarla de esa manera frente a sus familiares y amigos? Edward Burke no sabía con quién se estaba metiendo. Ella no iba a soportar ninguna humillación de su parte. Haría de aquel matrimonio una condena para él por atrevido.
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