Madison no podía moverse. Edward la había acorralado sin dejarle escapatorias. Para impedir que se alejara, él la tomó por la nuca y la acercó más.
Con su otra mano le quitó los anteojos, dejándolos con torpeza sobre una repisa cercana mientras su lengua lograba que ella abriera su boca para así degustarla por completo.
La mujer estaba estremecida. Nunca la habían besado de esa manera, con tanta ansiedad y placer. Su cerebro no podía pensar en otra cosa que no fuera en esos labios cálidos y húmedos y en esa lengua implacable que buscaba poseerla por entero.
Con su otra mano, él le rodeó la cintura y la pegó a su cuerpo. Madison pudo sentir la presión de su sexo enorme y duro en su vientre, algo que la asustó.
Edward no tendría piedad. Había dicho que la haría suya y a él lo caracterizaba su costumbre de ir por lo que quería sin importar las consecuencias.
Cuando el hombre le dio unos segundos libres para respirar, Madison aprovechó para apartarlo un poco.
—¡Edward, espera! —pidió entre gemidos.
Él la observó con una mirada feroz, embriagada por el deseo.
—¿Qué sucede? —preguntó con voz ronca, encima de sus labios.
—Soy virgen —confesó la mujer en susurros, impactándolo un instante.
Edward sonrió complacido.
—Eres mejor de lo que imaginé —dijo y comenzó a besar con dulzura sus labios mientras le acariciaba el rostro con la punta de su nariz.
—Harás que me desmaye —expuso ella al sentirse ida por sus atenciones.
Estaba por completo entregada a él, sumisa entre sus brazos.
—Claro que lo haré, pero no ahora —aseguró y la llevó hasta la cama.
Con cierta dificultad le quitó el vestido de novia, sin dejar de besarla ni tocarla. Ahora que tenía a su alcance aquel cuerpo anhelado no iba a descuidarlo en ningún momento.
Al tenerla desnuda la acostó sobre el colchón y chupó con avaricia sus senos.
—¿Qué me haces? —quiso saber Madison al sentirse extasiada—. Esto no estaba en el contrato —gimió con los ojos cerrados por el placer que experimentaba.
—Esta noche haremos nuestras propias reglas —aseguró el hombre mientras subía besándole el cuello y la mandíbula—. Nuestra relación será diferente, Madison —le dijo al oído—. Nuestros intereses serán diferentes —aseguró, antes de introducir una de sus manos entre las piernas de la mujer.
Ella se asustó al inicio, tensándose, pero él fue gentil y delicado. Eso la ayudó a entrar en confianza. La estimuló con sus dedos hasta prepararla para él, llevándola a la locura con sus caricias atrevidas.
Cuando la tuvo lista, se ubicó sobre ella y comenzó a penetrarla.
—Abre tus piernas, déjame entrar dentro de ti —rogó Edward.
Madison cumplió con todas sus peticiones anhelando obtener más de lo que le ofrecía.
Aquello no había estado en sus planes, el sexo nunca estuvo en sus «tareas por hacer» para ese matrimonio, pero tampoco Edward lo había estado.
Se suponía que esa noche debía estar en otra planta de esa casa, sola en una habitación y casada con un Burke diferente. Un joven contemporáneo con ella, que aspiraba lo mismo: un matrimonio por conveniencia solo para aparentar frente a otros mientras llevaban a cabo acuerdos comerciales.
Pero terminó en aquella cama, envuelta en esos brazos cálidos y siendo poseída por un hombre diferente.
Edward Burke era un tipo mayor que ella por casi diez años, un sujeto odioso e impertinente que en ocasiones le daba miedo. Su enemigo.
Ella admiraba la sagacidad que él poseía para los negocios, pero le irritaba lo despiadado que se volvía cuando aspiraba algo y se proponía obtenerlo.
Tenía fama de tener un corazón de hielo, por eso siempre lo había visto como un fiero depredador. Aunque la realidad que le brindaba esa noche, en esa cama, era distinta.
Gritó su nombre cuando él finalmente la hizo suya, al desgarrar su cuerpo para entrar por completo en su interior.
—Tranquila, ya superamos lo más difícil —prometió con voz embriagada antes de besarla con dulzura—. Ahora sí haré que te desmayes —aseguró con sonrisa pícara y le propinó firmes acometidas que robaban todo el aliento de la mujer y su cordura.
