Su roce fue leve. Apenas un suspiro sobre mi piel. Pero bastó para desatar algo dentro de mí. Un eco que me envolvió entera.
Me quedé quieta, con la mano aún sobre el picaporte, mientras la lluvia que se había desatado con fuerza, golpeaba con fuerza los ventanales del pasillo. Afuera, el mundo parecía estar desmoronándose. Adentro, el silencio era una pausa sostenida entre dos respiraciones.
Me giré lentamente.
Dan seguía ahí. De pie. Vulnerable. Hermoso. Con esa expresión que no había visto nunca antes en su rostro, como si por fin se permitiera sentir sin esconderse.
—¿Quieres entrar? —pregunté, y mi voz me sorprendió. No era una invitación cualquiera. Era un puente. Una confesión.
Él no respondió. Solo dio un paso al frente. Y otro. Hasta que estuvo frente a mí otra vez.
Cerré la puerta detrás de él.
No dijimos nada. Solo nos quedamos ahí, en medio de la habitación en penumbras, con la lluvia como banda sonora y el corazón latiéndome con fuerza en el pecho.
Dan alzó una mano y me acarició la mejilla con la misma delicadeza con la que uno tocaría algo sagrado. Su pulgar rozó mi boca, como si necesitara confirmar que seguía ahí, que era real.
—Eres tan hermosa —susurró—. No solo por fuera. Por dentro… eres fuego, eres luz. Y no sé cómo alguien pudo tenerte cerca y no quemarse de amor.
Mis ojos se llenaron de lágrimas. No por tristeza. Por la simple, abrumadora certeza de que en ese momento, él no estaba mintiendo.
Nos besamos otra vez. Sin apuro. Sin urgencias. Como si el tiempo nos perteneciera. Su boca era un refugio y una promesa. Un territorio que reconocía y exploraba a la vez. Y mientras su lengua recorría la humedad de mi boca no pude evitar tomar su rostro con una mezcla de pasión y ternura como no había sentido nunca en mi vida.
Sus manos bajaron por mis brazos, acariciando cada centímetro como si fueran palabras que no sabía cómo decir. Yo correspondí. No lo pensé. Solo lo sentí. Y eso bastó.
Deslicé mis dedos por debajo de su camiseta y sentí la calidez de su piel, el temblor contenido en sus músculos. Él se dejó quitar la prenda sin dejar de besarme, y por primera vez vi el cuerpo que siempre imaginé entre líneas y roces. Fuerte. Real. Humano. Sus músculos eran justos, lo suficiente sin exagerar y claro que los recorrí con la yema de mis dedos mientras él se estremecía bajo mi toque.
Así, casi sin darnos cuenta, nos fuimos despojando de la ropa sin prisas. Cada botón, cada cierre, era un paso más hacia algo que no tenía nombre, pero sí significado. Cuando me quedé en ropa interior, sus ojos recorrieron mi cuerpo como si cada curva contara una historia que él quería escuchar.
—Eres perfecta —murmuró, y esa palabra, dicha así, me atravesó el alma.
No me sentí observada. Me sentí adorada. Y fue la primera vez que alguien me miró así, del modo en que lo hizo él. Y me sentí única en el mundo y de algún modo, aunque no le dijera, me sentí amada.
Nos recostamos en la cama, entre sábanas que olían a lavanda y lluvia. Su cuerpo sobre el mío no pesaba. Era como un abrigo. Su boca descendió por mi cuello, mis clavículas, mis pechos. Succionó mis pezones casi con reverencia mientras me estremecía sin poder contenerme. Pero sus besos eran suaves, sus caricias lentas. Todo era nuevo. Todo era nuestro. Todo era diferente a lo que había experimentado hasta ese momento.
Su boca bajó despacio por mi abdomen hasta mi monte de Venus donde se detuvo y me miró reverente, justo antes de enterrar su cabeza ahí dentro. Su lengua dibujó un sutil alfabeto sobre mi clítoris mientras yo no podía dejar de decir su nombre y estremecerme. Mis manos se enterraron en su cabeza mientras sus dedos hurgaron con suavidad entre mis pliegues y cuando llegué al orgasmo susurré su nombre mil veces.
