La sala de juntas estaba impregnada de una calma expectante. No era silencio, era contención. El tipo de atmósfera que precede a una tormenta o a una revelación. Había diez personas sentadas alrededor de la mesa: ejecutivos de marketing, dirección comercial, comunicaciones, y dos creativos que Dastan había permitido asistir, a regañadientes. Yo llegué puntual, con la carpeta de presentaciones bajo el brazo y la decisión en la mirada. Clara ya estaba allí, su portátil conectado al proyector, y una taza de café humeante que parecía no haber tocado. Me recibió con un leve asentimiento, como si intuyera que el momento no era solo profesional, sino personal. Y claro que lo era. Tomé la palabra sin esperar señal. —Gracias por venir. Sé que han sido días exigentes —dije, recorriendo con la mir