Madison lloraba por las deliciosas sensaciones que experimentaba. Edward buscaba llevarla cada vez más a la locura, siendo duro e implacable, aunque en ocasiones era suave y tierno.
La torturaba con un placer extremo que ella nunca había conocido, ni pensó conocer en su vida.
Esa que la reclamaba era otro hombre. Uno diferente al que conocía, aunque más aterrador.
Cuando su organismo estalló por culpa de un devastador orgasmo, descubrió que estaba desarmada frente a Edward Burke.
Él con facilidad iba a conquistarla.
Perdió el conocimiento un instante. No sabía si de verdad se había desmayado o el éxtasis que experimentó había sido tan sublime que rompió la gravedad a su alrededor.
Comenzó a cobrar conciencia de lo que había sucedido cuando tuvo a Edward derribado sobre ella y con el cuerpo ardiendo y palpitando aún por el esfuerzo. Él respiraba de forma irregular.
—Cambiaste por completo las reglas del juego —reprochó cuando recuperó la coordinación de sus ideas—. Modificaste todo el tablero.
Edward se apoyó en sus codos para incorporarse y así mirarla a los ojos.
—Te dije que conmigo sería distinto.
—Mi vida entera de ahora en adelante será diferente por tu culpa.
—De eso se trata el matrimonio.
—Lo que iba a tener con Lionel era un matrimonio falso.
—Exacto, eso era lo que ibas a tener con él. No conmigo.
La mujer apretó los labios para controlar su enfado.
—¿Puedes bajar de mí? Necesito ir al baño.
Él cumplió con su petición, aunque demostrando no estar muy a gusto con esa orden.
Madison tomó una sábana y se cubrió con ella sintiendo vergüenza, pero al ver hacia él le impactó que el hombre se acostara boca arriba con total descaro dejando a la vista su cuerpo desnudo y perfecto.
—¡Tápate! —lo regañó.
Edward la observó con las cejas arqueadas y apoyó las manos en su cabeza en una postura indolente.
—¿Por qué? Estoy en mi habitación y frente a mi mujer. No tengo nada que esconder.
Ella se impactó por lo que él había dicho.
¿Su mujer? ¡¿Ahora era su mujer?!
Claro que lo era, eso era lo que ocurría las noches de boda en los matrimonios de verdad, pero… se suponía que el de ella sería un matrimonio falso.
¿Qué había sucedido allí?
Se sobresaltó al escuchar que sonaba un teléfono. Miró desconcertada los alrededores hasta hallar un teléfono fijo ubicado sobre una mesita auxiliar. A pesar de que veía borroso por la falta de sus anteojos, pudo notarlo.
Edward se levantó desnudo y caminó hacia él. Madison no pudo evitar apreciar con gusto su trasero esponjoso.
—¿Sí? —preguntó con frialdad y se mantuvo varios segundos en silencio, inmóvil, hasta que se despidió con una simple «Así será» y luego cortó la llamada.
Ella se angustió al ver que se mantenía de espaldas, como pensativo.
—¿Sucedió algo? —quiso saber.
Su corazón bombeó agitado cuando Edward se giró. No solo por la mirada dura e implacable que poseía, sino por la imagen de su cuerpo desnudo y apetecible.
Por más que se esforzaba, no podía dejar de detallarlo.
—Lionel regresó. Está en la mansión.
La noticia la inquietó. ¿Habría vuelto con Sarah Rusell? ¿Se abría enterado de su matrimonio con Edward?
¿En qué momento estaría solo y descuidado para que ella pudiera darle un buen golpe en la cabeza por traidor?
Tuvo que dejar de pensar en Lionel al descubrir que el cuerpo de Edward parecía recobrar sus energías. Su m*****o se movía como si tuviera vida propia.
Rápido corrió al baño y se encerró para poder estar sola.
Se miró al espejo sorprendida por la imagen que se reflejaba. Estaba despeinada, sudorosa y casi sin maquillaje. Se mostraba muy natural, de una forma que hasta ese momento solo había compartido con su hermana y con sus padres, no con algún extraño.
Edward había reventado su burbuja, se metió dentro de ella sin previo aviso quebrantando su privacidad, haciéndola sentir la más deliciosa de las experiencias.
—Maldito hombre —expresó con irritación—. No me vas a dominar, Edward Burke. Aunque me haya gustado lo que sucedió esta noche no quiere decir que ya me tienes en tus manos —aseguró con determinación.
Aquella batalla recién había comenzado.