Luego, se puso un preservativo y cuando finalmente me tomó, lo hizo con una ternura que me desarmó. No hubo torpeza, ni nervios. Solo hundió muy despacio su v***a dentro de mí, casi como pidiendo permiso mientras no dejaba de observarme mientras un vaivén acompasado y sin apuros, nos sobrecogía, uno que parecía escribir sobre mi piel un poema sin palabras.
Y por primera vez en toda mi vida, hice el amor. Y fue con Dan.
Y no fue solo con mi cuerpo, sino con el alma. Con cada parte de mí que había estado esperando ser vista, tocada, amada así. Sin promesas. Sin disfraces. Solo verdad.
Sus suspiros se mezclaban con los míos. Sus movimientos eran lentos, profundos, como si no quisiera que terminara nunca. Me besaba entre cada gemido, me decía mi nombre como si fuera una oración cada vez que me penetraba y lo sentía muy dentro, en cada milímetro.
Yo lo sentía todo. Cada mirada. Cada roce. Cada latido.
El mundo afuera seguía temblando bajo la lluvia, pero adentro, el tiempo se había detenido para nosotros en ese instante idílico.
Y cuando alcanzamos el clímax, fue como caer al vacío y volar al mismo tiempo. Su cuerpo tembló sobre el mío, y el mío se aferró al suyo con una necesidad que no sabía que tenía hasta ese momento.
Pude sentir mi pelvis estremecerse como nunca mientras el temblaba entre mis brazos.
Luego, nos quedamos abrazados. Jadeando. En silencio.
No necesitaba que me dijera que me amaba. Porque en esa entrega, lo había sentido. Sentí que era especial para él y eso me bastaba.
Así que me recosté sobre su pecho, y él acarició mi espalda con los dedos. Su respiración aún agitada se fue calmando poco a poco.
—Nunca antes había sentido esto —dije, casi sin voz.
Dan me besó la frente.
—Yo tampoco.
Me incorporé apenas para mirarlo. Su cabello estaba despeinado, sus ojos brillaban a la luz tenue de la lámpara.
—¿De verdad?
Asintió.
—Zara… he estado con otras, sí. Pero esto… esto fue otra cosa. Fuiste tú. Es contigo.
Me mordí el labio inferior para no llorar.
Él me abrazó más fuerte, y me quedé ahí, envuelta en su olor, en su calor, en su verdad.
La lluvia seguía cayendo.
Y por primera vez, me sentí completamente a salvo.
El silencio que siguió no fue incómodo. Fue paz. Fue pertenencia. Me quedé acurrucada sobre su pecho, sintiendo cómo su respiración bajaba lentamente. Él dibujaba líneas sin sentido en mi espalda con la yema de los dedos. No hablábamos. No hacía falta.
Pero entonces, él giró, me colocó suavemente debajo de su cuerpo y me miró con una intensidad que me hizo contener el aliento.
—No terminé de adorarte —murmuró, y su voz sonó como una promesa rota por el deseo.
Y entonces volvió a besarme. Esta vez no fue dulce. Fue hambre contenida. Pasión pura. Como si nuestros cuerpos hubieran esperado demasiado tiempo. Como si supieran que, aunque lo intentáramos, nunca podríamos tener bastante del otro.
Mi espalda arqueó contra sus manos, y mi piel ardía donde él me tocaba. Me dejé llevar, rendida a su ritmo, a sus gemidos entrecortados, a la forma en que su boca encontraba cada lugar exacto, como si ya supiera el mapa de mi cuerpo.
Lo jalé de los cabellos con mucha fuerza y gruñí su nombre cuando entró de nuevo en mí, y esta vez, no hubo contención. Fue rápido. Intenso. Salvaje y hermoso. Como una tormenta que nos arrasaba por dentro. Con embestidas furiosas que me atravesaron mientras mis piernas abrazaban su cintura y sus besos pasaban de mi cuello a mis senos y a mi boca se nuevo.
