Edward entró a la habitación encontrando a Madison sentada en el borde de la cama, frente al ventanal cerrado con persianas. Tenía las piernas cruzadas y las manos apoyadas en su rodilla, parecía molesta. Tomó una silla y la puso frente a ella y se sentó con actitud relajada. —¿Puedes abrir las persianas? —pidió la mujer con severidad. Él se levantó para buscar el control remoto y activar el mecanismo que recogía las persianas. La luz inundó la habitación mostrando las facciones endurecidas que tenía la mujer y su semblante defraudado. —No soy una niña hecha para el entretenimiento de nadie, ni para pasar el rato —se quejó cuando él volvió a sentarse. —Jamás dije eso de ti, ni siquiera lo pensé. —Entonces, ¿por qué Lionel lo asegura? —Porque él ve el mundo de una manera errada, ¿no

