Madison se encontraba en su piso con la ansiedad bullendo por sus poros. Ya se había cambiado de ropa poniéndose su corto camisón para dormir, pero le resultaba imposible estar en la cama. Esperó a su esposo en la sala. Caminaba de un lado a otro como una leona nerviosa. Apenas lo vio entrar, corrió hacia él. Edward soltó su maletín y la atrapó alzándola para que enrollara sus brazos en su cuello y sus piernas en su cintura. —Ey, ¿qué pasa? —preguntó acariciándole la espalda y los cabellos. —Me hiciste mucha falta —dijo ella sin soltarlo y con la cara hundida en su cuello. Edward sonrió complacido y la llevó hasta la habitación. —Estás muy caliente —comentó la mujer al acariciar con su cara la mandíbula del hombre, dejando besos regados por su piel. —Así me dejaste desde la tarde.