Nuestros cuerpos chocaron, se buscaron, se encontraron una y otra vez, y el placer nos desbordó en oleadas. Sentí su cuerpo temblar sobre el mío, mi nombre escapando de sus labios en susurros que no reconocí como míos, y supe que estaba perdida. Perdida en él.
Cuando el clímax nos alcanzó, llegamos juntos y fue potente y hermoso.
Después, exhaustos nos quedamos abrazados. Mi cabeza en su pecho. Sus brazos rodeándome. Ambos aún estábamos temblando.
—Zara… —susurró, ya medio dormido—. No sabes cuánto me importas —dijo y me apreté más a él, y esa fue la última palabra que escuché antes de quedarme dormida, con la lluvia y el ritmo de su aliento como canción de cuna.
Cuando desperté, el cuarto estaba en silencio. La lluvia había cesado, y la tenue luz del amanecer se colaba por la ventana. Me estiré, aún entre sábanas tibias, y entonces lo noté.
Dan no estaba.
Me incorporé de golpe, con el corazón apretado. Miré hacia todos lados, esperando verlo en el baño o tal vez sentado junto a la cama. Pero nada.
La habitación estaba vacía. Y así fue como me sentí también.
Sentí una punzada de desilusión. ¿Se había ido sin decir nada? ¿Había sido solo una noche más para él después de todo?
El miedo se enredó con la tristeza. Me senté en el borde de la cama, abrazándome las piernas desnudas, tratando de no pensar lo peor. Habíamos compartido algo tan real, tan profundo… ¿y él simplemente desaparecía sin decir nada?
Me mordí el labio para no llorar.
Pero entonces escuché pasos por el pasillo. Rápidos. Ansiosos.
La puerta se abrió de repente, intempestivamente.
Y ahí estaba él.
Empapado por la lluvia que aún chispeaba afuera. Sostenía una bandeja con dos vasos de jugo, una caja de cartón con donas y café del campus, y… un pequeño ramo de flores silvestres en la otra mano.
Me quedé sin palabras.
Dan sonrió, respirando agitado, con el cabello mojado cayéndole sobre la frente. Y el corazón me dió un vuelco.
—Perdón. No quería despertarte. Solo salí un segundo. Bueno, diez… quince tal vez —bajó la bandeja con cuidado sobre el escritorio—. Fui al café. Tuve que correr para no mojarme, y… —levantó las flores—, encontré esto en el camino.
Lo miré. Me miró.
Y fue ahí cuando lloré. No por tristeza. Sino por alivio.
Él dejó todo y cruzó en dos pasos hasta mí. Se agachó frente a la cama, tomándome las manos con las suyas, todavía frías por la lluvia.
—No me fui, Zara. No después de lo de anoche. Jamás me iría así de ti —me dijo y le creí.
Pero no dije nada. No podía , tenía un nudo en la garganta. Así que solo me lancé a sus brazos, y él me abrazó con fuerza, dejando que mis lágrimas mojaran su cuello.
—Traje tu jugo favorito —susurró con una sonrisa en los labios—. Y esas donas rellenas con chocolate que siempre pides y que odias compartir.
Solté una risa entre lágrimas, abrazándolo más fuerte.
—¿Y las flores?
—Las arranqué como un idiota del patio detrás del invernadero. Podrían echarme del campus por esto. Pero no podía volver sin algo para ti.
Me separé apenas para mirarlo.
—¿Por qué?
Dan alzó los hombros, con esa mezcla de vergüenza y ternura que solo él podía tener.
—Porque anoche hicimos el amor. No solo dormimos juntos. Y eso… eso lo cambia todo.
Lo besé. Lento. Profundo. Con gratitud. Con amor.
Y sí, estaba perdida en y por él.
Pero por primera vez en toda mi vida, eso no me daba miedo. Sino fuerzas. Y me sentí única y poderosa por primera vez desde que tenía memoria.